El gran reto de la salud mental en la vejez
Amparo Pérez LópezViernes 13 de marzo de 2026
3 minutos
Viernes 13 de marzo de 2026
3 minutos
Vivimos más años que nunca y la medicina ha avanzado de forma extraordinaria. Pero hay una pregunta que deberíamos hacernos sin miedo: ¿vivimos mejor o simplemente vivimos más tiempo?
Envejecer no es una enfermedad. Es una etapa natural de la vida. Sin embargo, la salud mental en la vejez sigue siendo una gran olvidada. No ocupa titulares, no genera urgencias mediáticas, pero está presente en miles de hogares. Y cuando aparece, lo cambia todo.
Uno de los mayores problemas actuales es la soledad. No hablamos de vivir solo, sino de sentirse solo. Las calles cambian, los barrios se transforman y, poco a poco, la persona mayor siente que el mundo avanza demasiado rápido para ella. La soledad desgasta, debilita y enferma. Afecta al ánimo, a la memoria y a la salud física. Y, sin embargo, muchas veces pasa desapercibida.
Sufrir no es normal por cumplir años. El dolor emocional no es una consecuencia inevitable de envejecer. No deberíamos aceptar como “propio de la edad” aquello que en cualquier otra etapa intentaríamos aliviar.
Vivimos en una sociedad rápida, productiva y orientada a resultados. Todo va deprisa. Todo exige rendimiento. Y en ese ritmo, quien camina más despacio corre el riesgo de quedarse atrás. A veces, ante el sufrimiento de una persona mayor, la respuesta más inmediata es una medicación. Los tratamientos pueden ser útiles y necesarios, por supuesto, pero no sustituyen la presencia, la escucha y el apoyo humano. La vejez no necesita únicamente fármacos; necesita comunidad, conversación, paciencia y tiempo compartido.
Como sociedad estamos envejeciendo. Cada vez habrá más personas mayores entre nosotros. Esto no es un problema, es una oportunidad. Una oportunidad para decidir qué tipo de comunidad queremos ser: una que aparca a quienes envejecen o una que los integra, los respeta y los cuida.
Conviene recordar algo esencial: estamos donde estamos porque un día los mayores dieron un paso al frente. Trabajaron, construyeron, sostuvieron familias, levantaron barrios, afrontaron crisis y sacaron adelante a generaciones enteras. El bienestar del que hoy disfrutamos no apareció de la nada. Tiene nombres, tiene rostros y tiene historia.
Agradecerlo no es solo una cuestión emocional; es una cuestión de justicia. Una sociedad madura es aquella que reconoce lo recibido y responde con cuidado y respeto. Ser una comunidad acogedora y benévola con nuestros mayores no es caridad, es coherencia.
Cuidar a nuestros mayores no es solo una cuestión familiar, es una responsabilidad colectiva. Implica escuchar más, acompañar más y normalizar que pedir ayuda no es un fracaso. Implica comprender que el bienestar emocional en la vejez es tan importante como la salud física. Implica frenar un poco y mirarlos a los ojos.
Porque si algo es seguro es que, si tenemos suerte, todos llegaremos a esa etapa. Y el trato que hoy damos a quienes envejecen es, en realidad, el modelo de sociedad que estamos construyendo para nuestro propio futuro.

