Portugal descubre que su Seguridad Social tiene un agujero de 1.900 millones
Un informe revela que los excedentes del sistema de pensiones luso eran un espejismo contable
Hay pocas cosas tan inquietantes para quien ya ha cumplido los cincuenta como descubrir que los cimientos del edificio donde confiaba descansar se asientan sobre arenas movedizas. Eso, exactamente, es lo que ha ocurrido esta semana en Portugal con la presentación del informe Reformar las Pensiones en Portugal: por un sistema sostenible, adecuado y justo» elaborado durante un año por un grupo de trabajo liderado por el economista Jorge Bravo. La conclusión más demoledora es que los superávits que la Seguridad Social portuguesa exhibía con orgullo son, en palabras de los propios expertos, una "ilusión". Cuando se integra en las cuentas el déficit de la Caixa Geral de Aposentações —el régimen de funcionarios públicos— y se corrigen partidas contabilizadas de forma incorrecta, el saldo real de 2025 arroja un agujero de 1.944 millones de euros. No un superávit: un déficit.
Para los lectores españoles, el paralelismo es inevitable. España lleva décadas debatiendo la sostenibilidad de su propio sistema, con reformas sucesivas del Pacto de Toledo, la última de Escrivá aún en fase de despliegue. Pero hay una diferencia crucial: mientras en España el debate, con todas sus imperfecciones, se mantiene abierto y la sociedad asume que el sistema necesita ajustes continuos, en Portugal ha ocurrido algo extraordinario. El mismo día en que se presentó el informe —el 18 de agosto—, el Ministerio de Trabajo del Gobierno de Luís Montenegro se apresuró a declarar que no habrá ninguna reforma estructural de la Seguridad Social en esta legislatura. "Es un asunto cerrado", sentenció la tutela.
El ministro de Presidencia, António Leitão Amaro, fue aún más gráfico en la conferencia de prensa posterior al Consejo de Ministros: "Antes de hablar de lo que hemos decidido, quiero hablar de algo que no vamos a decidir: la realización de una reforma estructural de la Seguridad Social". Recordó que el primer ministro Montenegro "ya dijo que dimitiría si tuviera que cortar pensiones" y pidió a los portugueses que "no se asusten". Un mensaje tranquilizador en la superficie; preocupante en la profundidad. Porque lo que viene a decir es que el Gobierno reconoce el diagnóstico pero rechaza el tratamiento, fiándolo todo a que la enfermedad no empeore demasiado rápido.
El propio presidente de la República, António José Seguro, abordó la cuestión desde la romería de la Senhora da Agonia en Viana do Castelo, donde proclamó que "las pensiones en Portugal son sagradas". La frase, pronunciada entre aplausos de una multitud festiva, tiene algo de conjuro protector: como si al declarar sagrado lo que está amenazado, la amenaza se disipara. Pero los números del informe Bravo no se disipan con retórica. Los expertos proponen una reforma sistémica de calado: sustituir el modelo actual de cálculo de pensiones por un sistema de cuentas nocionales de contribución definida —el modelo NDC que Suecia e Italia implantaron hace años—, crear una Garantía Integrada para la Vejez que refunda todos los mínimos sociales, recalibrar las penalizaciones por jubilación anticipada, reformar el Fondo de Estabilización y desarrollar instrumentos de ahorro complementario como los planes de pensiones profesionales con inscripción automática.
Nada de eso va a suceder, según el Gobierno. Al menos, no en esta legislatura. La reacción de los partidos de oposición ha sido igualmente ilustrativa de la parálisis política que rodea al tema. El Partido Socialista acusó al Ejecutivo de estar abriendo la puerta a la privatización de la Seguridad Social. El PCP habló de «manipulación de datos». El Bloco de Esquerda denunció "trucos contables". La Iniciativa Liberal, por su parte, celebró que el informe confirma lo que ellos repiten desde hace años: el sistema no es sostenible. Y el Chega, fiel a su estilo, propuso bajar la edad de jubilación, una medida que, según los expertos, aceleraría el colapso financiero del sistema.
Lo que ninguno de estos actores ha hecho es sentarse a negociar el pacto intergeneracional que los propios expertos consideran imprescindible. El informe insiste en que "una reforma cuyas responsabilidades se proyectan por más de un siglo no puede depender de una mayoría coyuntural, so pena de ser deshecha al primer ciclo electoral". Cita el ejemplo sueco, donde la reforma de pensiones se basó en acuerdos multipartidistas prolongados y reglas estables. Las reformas impuestas por mayorías estrechas, advierte, "tienden a ser revertidas, erosionadas o contestadas". Portugal, según los expertos, aún dispone del margen demográfico e institucional para conducir esta reforma de forma ordenada. Pero ese margen no es permanente.
Para quienes superamos los cincuenta y miramos la jubilación no como una abstracción sino como un horizonte próximo, esta semana portuguesa contiene lecciones que trascienden fronteras. La primera es que un sistema de pensiones puede parecer solvente en los titulares y esconder un déficit real tras artificios contables. La segunda es que la sacralización retórica de los derechos adquiridos puede ser la coartada perfecta para no reformar a tiempo. La tercera, acaso la más amarga, es que cuando la urgencia llama, la respuesta de la clase política suele ser pedir que nadie se asuste y aplazar las decisiones difíciles para después de las siguientes elecciones.
Portugal tiene todavía la oportunidad de reformar su sistema de pensiones con tiempo, con método y con consenso. Pero cada legislatura que pasa sin actuar reduce el margen de maniobra y aumenta la probabilidad de que, cuando la reforma llegue, sea impuesta por los mercados o por Bruselas, no por los portugueses. Y entonces, el que las pensiones sean sagradas no las protegerá de los números.