¿Se puede construir y medir la felicidad? Así es el castillo interior de Enrique Rojas
El autor usa la metáfora de un castillo para explicar las distintas las partes de una vida realizada
El psiquiatra y ensayista Enrique Rojas acaba de publicar su nuevo libro sobre la autorrealización personal. El Castillo de la felicidad, publicado por Espasa, reflexiona sobre como alcanzar la felicidad, que según el autor es relativa, al contrario que otros libros que buscan explicar como se consigue la felicidad absoluta.
Defiende que hay cinco virtudes que nos hacen llegar hasta este castillo: la capacidad de autocontrol, la estabilidad emocional, los hábitos cotidianos, la existencia de un propósito de vida y, la más importante, la voluntad, que es la base de la educación.
El autor usa la metáfora de un castillo con nueve partes para explicar a los lectores las distintas partes de una vida realizada. El primero son los cimientos que simbolizan una personalidad sana y un proyecto de vida realista, ya que para Rojas la vida no es improvisación sino que necesita una dirección y una idea más o menos clara de hacia donde debemos ir. Sobre esos cimientos se levantan los cuatro grandes muros de la felicidad: el amor, el trabajo, la cultura y la amistad.

El amor entendido como cuidado, compromiso y proyecto compartido; el trabajo como vocación, realización personal y aportación a los demás; la cultura como una forma de ampliar la mirada y adquirir criterio; y la amistad como un vínculo basado en la confianza, la lealtad y la cercanía.
El castillo también cuenta con ventanas y miradores que representan la actitud con la que un ser humano contempla la realidad y su inteligencia emocional. Hay que aprender a distinguir lo importante de lo accesorio. Según explica Rojas la felicidad depende mucho de la realidad que vivimos, pero una parte importante también es la interpretación que hacemos de ella.
Otro parte es el puente levadizo que es una forma de mostrar a la libertad y a la capacidad de elección. En el libro se muestra que ser libre no significa hacer en cada momento lo que apetece, sino saber qué conviene, poner límites y asumir las consecuencias de las propias elecciones.

Las torres y las almenas representan el sentido de la vida, la esperanza y la dimensión espiritual. Una persona puede tener bienestar, reconocimiento y seguridad y, sin embargo, sentirse vacía si no sabe para qué vive. La esperanza permite mirar hacia delante incluso en circunstancias difíciles; no es optimismo ingenuo, sino confianza activa, capacidad de lucha y voluntad de seguir construyendo.
El patio de armas y los salones son los espacios de la convivencia y la gratitud. La felicidad no se construye en soledad: se pone a prueba en el trato cotidiano, especialmente dentro de la familia. Aprender a escuchar, ceder, perdonar, expresar afecto y cuidar los pequeños detalles convierte la convivencia en una verdadera escuela de amor. La gratitud, por su parte, ayuda a reconocer el valor de lo que ya se tiene y protege frente a la queja permanente y la insatisfacción.
Pero todo castillo tiene también un foso: el sufrimiento, las pérdidas, los fracasos y las heridas emocionales. La madurez no consiste en evitarlos ni en olvidarlos a la fuerza, sino en integrarlos para que no ocupen toda la vida. El pasado debe ser comprendido, pero no convertido en residencia permanente; el presente ha de vivirse con intensidad y el futuro debe mantenerse abierto a nuevas ilusiones. Las murallas defensivas completan la construcción: son los límites que protegen frente a las relaciones tóxicas, las conductas que generan dependencia, la desesperanza, el egoísmo y el narcisismo, sin convertir por ello el castillo en un lugar cerrado.
A través de reflexiones, referencias culturales, espiritualidad cristiana, casos clínicos y orientaciones prácticas, Enrique Rojas propone una felicidad posible, relativa y profundamente humana. No la felicidad perfecta, sino una vida lograda: estar razonablemente contento con uno mismo al comprobar que existe una buena relación entre lo deseado y lo conseguido.
