Los geriatras lo tienen claro: "Envejecer, por sí mismo, no incapacita para la conducción"
La vicesecretaria de la SEGG explica qué señales de alarma tener en cuenta para dejar de conducir
Ser mayor no implica tener que dejar de conducir. Así lo entiende la Unión Europea, que blinda en su normativa los derechos de los sénior y estipula que la retirada del carnet debe realizarse por criterios individuales y sin "dar lugar a discriminación, en particular por razón de edad".
Y es que, desde el punto de vista científico, la evidencia demuestra que cumplir años no significa, automáticamente, perder las facultades necesarias para manejar un turismo. Así lo entiende la especialista en Geriatría, Gerontología y Medicina de Familia y Comunitaria, jefa del Servicio de Geriatría del Hospital Universitario Quirónsalud Zaragoza (HUQZ) y vicesecretaria general de la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología (SEGG), Nieves Fernández.
La experta explica a 65YMÁS qué señales de alarma sí que son definitivas a la hora de replantearse dejar de usar el coche y asegura que la previsión y anticipación son clave para que la decisión se tome de forma progresiva, sin limitar la autonomía de los mayores.
Además, llama a dejar de lado los estereotipos edadistas: "Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos".
PREGUNTA: ¿Existe una edad para dejar de conducir?
RESPUESTA: No. En España no existe una edad máxima legal para conducir. Envejecer, por sí mismo, no incapacita para la conducción. Lo relevante es si la persona conserva visión, cognición, capacidad perceptivo-motora, movilidad y un estado médico compatibles con una conducción segura.
Por tanto, resulta más correcto preguntarnos "¿cuándo dejan de ser suficientes las capacidades necesarias para conducir?" que "¿a qué edad hay que dejar de conducir?". Una persona de 80 años puede mantener una conducción segura, mientras que otra más joven puede no estar en condiciones de hacerlo por una enfermedad neurológica, visual, cardiovascular, metabólica o por determinados tratamientos.
La normativa española aborda esta cuestión mediante la valoración de aptitudes psicofísicas y permite, cuando procede, reducir el periodo de vigencia del permiso o establecer restricciones.
P.: ¿Cuáles son las señales de alarma?
R.: Este tema sale con mucha frecuencia en nuestras consultas, especialmente cuando estamos ante pacientes con deterioro cognitivo y el inicio de la conversación suele estar propiciado por las familias. Las señales de alerta que nos deben hacer plantear una valoración específica son los accidentes o pequeños golpes repetidos, los "casi accidentes", la dificultad para mantenerse en el carril, errores ante señales o semáforos, problemas en cruces, incorporaciones y rotondas, respuestas excesivamente lentas ante imprevistos, perderse en trayectos conocidos, confundir pedales o maniobras, o recibir de forma reiterada advertencias de acompañantes u otros conductores.
También es relevante que la persona comience a evitar espontáneamente la conducción nocturna, autopistas, tráfico intenso, lluvia o trayectos desconocidos o se ponga excesivamente nerviosa en esas circunstancias cuando antes no le pasaba. Puede ser una adaptación prudente, pero también una señal de que está percibiendo una pérdida de capacidades.
En presencia de síncope o pérdida de conciencia, crisis epilépticas, episodios de confusión o desorientación, déficits neurológicos transitorios, hipoglucemias graves, somnolencia excesiva o alteraciones visuales agudas, no se debería conducir hasta aclarar la causa y comprobar que se cumplen los requisitos médicos y legales correspondientes.
En personas con deterioro cognitivo, la información de familiares o cuidadores y los antecedentes de accidentes o infracciones pueden aportar información particularmente valiosa. Hay que tener en cuenta que la autopercepción del propio conductor no siempre es suficientemente fiable.

P.: ¿Qué recomendaciones daría a un conductor mayor?
R.: La estrategia debe ser adaptar la conducción antes de que aparezca un accidente. Es aconsejable conducir preferentemente de día, evitar condiciones meteorológicas adversas y horas de tráfico intenso, planificar los trayectos, evitar viajes excesivamente largos, realizar descansos frecuentes, mantener una distancia de seguridad suficiente y reducir al mínimo las distracciones.
Deben revisarse periódicamente visión, audición, movilidad y medicación. En las personas mayores es especialmente importante valorar la polimedicación (más de 5 fármacos) y sobretodo si en éste tratamiento se incluyen fármacos que pueden provocar somnolencia, enlentecimiento psicomotor, alteraciones visuales, hipotensión o disminución de la atención. El alcohol debe evitarse completamente antes de conducir.
La capacidad funcional también es muy relevante: mantener fuerza, equilibrio, movilidad cervical y movilidad de miembros superiores e inferiores favorece las capacidades necesarias para conducir y los reflejos suficientes para dar respuesta a situaciones imprevistas en la conducción.
Los vehículos con sistemas avanzados de ayuda a la conducción (ADAS), como frenado automático de emergencia, detección de ángulo muerto, ayuda al mantenimiento de carril, cámaras y sensores, pueden aumentar la seguridad, aunque nunca sustituyen unas aptitudes psicofísicas adecuadas.
P.: Además del psicotécnico, ¿qué pruebas complementarias sería interesantes hacerse?
R.: No existe una única prueba capaz de determinar por sí sola si una persona conduce de manera segura. La valoración debe ser multidimensional.
En el área visual interesa valorar no solo la agudeza visual, sino también campos visuales, sensibilidad al contraste, visión en condiciones de baja iluminación y recuperación tras el deslumbramiento.
En el área cognitiva deben explorarse especialmente atención, velocidad de procesamiento, funciones ejecutivas y capacidades visuoespaciales.
La exploración física debería incluir movilidad cervical y de extremidades, fuerza, coordinación, equilibrio y capacidad para realizar rápidamente las maniobras necesarias. Deben añadirse audición y una valoración médica dirigida a enfermedades cardiovasculares, neurológicas, metabólicas, trastornos del sueño, consumo de alcohol y medicación.
Cuando después de la evaluación persisten dudas razonables, una valoración práctica y estructurada de la conducción real puede proporcionar información más directamente relacionada con el desempeño al volante que cualquier test aislado.
P.: ¿Cómo puede afectar psicológicamente la pérdida de capacidad para conducir?
R.: Dejar de conducir esta estudiado que puede tener un impacto psicológico importante porque el automóvil representa, para muchas personas mayores, independencia, identidad, espontaneidad y capacidad de mantener relaciones sociales y actividades fuera del domicilio.
Por ello, el objetivo no debe formularse simplemente como "retirar el coche", sino como preservar la movilidad y la autonomía. Siempre que sea posible, la transición debería anticiparse y planificarse: restringir inicialmente las situaciones de mayor riesgo, introducir alternativas de transporte antes del abandono completo, organizar apoyos familiares o comunitarios y preservar explícitamente las actividades sociales, familiares y de ocio.
Una retirada progresiva, explicada y participada suele ser psicológicamente más aceptada que una retirada brusca tras un accidente o una crisis.
