El menosprecio de la experiencia de los mayores
Artículo de opinión firmado por Josep Moya
El sábado pasado, día 18 de julio, 65YMÁS publicó una entrevista al historiador Michael Seidman, autor del libro 'Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945)'. En la entrevista, realizada por la periodista María Bonillo, el autor explora en profundidad cómo los regímenes totalitarios transformaron el concepto del trabajo y decidieron quién era útil y quién no. En ese contexto, Seidman añade que durante esta época se dieron "las mayores destrucciones de mayores en la historia porque, es muy interesante, nadie quería esconder un mayor. Un niño, un bebé, sí, pero no a una persona mayor. Los mataban porque los consideraban totalmente inútiles, un parásito, que no valía la pena".
Sin duda, estamos ante un libro de gran interés, que explora un área poco estudiada hasta ahora, y cuya lectura es altamente recomendable. Pero, lo que quiero destacar de la entrevista es el punto que María Bonillo ya nos señala en el titular: “Se está perdiendo la experiencia”. En efecto, en el discurso social predominante se parte de la premisa, o prejuicio, de que la creatividad es exclusiva de la juventud y de que la experiencia de los sénior es poco o nada útil. En opinión de Seidman, si bien es cierto que en ciertas disciplinas es posible que la gente joven tenga ventaja, no lo es menos que, en otras, no sea así. Para él, se trata de una cuestión de capacidad, voluntad y creatividad.
Me centraré en la tercera. Es clásico afirmar que la creatividad es exclusiva de los jóvenes, así, se nos recuerda que Mary Shelley publicó Frankenstein a los 20 años; que muchos compositores, desde Schubert y Schumann hasta Mozart y Mendelssohn, han escrito sublimes piezas musicales antes de cumplir los 30 años. En el campo de la ciencia, se nos cita el caso de John Nash, el matemático que contribuyó, a pesar de su enfermedad mental, a desarrollar la teoría de juegos, cuando no había cumplido todavía los 30 años. Otros matemáticos alcanzaron su mejor momento en la juventud, como Évariste Galois, que sentó las bases del álgebra moderna, o Niels Abel, que inventó la teoría de grupos.
Frente a esos datos, podemos citar otros que pueden ser su contraste. Así, en el ámbito de la política, Winston Churchill fue nombrado primer ministro de Gran Bretaña en el año 1940, cuando contaba 65 años, y tuvo el coraje y el acierto de frenar la ofensiva alemana en la conocida como Batalla de Inglaterra. En el ámbito de la arquitectura, Antoni Gaudí murió a la edad de 73 años, cuando estaba dirigiendo la construcción de la Sagrada Familia. El músico Joaquín Rodrigo compuso el Concierto para un divertimento para violoncelo, a la edad de 80 años. El compositor ruso Dimitri Shostakovich compuso su última obra a la edad de 69 años, poco antes de fallecer. Ah, un detalle adicional: Shostakovich ¡padecía esclerosis lateral amiotrófica!
Pero, puedo citar dos figuras mucho más cercanas: Fernando Ónega, que fundó 65YMAS y se mantuvo activo y creativo hasta su fallecimiento, a la edad de 78 años; y Manel Domínguez, quien a sus 75 años escribe libros y dirige un programa de radio, Sentit de viure (sentido de vivir) en radio 4.
En consecuencia, no se puede defender de ninguna manera la afirmación según la cual la creatividad es exclusiva de los jóvenes, ya que la encontramos en muchísimas personas mayores. Y si a ésta le añadimos el valor de la experiencia tendremos dos elementos fundamentales para defender el conocimiento de los mayores.
Pero, ¿cuál es el precio de rechazar el talento de los sénior?
En primer lugar, la fuga de conocimientos: Perder empleados con décadas de experiencia significa destruir capital intelectual irreemplazable, lo que reduce la eficiencia operativa y la capacidad de innovación. A su vez, ello provoca la repetición de errores pasados, cuellos de botella y periodos de adaptación más largos para los nuevos talentos. La muerte de la Auctoritas, es decir, del prestigio y la influencia basados en el respeto, el conocimiento y la experiencia, y su sustitución por el doctor Google, tiene y tendrá efectos muy adversos para el desarrollo científico y moral de nuestra sociedad.
En segundo lugar, el efecto dominó: La salida de miembros experimentados desmoraliza a los equipos restantes, duplicando la pérdida de compromiso laboral.
En tercer lugar, los costes de sustitución: Reemplazar a un empleado especializado o de perfil alto puede suponer entre el 100% y el 400% de su salario anual, sumando reclutamiento, formación y meses de baja productividad.
Para concluir, menospreciar el talento acumulado de los séniors, su experiencia y su creatividad, supone un precio muy alto para el conjunto de la sociedad. Es un coste inútil, que no nos podemos permitir; y menos aun cuando la pirámide poblacional se va invirtiendo y los mayores seremos más numerosos que los jóvenes. ¡Alerta al dato!
