El historiador Michael Seidman rompe una lanza por los mayores: "Se está perdiendo la experiencia”
Ha publicado su nuevo libro 'Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945)'
El historiador e hispanista estadounidense Michael Seidman (1950) ha sacado a la luz en su ensayo más reciente, Esclavos en la Europa del siglo XX (1914-1945), cómo las grandes potencias europeas reinstauraron la esclavitud en pleno siglo XX, un fenómeno analizado por primera vez en un libro, en el que se aborda la violenta era de las guerras mundiales (1914-1945) que llevó a su resurgimiento y a un inesperado retroceso del abolicionismo.
Esta no es su primera obra, todo lo contrario. Los obreros contra el trabajo: Barcelona y París bajo el Frente Popular (1936-1938) se remonta a 2014, y desde entonces se ha traducido a siete idiomas. También destacan otras publicaciones, como La república de los egos: Una historia social de la Guerra Civil española; La victoria nacional: La eficacia contrarrevolucionaria en la Guerra Civil; Antifascismos, 1936-1945: La lucha contra el fascismo a ambos lados del Atlántico o La revolución imaginaria: París, 1968: Estudiantes y trabajadores en el Mayo francés. En este caso, Esclavos en la Europa del siglo XX (Espasa) nace de una extensa y profunda investigación que Seidman ha realizado durante años para evidenciar que la evolución de las sociedades puede frenarse y retroceder fácilmente en momentos convulsos como fueron las guerras mundiales, un tiempo que no fue solo de violencia bélica extrema, también un periodo de regresión histórica en el camino hacia la abolición de la esclavitud.

"Estaba en Estados Unidos y había todavía un gran debate sobre la esclavitud. Hace como 15 años, leí un libro escrito por un historiador francés, Olivier Pétré, titulado Les traites négrières. El comercio de esclavos tenía un punto de vista global, mundial, y no solamente hablaba de la historia de la esclavitud transatlántica", también de la esclavitud en el mundo africano y musulman, explica el historiador en una entrevista a 65YMÁS. "Fue muy interesante porque hubo una organización que hizo un proceso contra él para negar los crímenes contra la humanidad, pero él no ha negado nada, sino que ha puesto todo en comparación. Y como historiador comparativo me interesa mucho este debate, esta polémica". Con esta premisa, el profesor de Historia en la Universidad de Carolina del Norte, en Wilmington, repasa estas primeras décadas del siglo pasado para reflejar cómo nacionalistas, comunistas y fascistas en el Imperio otomano, la Unión Soviética, la Alemania nazi, la Italia fascista, la Francia de Vichy y España durante su guerra civil revivieron el militarismo, la tortura y el asesinato en masa que caracterizaron a las sociedades esclavistas anteriores en África, el mundo islámico o las Américas. De esta forma, millones de personas en Europa se convirtieron en mano de obra cautiva, esclavos sacrificables o víctimas de exterminio.
Pero, ¿cómo fue esto posible en la Europa contemporánea, donde los nuevos esclavizadores limitaron la movilidad personal, el derecho de propiedad, la protección legal, la libertad sexual, la privacidad e incluso la vida de sus prisioneros?
"La eliminación de la gente mayor fue peor en cierto sentido"
El libro explora en profundidad cómo los regímenes totalitarios transformaron el concepto del trabajo y decidieron quién era útil y quién no, también el papel que padecieron los más mayores. Y es que durante esta época se dieron "las mayores destrucciones de mayores en la historia porque, es muy interesante, nadie quería esconder un mayor. Un niño, un bebé, sí, pero no a una persona mayor. Los mataban porque los consideraban totalmente inútiles, un parásito, no valía la pena".
"La eliminación de la gente mayor fue peor en cierto sentido. No había posibilidad de sobrevivir en los casos más extremos", explica, puesto que "no se les encontraba ningún valor a los más mayores" y eran asignados a los grupos en los que se les consideraba "parásitos", salvo "pocas excepciones". "Todos los mayores que no podían trabajar bien, eran eliminados", afirma.
"Se está perdiendo la experiencia"
Salvando las inmensas distancias y dejando claro que no hay comparativa posible, tal y como señala el autor, en cierto sentido, si bien no se les elimina, a día de hoy se observa cómo la experiencia de los más mayores se desecha y desprecia también en el ámbito laboral. "Se está perdiendo la experiencia", afirma en este sentido el historiador, quien, de hecho, sigue en activo todavía.
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En su caso, pone de ejemplo las calificaciones que le han mandado sus estudiantes. "Son las más altas de toda mi carrera porque tengo mucha más experiencia ahora que no tenía hace 20 años", cuenta. "En ciertas disciplinas, quizás la gente joven tenga ventaja, pero en otras no. Es una cuestión de capacidad, voluntad y creatividad. La gente mayor puede ser muy buena. En algunas materias sí que se valora más la experiencia de los mayores, pero en otras no se tiene en cuenta, se quita".
Con todo, y aunque los regímenes totalitarios de la época transformaron el trabajo para eliminar a quienes consideraban "parásitos" que no aportaban al Estado y hoy en día el mercado laboral a menudo expulsa a los profesionales sénior, no valorando su experiencia, talento y todo lo que pueden aportar, para Seidman los mayores tienen "un peso muy importante en nuestras más o menos democracias", por lo que considera que "es muy difícil" que en las sociedades capitalistas modernas se pueda llegar a aplicar un utilitarismo parecido. "Una situación similar es imposible políticamente".
