El periodista Enrique Armendáriz publica 'Inspiración': 7 años de vida de su madre en la residencia
El libro desdramatiza el ingreso en un centro de mayores, siempre que haya "amor y dignidad"
Tomar la decisión de trasladar a una madre o un padre a una residencia suele generar culpa, pero cuando el hogar deja de ser un espacio seguro y la exigencia de los cuidados desborda la capacidad familiar, el ingreso en un centro de mayores se convierte en una alternativa sensata y responsable.
"Una nueva etapa se abre, pero no significa aparcar al ser querido y desentenderse de él; al contrario, es fundamental que los allegados se integren en la vida del centro para velar por su salud, suplir el déficit afectivo y mantener el vínculo a través del contacto físico y los abrazos, cuando la palabra pierde su utilidad", expone el veterano periodista y experto en comunicación Enrique Armendáriz, director de Armendáriz PR Company, que acaba de publicar Inspiración, donde evoca su experiencia durante los siete años que su madre vivió internada en un centro residencial.
Su trayectoria profesional abarca también la docencia y las relaciones públicas, además de ser autor de una obra literaria diversa, donde la memoria, la observación y la emoción se entrelazan con naturalidad. Como la mayoría de ciudadanos, Armendáriz fue una persona que, durante muchos años, pasó por delante de las residencias de mayores sin fijarse ni detenerse, hasta que la vida le llevó casi sin aviso a formar parte de ese mundo.

Su último libro, Inspiración, es vitalista y huye del tremendismo. Su consejo a los familiares que estén meditando un centro de mayores es "quitarle dramatismo, pues llega un momento en el que el internamiento es la opción más realista y responsable, pero siempre garantizando que el ingreso en una residencia se transforme en un acompañamiento cimentado en la presencia, el amor y la dignidad de la persona mayor".

Riesgo de "asumir los cuidados en solitario"
En su entrevista con 65YMÁS, Armendáriz reconoce que el deseo mayoritario de cualquier persona es "envejecer y terminar sus días en su hogar. Sin embargo, la dependencia avanza y las tareas cotidianas en el domicilio son una amenaza constante para la integridad física. Actos sencillos como acceder al cuarto de baño o ducharse en una vivienda no adaptada suponen auténticas trampas para la salud".
Advierte asimismo sobre los peligros de "asumir en solitario todo el peso de los cuidados. Empeñarse en no recurrir a una residencia por culpabilidad puede convertir el día a día en un riesgo, tanto para el familiar como para el cuidador. En circunstancias de agotamiento extremo se pueden llegar a desarrollar actitudes agresivas no deseadas, lo que evidencia que proteger la salud física y psicológica de quien cuida es indispensable para asegurar el bienestar de la persona cuidada".
La decisión de ingresar a su madre en una residencia fue meditada, necesaria, perfectamente organizada, estableciendo pautas de 3 días de visitas a la semana, con una "imprescindible implicación activa de la familia, algo que resulta fundamental para complementar el déficit afectivo del residente y colaborar con el personal del centro".
Para Armendáriz, la clave de esta nueva realidad consiste en que el familiar esté siempre pendiente y presente, para cualquier imprevisto, dudas, consultas, decisiones médicas.... "Todo ello ayuda a detectar de forma precoz dolencias o síntomas invisibles a simple vista, como fiebre o infecciones de orina, facilitando que el equipo facultativo actúe a tiempo", explica el veterano periodista.
Su experiencia personal de siete años le ha llevado a reconocer la complejidad y dureza del trabajo que desempeñan los cuidadores profesionales. Se trata de una labor físicamente muy exigente —que implica mover pesos inertes y afrontar problemas de espalda— y con un fuerte desgaste psicológico, condicionada en ocasiones por la falta de medios y una elevada rotación de personal, detalla.
Siete años de amor, dignidad y afecto
El acompañamiento continuado a lo largo de esos siete años demuestra, al decir del autor de este libro, que la residencia puede convertirse en un espacio para el disfrute de pequeñas vivencias emocionales. Por ejemplo, cuando el deterioro cognitivo provoca que la palabra deje de ser el principal canal de comunicación, "la interacción, el diálogo con el familiar se transforma en abrazos, caricias, miradas y gestos de cariño, que iluminan y encienden la mirada de la persona mayor".
Con este libro, Armendáriz se ha propuesto "convertir el acto de cuidar en un espacio de revelación, donde la ternura, la memoria y la belleza resisten incluso en los días más silenciosos". Todo ello, en un contexto demográfico en el que la longevidad plantea el reto de personas de 60 y 70 años cuidando a progenitores cercanos a los 90 años, lo que obliga a preparar esta transición crucial. Entender el ingreso residencial con confianza y mantener una presencia afectiva constante permite despojar al proceso de su estigma social, convirtiendo la última etapa de la vida en un periodo de profunda conexión humana.
