El optimismo, herramienta de longevidad que deberían fomentar las políticas públicas
María Jesús González-EspejoFoto: Big Stock
Miércoles 25 de febrero de 2026
5 minutos
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Cuando a los españoles nos preguntan si creemos que vamos a vivir muchos años, somos muchos los que pensamos que así va a ser tal y como muestra el último estudio del CIS sobre miedos e incertidumbres. ¿Qué dicen los datos de ese estudio? Un 33,1% de los encuestados espera alcanzar entre 80 y 89 años; casi un 30% los 90; un 8,4% entre 100 y 109 años, y un 1,3% cree que superará los 110 años. A los españoles nos gusta ser longevos.
Sin embargo, estas cifras revelan una paradoja inquietante: mientras imaginamos con optimismo nuestras décadas futuras, apenas nos detenemos a pensar en cómo serán esos años extra que nos regalamos. No pensamos que la cantidad de vida esperada no garantiza la calidad de vida en esa imaginada larga vida, y sin embargo, es en esa brecha donde se juega nuestro bienestar futuro.
La trampa de contar años y de no imaginar las vivencias que tendremos
Proyectarnos hacia los 90 o 100 años es una muestra de optimismo y esperanza, pero también una ilusión peligrosa si no consideramos las condiciones en las que viviremos esas etapas. ¿Con qué salud llegaremos? ¿Mantendremos nuestra autonomía? ¿Conservaremos relaciones significativas? ¿Tendremos recursos económicos suficientes? ¿Nuestra mente seguirá ágil y nuestra capacidad de disfrutar intacta?
El estudio del CIS refleja una contradicción reveladora en nuestra forma de pensar el futuro. Por un lado, el 71,7% de los españoles considera que vivimos en la mejor época de la historia, reconociendo los avances y el progreso alcanzado. Sin embargo, cuando es preguntado sobre el mañana, el optimismo de muchos españoles se evapora: un contundente 54,6% cree que se vivirá "peor o mucho peor" en el futuro, frente a solo un 33,1% que espera vivir "mejor o mucho mejor".
Esta visión pesimista del futuro resulta especialmente preocupante si la combinamos con nuestras expectativas de longevidad. Estamos deseando vivir muchos años en un mundo que imaginamos deteriorado y encima no estamos tomando medidas concretas para asegurar que esos años valgan la pena.
El optimismo como inversión en la vejez
Aquí es donde la actitud personal cobra una importancia crucial. A pesar de ese pesimismo sobre el futuro colectivo, el 76,9% de los encuestados se considera "más bien optimista". Este dato no es trivial: el optimismo no es solo un rasgo de carácter agradable, sino una herramienta de supervivencia y bienestar documentada por numerosos estudios científicos.
Las personas optimistas tienden a cuidar mejor su salud, mantienen relaciones sociales más sólidas, enfrentan el estrés con mayor resiliencia y, en definitiva, viven más y mejor. El optimismo actúa como un factor protector que puede marcar la diferencia entre una vejez activa y satisfactoria, y unos años finales marcados por el deterioro y el aislamiento.
El estudio del CIS muestra que los grupos más optimistas incluyen precisamente a quienes cuentan con recursos que facilitan un envejecimiento digno: personas con estudios superiores (83,1% optimistas), quienes se consideran de clase alta y media alta (90,4%), y los que viven en grandes ciudades con más servicios (85,9%). Esta correlación no es casual: el optimismo crece donde hay recursos, pero también es cierto que el optimismo ayuda a crear y aprovechar esos recursos.
Por el contrario, los jóvenes entre 18 y 34 años muestran niveles más altos de pesimismo (hasta un 21,2% en el grupo de 25-34 años), lo que resulta especialmente preocupante. Son ellos quienes tienen por delante las décadas que proyectan vivir, pero parten con una visión desalentadora que puede convertirse en una profecía autocumplida si no cultivan una perspectiva más constructiva.
Prepararse para vivir, no solo para durar
A la vista de lo anterior, creo que la pregunta fundamental no debería ser "¿cuántos años viviré?", sino "¿cómo quiero vivir esos años?". Y aquí es donde el optimismo deja de ser un mero estado de ánimo para convertirse en una estrategia de vida.
Prepararse para una longevidad con sentido implica:
- Cultivar el optimismo activo: No se trata de negar los problemas o adoptar una positividad superficial, sino de mantener la convicción de que nuestras acciones pueden mejorar nuestra situación. El 59,2% de los españoles afirma estar satisfecho con la época que le ha tocado vivir, una base sólida desde la que construir un futuro personal más alentador. El resto debería unirse al grupo optimista lo antes posible
- Invertir en salud física y mental desde hoy: Si esperamos vivir 30 o 40 años más, cada decisión sobre nuestra salud física y mental se multiplica en consecuencias. Curiosamente, el 72,6% de quienes tienen sentimientos de miedo señalan la salud física como su mayor preocupación, y el 69,9% la salud mental. Reconocer estos miedos es el primer paso para abordarlos de forma proactiva.
- Construir redes de apoyo duraderas: El 46,2% de los encuestados dice que le resulta fácil ponerse en el lugar de los demás, una capacidad fundamental para mantener relaciones significativas. La soledad en la vejez es uno de los mayores factores de deterioro, por lo que cultivar la empatía y la sociabilidad es una inversión en calidad de vida futura y eso es por ejemplo lo que nosotros promovemos desde el Instituto de Smart Ageing con la creación de comunidades impulsadas por las organizaciones con las que colaboramos: empresas, colegios profesionales y ayuntamientos.
- Desarrollar propósito y adaptabilidad: Una vida larga requiere capacidad de reinventarse, de encontrar nuevos significados y proyectos en cada etapa. El optimismo facilita esta adaptación, permitiendo ver las transiciones como oportunidades en lugar de pérdidas.
La responsabilidad de “imaginar con optimismo”
Pero el dato más revelador del estudio quizá sea ese 35,8% de encuestados que cree haber recibido menos de lo que ha aportado a la sociedad española. Esta percepción de desequilibrio puede alimentar tanto el pesimismo sobre el futuro colectivo como la desmotivación personal.
Sin embargo, si esperamos vivir décadas adicionales, tenemos la responsabilidad de imaginar y construir un futuro que merezca la pena. No podemos dejarnos llevar por la contradicción de aspirar a vivir 90 años, mientras pensamos que todo irá a peor. Esa combinación es una receta para la frustración y el sufrimiento.
El optimismo no es ingenuidad; es la decisión consciente de orientar nuestros pensamientos y acciones hacia posibilidades constructivas. Y cuando lo aplicamos a nuestra propia longevidad, se convierte en el mejor seguro de vida: no garantiza que viviremos más años, pero multiplica las probabilidades de que esos años valgan la pena.
Porque al final, lo que importa no es sumar años a la vida, sino vida a los años. Y eso comienza con la actitud que adoptamos hoy frente al futuro que imaginamos vivir mañana.



