El banco de madera
Cada viernes de verano acompaño a mi mujer a la peluquería, en Roda de Berà (Tarragona).
Mientras ella está dentro, yo espero sentado en un banco de madera.
El viernes pasado se sentó a mi lado un señor mayor que yo. Iba muy bien vestido, era una persona cuidada, de aspecto culto y con una mirada cariñosa. Tenía una conversación fácil y enseguida empezamos a hablar del calor, del tiempo, de la vida… de todo un poco.
Al rato le pregunté:
—Perdone, ¿cómo se llama usted?
—José Manuel. Tengo 89 años.
—Yo soy Ángel. Tengo 77.
Nos tratamos de usted desde el primer momento, pero la conversación fue cercana, de esas que hacen que dos desconocidos parezcan conocerse de antes.
En un momento determinado, José Manuel me dijo:
—Mire, Ángel, con los años he aprendido una cosa: cuando nos hacemos mayores nos volvemos más inflexibles. Y tendría que ser justo al contrario.
Después hizo una pausa y añadió:
—¿Y sabe qué otra cosa no entiendo? Que somos más inflexibles precisamente con las personas que más queremos.
Me quedé pensando.
—A quienes queremos les exigimos más, les perdonamos menos y nos enfadamos por cosas pequeñas. En cambio, con personas que apenas conocemos tenemos mucha más paciencia. ¿No le parece un contrasentido?
Tenía razón.
—Pues tendría que ser al revés, continuó. Con quien queremos deberíamos tener más paciencia, más comprensión y más cariño. Después de todo lo que hemos vivido, algo tendremos que haber aprendido, ¿no?
Aquella frase me llegó.
Después se echó a reír:
—Yo por dentro tengo 40 años. Lo único viejo que tengo son las rodillas.
Nos reímos los dos.
Cuando salió mi mujer, me levanté para despedirme.
Ha sido un placer conocerle, José Manuel.
Igualmente, Ángel.
Y me fui.
Pero aquella conversación se vino conmigo.
Me recordó algo que hacía cuando era joven y trabajaba. En los distintos pueblos de España que visitaba, muchas veces buscaba una plaza, me sentaba en un banco de madera y hablaba con las personas mayores. Me gustaba escuchar sus historias, sus recuerdos y, sobre todo, sus consejos. Entonces quizá no sabía valorar del todo lo que estaba recibiendo. Hoy sí: aquellas conversaciones fueron una verdadera escuela de vida.
Por eso, al escuchar a José Manuel, sentí que volvía por un instante a aquellos bancos de mi juventud.
Y pensé que quizá hemos perdido la costumbre de escuchar a nuestros mayores. Tenemos prisa, queremos respuestas rápidas y muchas veces olvidamos que ellos llevan toda una vida de experiencias a sus espaldas.
Quizá deberíamos preguntarles más y hablar nosotros un poco menos.
Desde aquel viernes, cuando veo alguna persona que se enfado por alguna tontería, recuerdo a José Manuel y aquella pregunta: ¿por qué somos más exigentes con las personas que más queremos?
Quizá deberíamos darle la vuelta. Ser más pacientes con quienes tenemos cerca, escuchar un poco más y enfadarnos un poco menos. Porque cuando uno mira hacia atrás, seguramente no recuerda todas las veces que tuvo razón. Recuerda a las personas. Y quién sabe cuántos José Manuel hay sentados en nuestros bancos y en nuestras plazas, esperando simplemente que alguien se siente a su lado y les pregunte: ¿Cómo se llama usted?
Aquel viernes yo solo estaba esperando a mi mujer. Y terminé encontrándome con un hombre de 89 años que me recordó algo que aprendí cuando era joven y que quizá nunca debería haber olvidado: la sabiduría no grita. Se sienta a tu lado… y espera a que la escuches.
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