Neoesclavitud
Uno de los términos que surgen en este contexto es el de la neoesclavitud, que se refiere a "la esclavitud que nació durante la Primera Guerra Mundial y ha durado hasta, más o menos, 1945 o un poco más en la Unión Soviética hasta la muerte de Stalin. Esa fue para mí una nueva época de esclavitud", explica el autor. "Muchos historiadores de la esclavitud no han mirado este periodo como una continuación de la esclavitud mundial", no obstante, en su opinión "fue exactamente esto con nuevos aspectos como los genocidios".
Para Seidman, el detonante que destruyó el respeto por el individuo en Europa e instauró esta neoesclavitud en este periodo de guerras fue "la Primera Guerra Mundial".
"En general, el siglo XIX era un siglo de progreso y abolición de la esclavitud. Cuando entramos en el siglo XX todavía había acuerdos internacionales contra la esclavitud para limitar el abuso de los prisioneros de guerra, cosas así", explica. No obstante, el comienzo de la Gran Guerra fue "la ruptura con esta tradición de luces, que viene de la ilustración". El conflicto mundial, "con toda su violencia, cambia las cosas y rompe con la historia militar matando a tantos millones de soldados. Con esto empieza la era de la neoesclavitud, por ejemplo, con los alemanes en Polonia, Bélgica o Francia del norte, pero también con la revolución bolchevique. Después de eso, los bolcheviques, los comunistas, construyen campos de trabajo. Eso fue para mí el principio, la ruptura con esta tradición humanitaria del siglo XIX".
Esta nueva esclavitud que se da en el siglo XX tiene cierta relación con el exterminio. "La esclavitud es casi un privilegio porque mucha de esta gente era enviada a la muerte rápida", explica el historiador. "Los esclavistas les daban una oportunidad de sobrevivir a través de un trabajo duro, de explotación total en vez de morir. Y esto depende del periodo del que estemos hablando", aclara. "Por ejemplo, el caso más conocido es el genocidio de los judíos y hay algunos millones que directamente murieron en cámaras de gas, en campos de exterminación. Pero cuando los alemanes, los nazis, tenían necesidad de trabajadores, había jóvenes fuertes que podían sobrevivir si tenían suerte trabajando para ellos. Vemos el mismo caso con gitanos y armenios".
La situación de estos nuevos esclavos del siglo XX era incluso peor que los de la antigüedad. "Sus condiciones fueron peores, por lo general, porque con la Primera Guerra Mundial también había una radicalización de la ideología del trabajo. Entonces, todos los enemigos políticos o raciales fueron considerados como parásitos. Estaba este elemento político biológico nacionalista de que a los parásitos no se los puede hacer trabajar si son muy peligrosos, por lo que había que eliminarlos. Son demasiado peligrosos hasta para trabajar, porque biológicamente son un peligro. Eso se aplica más a los gitanos y judíos que a los armenios".
Y es que, “a diferencia de los esclavizadores anteriores, que devaluaban la actividad laboral por considerarla propia de esclavos, los nuevos gobernantes de estos proyectos estatistas de la era de las guerras totales ensalzaban tanto el trabajo como exaltaban el combate. Para ellos, honrar el trabajo implicaba también eliminar a ciertos parásitos considerados demasiado peligrosos o indignos de ser productores. Todos los regímenes esclavizantes examinados transformaron el trabajo de categoría económica en categoría político-cultural destinada a eliminar a chupasangres hostiles o a forzarlos a trabajar. Emplearon criterios de raza, etnia y clase para restringir la definición de productor heredada de la Ilustración, que incluía a casi todos los trabajadores manuales e intelectuales”, explica en el libro.
Neoesclavitud en España
Este fenómeno también se desarrolló en España, tal y como analiza Seidman en el libro abordando la Guerra Civil española. "Es muy interesante. La ideología de muchos de los republicanos fue esta ideología bolchevique de trabajo, la misma para socialistas y anarquistas en el sentido de que la burguesía, las clases dirigentes tradicionales en España fueron también parásitos. Y para Franco eran la izquierda", explica. Surgió, así, lo que Seidman califica como "parasitismo de sus enemigos".
Aunque destaca alguna diferencia, y es que aunque en ambos bandos se construyeron campos de trabajo, "lo que no hubo en España fue genocidios. Se había politizado a los enemigos políticos, pero este elemento biológico, étnico, no estaba".
Tendencias preocupantes en la actualidad
La época de las grandes guerras quedó atrás, con todo, en este nuevo siglo se encuentran tendencias en el panorama actual que preocupan al historiador.
"Creo que es un peligro para la democracia el autoritarismo que está creciendo. Es muy importante defender la separación de poderes en varias partes, ejecutivo, pero también parlamento, cortes, judicial, etc. Aquí, por ejemplo, se ve que la administración quería reducir los contrapoderes que estaban en la Constitución. Y se pueden citar otros ejemplos también en Europa con la Hungría de Urbán y, evidentemente, la Rusia de Putín o la China contemporánea. Hay muchos ejemplos de este tipo de autoritarismo antidemocrático", afirma Seidman, lo cual, considera, "es un peligro".
Teniendo esto en cuenta, Seidman considera que una de las principales lecciones que puede ofrecer este nuevo libro suyo es "la importancia para una sociedad de tener contrapoderes, que no se puede centralizar todo el poder en, por ejemplo, el ejecutivo. Es necesario un parlamento en las cortes independientes, también para balancear y chequear el poder arbitrario y, muchas veces, fatal y criminal del poder ejecutivo. Sin este, no hay una parada contra un poder ejecutivo abusivo".
