Enfermar no es un privilegio: el peligro de convertir la edad en sospecha

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Reforma de las pensiones: Cambios en las bajas por incapacidad temporal de los mayores de 62 años Miia

Hay noticias que informan y hay noticias que, consciente o inconscientemente, contribuyen a reforzar prejuicios que nuestra sociedad nunca debería haber tenido o que debería haber superado hace tiempo. Y la interpretación tendenciosa, en este caso, no parece achacable al periodista sino a la fuente.

La reciente publicación de los datos de Mutua Navarra sobre la duración de las bajas laborales ha generado titulares que apuntan a una conclusión aparentemente sencilla: los trabajadores veteranos concentran las bajas de mayor duración. El dato es cierto. La interpretación que se está haciendo de él, ya sea tácita o expresa, sin embargo, resulta profundamente preocupante. Porque una cosa es constatar una realidad estadística y otra muy distinta convertir a todo un colectivo en sospechoso.

Desde la Fundación Más Sénior trabajamos precisamente para combatir una de las formas de discriminación más extendidas y menos visibles de nuestro tiempo: el edadismo. Ese conjunto de prejuicios que lleva a considerar que cumplir años supone automáticamente perder valor, capacidad, compromiso o productividad, o, en este caso, convertirse en un absentista y, por tanto, en una persona defraudadora y menos válida para las empresas y el mercado laboral. 

Y eso es exactamente lo que ocurre cuando se presenta a los trabajadores sénior como parte del problema del absentismo laboral. Los datos reflejan que las personas de mayor edad tienen procesos de incapacidad temporal más largos. Pero eso no significa que sean más absentistas. Significa algo mucho más sencillo: que cuando enferman, necesitan más tiempo para recuperarse.

No hace falta ser médico para entenderlo. Una intervención quirúrgica, una lesión musculoesquelética o una enfermedad crónica no evolucionan igual a los 25 años que a los 60. El envejecimiento forma parte de la condición humana y tiene consecuencias fisiológicas evidentes. Lo verdaderamente llamativo sería que no las tuviera.

Sin embargo, en lugar de abordar esta realidad desde una perspectiva sanitaria, preventiva y demográfica, algunos discursos vuelven a plantear la cuestión desde la sospecha. Hablan de bajas "desbocadas", insinúan un posible "uso inadecuado" de las incapacidades temporales, reclaman un mayor control e incluso llegan a cuestionar la facilidad con la que se conceden determinadas bajas médicas.

Pero la pregunta que deberíamos hacernos es otra: ¿qué mensaje estamos enviando a millones de trabajadores y trabajadoras que llevan décadas sosteniendo nuestra economía? Porque los trabajadores sénior no son un colectivo marginal. Son quienes han acumulado experiencia, conocimiento y capacidad de adaptación a lo largo de toda una vida profesional; son quienes han formado a generaciones enteras de empleados; son quienes han afrontado crisis económicas, transformaciones tecnológicas y cambios productivos sin precedentes. Y, paradójicamente, cuando las consecuencias naturales de esa larga trayectoria laboral aparecen, se les señala como un problema. La contradicción resulta evidente.

España, como el conjunto de Europa, afronta un desafío demográfico sin precedentes. Cada vez vivimos más años y cada vez nacen menos personas. Las administraciones públicas, los organismos internacionales y las propias empresas llevan años insistiendo en la necesidad de prolongar la vida laboral y aprovechar mejor el talento sénior. La propia Fundación Más Sénior nació para impulsar una sociedad que reconozca el valor de las personas mayores y combata los estereotipos asociados al envejecimiento. Nuestra misión es promover una participación activa de los sénior y defender su aportación económica y social.

Sin embargo, seguimos asistiendo a una paradoja recurrente: se pide a las personas que trabajen más años, pero se cuestionan las consecuencias naturales de trabajar más años. No podemos reclamar carreras laborales hasta los 67 años y sorprendernos después de que un trabajador de 62 años tenga necesidades de recuperación diferentes a las de uno de 30.

Tampoco podemos ignorar otro aspecto esencial que aparece en los propios datos publicados: una parte del incremento de los procesos más largos responde a cambios normativos que han ampliado determinadas situaciones de incapacidad temporal. Es decir, no estamos necesariamente ante un deterioro súbito de la salud de los trabajadores, sino también ante una modificación de los criterios administrativos que afectan a la duración de los procesos.

Pero incluso dejando eso al margen, el debate de fondo sigue siendo otro. ¿Por qué hablamos tanto de las bajas y tan poco de las causas que las provocan? ¿Por qué se analiza la duración de los procesos y no el desgaste acumulado tras décadas de actividad laboral? ¿Por qué apenas se habla de prevención, de ergonomía, de adaptación de puestos de trabajo o de envejecimiento saludable en las empresas? La respuesta es sencilla: resulta más fácil señalar a quienes enferman, y en este caso, a las personas trabajadoras de más edad, que abordar los problemas estructurales.

En la Fundación Más Sénior defendemos que la longevidad no debe contemplarse como una carga, sino como una oportunidad. El talento sénior constituye uno de los principales activos de nuestra sociedad. La experiencia acumulada, la capacidad de resolución, el conocimiento sectorial y la estabilidad profesional son ventajas competitivas que las empresas no pueden permitirse desaprovechar. Además, el propio fenómeno de la longevidad representa una aportación económica extraordinaria para nuestro país.

Por eso nos preocupa especialmente cualquier discurso que contribuya a asociar edad con problema, experiencia con coste o madurez con sospecha.

Las personas mayores no necesitan compasión, necesitan reconocimiento. No necesitan ser vigiladas, necesitan que se valore lo que aportan. No necesitan ser señaladas por enfermar, sino que necesitan entornos laborales que les permitan seguir contribuyendo en las mejores condiciones posibles.

Una sociedad verdaderamente avanzada no mide a las personas por la rapidez con la que se recuperan de una enfermedad. Las mide por el valor que aportan durante toda, insisto, toda una vida.

Y si algo nos enseñan las personas trabajadoras sénior cada día es que ese valor sigue siendo inmenso.

El reto no consiste en buscar culpables entre quienes acumulan más años de experiencia. El reto consiste en construir empresas y organizaciones capaces de aprovechar ese talento, proteger su salud y combatir los prejuicios que todavía persisten.

Porque cuando convertimos la edad en sospecha, perdemos todos. Y cuando reconocemos el valor de la experiencia, gana toda la sociedad.