Jonathan, la tortuga de 194 años que esconde los secretos de la longevidad

Descubren por primera vez los mecanismos moleculares que le han permitido llegar a esa edad

Jonathan, la tortuga de 194 años que esconde los secretos de la longevidad Miia

Con una edad estimada de 194 años, Jonathan, una tortuga gigante de Aldabra que habita en la isla de Santa Elena, es oficialmente el animal terrestre vivo más longevo del planeta.

Un estudio publicado en Science Advances ha logrado secuenciar su genoma y metiloma a partir de frotis bucales para no comprometer su salud con el fin de descifrar la arquitectura biológica que le ha permitido superar en casi un siglo la esperanza de vida máxima habitual de su especie.

El mapa genético revela un notable blindaje celular: su organismo cuenta con 770 genes bajo selección positiva directamente vinculados a la reparación del ADN, la función de las mitocondrias, el mantenimiento de los telómeros y el control de la insulina.

Además, presenta 10 copias del gen de la perforina (Prf1), superando las 7 de la famosa tortuga Solitario George, lo que refuerza la capacidad de su sistema inmunológico para rastrear y eliminar tumores y células senescentes, así como duplicaciones en el gen LAMTOR4 que contribuyen a moderar la ruta metabólica mTORC1, estrechamente ligada al retraso del envejecimiento.

 

En busca de si se hereda la longevidad: los genes que explican la menor prevalencia de enfermedad

 

En el plano epigenético, aunque Jonathan muestra la pérdida global de metilación del ADN propia del envejecimiento, destaca por mantener una sorprendente estabilidad en los promotores de sus genes. En concreto, la investigación identificó un conjunto de 272 promotores protegidos que preservan niveles de entropía o desorden de metilación muy bajos; de estos, casi un 30% corresponden a algunos clave de los sellos del envejecimiento, protegiendo especialmente la maquinaria energética de las mitocondrias y la precisión en el procesamiento del ARN.

A partir de estas evidencias, los científicos han deducido que la longevidad de Jonathan responde a un bucle de retroalimentación positiva: la energía producida por mitocondrias altamente eficientes financia la continua reparación del ADN y del epigenoma, evitando el deterioro.

Aunque el estudio afrontó limitaciones metodológicas al no disponer de muestras de sangre, los autores concluyen que esta sincronía entre eficiencia energética y conservación genómica es la piedra angular que frena el envejecimiento biológico en organismos de longevidad extrema.