La invasión de Ceuta, el preocupante éxito de un ensayo general
Artículo de opinión firmado por Alberto Rubio, director de Diplomacy News
Admito que me pasé de ingenuo en mi anterior comentario sobre la crisis de Ceuta. Pensé que, como otras veces, la invasión de la ciudad autonoma era solo otra demostración de fuerza marroquí frente a una nueva “afrenta” de España, en este caso por recuperar la relación con Argelia. Y creí que ahí se quedaría todo. Pero, ¿y si hay mucho más detras?
Si algo ha dejado en evidencia esta “invasión” es que quien quiera tomar Ceuta y Melilla sólo necesita formar un tropel, que no tropa, de varios miles de indocumentados y permitir que salten la frontera. Nadie les impedirá el paso ni, por supuesto, tendrá la tentación de disparar contra ellos, por mucho que la soberanía de España haya sido violada, como dijo el presidente del Gobierno justo antes de irse de vacaciones.
El ensayo general ha funcionado. Y de momento se puede quedar en un aviso. Pero, si alguna vez Mohamed VI se sienta con ganas, ya sabe lo que debe hacer para que Ceuta y Melilla sean marroquíes. Esta vez, una mera turba de 70.000 individuos sin ninguna organización han sido capaces de crear un caos nunca visto en la ciudad, con las fuerzas de seguridad desbordadas, desplegadas tarde y mal, y sin instrucciones precisas.
En esta crisis concurren tres elementos que la hacen potencialmente peligrosa: la debilidad y el servilismo nunca antes vistos del Gobierno español hacia Marruecos; la firme alianza de Rabat con Netanyahu y Trump; y la mala relación, si no es enemistad, del Gobierno de Pedro Sánchez con ambos, el israelí y el norteamericano.
Esa triple alianza es peligrosa para España en los tiempos que corren. Y Sánchez se la ha ganado a pulso. Sus posicionamientos sobre Palestina o la OTAN le han puesto en la diana de Netanyahu y de Trump. Ojo, no le critico por ello. Incluso comparto esos puntos de vista en gran medida. Lo que digo es que, en estas dos cuestiones, el Gobierno español no fue inteligente, adoleció de torpeza diplomática y prefirió la vía de la confrontación a un planteamiento más sutil. Esa es mi discrepancia: sólo el más fuerte puede permitirse ‘chulerías’ maximalistas en sus relaciones exteriores. Y Sánchez ha jugado con ello, salvo con Marruecos. Curioso.
Si todo esto desemboca en que, como ha amenazado Trump, Washington podría trasladar sus bases a Marruecos se verá. Pero lo que es indudable es que si no se toman medidas, la próxima vez no habrá emigrantes a los que ayudar, repartir comida, y alojar. Serán más de 70.000 y mucho más organizados. Tendrán la experiencia y la información sobre infraestructuras estratégicas que aporten los que todavía están dentro. Y podrán controlar en poco tiempo la ciudad sin que nadie se oponga.
Vale, que estoy siendo catastrofista. Puede. Pero ¿se acuerdan de los “hombres verdes” que tomaron Crimea sin ninguna oposición en 2014? ¿Se acuerdan de la ‘Marcha Verde’ en 1975? Nadie creyó en esos momentos que algo así iba a ocurrir. Y ocurrió.
Cierto que hay muchos motivos para que no ocurra. Muchos. Hay muchos intereses económicos en juego entre ambos países. Pero eso no impide que un régimen como el de Mohamed VI, que basa su popularidad en un control férreo de la disidencia y en un nacionalismo expansivo mal entendido, haya tomado nota de una debilidad española que puede explotar cuando se le antoje.
¿Entre tanto, que pasa con el Gobierno de Sánchez? Que está jugando a la contra, como siempre, para desgastar a la oposición. Lo malo es que está utilizando una cuestión de estado para ello. Su incomprensible defensa cerrada de la actuación de Rabat en esta crisis da que pensar sobre el fondo de la relación del presidente del Gobierno español con un monarca al que no le niega nada.
Capítulo especial merece el ministro Albares que, puestos a culpar, ha culpado a una “internacional reaccionaria”, a las terminales mediáticas y a Elon Musk de promover la invasión. Osea, cualquiera tiene la culpa menos el Gobierno… y Marruecos, a cuya embajadora ni siquiera ha llamado todavía, aunque sea para tomar un café y charlar como buenos amigos.
Lo de Marlaska, negando que hubiera informes advirtiendo de la invasión, tiene también su chiste. Mientras el titular de Interior mantiene que no los hubo, la ministra de Defensa dice que sí. Así que Moncloa tuvo que emplearse a fondo para encontrar una solución que permitiera a sus dos ‘pesos pesados’ salir airosos del trance. Y ahí estaba Patxi López, portavoz para todo y capaz de justificar, sin que se le desencaje la mandíbula, que “las dos cosas pueden ser verdad a la vez”. Impresionante, aunque ya nos tiene acostumbrados.
Mientras, en Ceuta se está resquebrajando una de sus mejores virtudes como ciudad multicultural: la convivencia. La desconfianza y el miedo se están instalando en todos sus habitantes, los mismos que hasta hace un mes se relacionaban con todos sus vecinos sin importar si eran cristianos, musulmanes, judíos o hindúes.
Es fácil predicar la doctrina de “inmigrantes no son delincuentes” desde el estudio de una televisión a 700 kilométros. Es verdad que no son lo mismo. Pero sin estar allí, en el centro del caos en que se ha convertido la ciudad, no se puede generalizar. Entre los 5.000 que se dice que se han quedado, ¿están seguros los exégetas de Sánchez de que no hay un solo delincuente, ni un solo islamista, ni un sólo espía o militar? Y, en todo caso, ¿aceptarían con naturalidad que un ‘emigrante’ desconocido entrase en su casa, tomase comida de la nevera y se pusiera a ver la televisión sin decirles ni siquiera su nombre?
Seguramente esa izquierda que ahora justifica la inacción del Gobierno Sanchez estará pensando que me estoy yendo por las ramas. Pero apunten bien: si no se toman medidas, en una próxima ocasión no habrá emigrantes angelicales a los que ayudar, repartir comida, alojar y tratar como a seres humanos. Serán miles y entre ellos se camuflarán elementos más organizados, que se harán con el control de la ciudad.
Ojalá me equivoque. Pero el ensayo general ya se ha hecho. Y con éxito.
