Ricardo Cardona copia
Opinión

Anatomía de una sombra

Ricardo Cardona

Foto: Denis Makarenko (BigStock)

Jueves 5 de marzo de 2026

9 minutos

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Foto: Denis Makarenko (BigStock)

Jueves 5 de marzo de 2026

9 minutos

En el largo y difícil proceso de hacer una película, decenas, si no cientos, de personas trabajan al unísono durante meses y a veces años. Por desgracia, normalmente cuando pensamos en una película, el primer nombre que nos suele venir a la cabeza es el del director o el de los actores que la protagonizan. Sin embargo, detrás de cada gran obra, vive casi siempre a la sombra una de las figuras con el trabajo más difícil e importante, el de escribir la historia. 

A pesar de ser el corazón de la creación y de pasar horas y horas frente al intimidante papel en blanco, los guionistas siempre parecen tener un rol secundario, relegado al olvido. Hablemos hoy de los guionistas, cuya labor, al igual que la de la gran mayoría del equipo detrás de una producción, sigue siendo paradójicamente menos reconocida que la de los directores o actores. 

El corazón invisible 

El cine nace en las palabras. Antes de las cámaras, antes del plano, están la historia y quien la cuenta. Su trabajo no se ve, pero se siente. No se ve, pero palpita en cada escena, marcando el compás de cada lágrima y de cada sonrisa. No se ve, pero detrás del destino de cada personaje, detrás de esa verdad incómoda que necesitábamos escuchar, detrás de esa tensión que nos mantiene al filo de la butaca, se esconde el guionista. 

Recordamos ‘Taxi Driver’ (1976) por el crudo retrato que pintó Martin Scorsese de Nueva York en los años 70, pero no por cómo Paul Schrader, a través de la soledad como enfermedad urbana, nos introdujo en la trastocada y retorcida mente de Travis Bickle. Recordamos ‘E.T., el extraterrestre’ (1982) por Steven Spielberg, pero no por el arte con el que Melissa Mathison estructuró un relato sobre dos almas perdidas bajo una íntima mirada infantil, convirtiéndola en una de las películas más icónicas de su década. 

Recordamos ‘Alien: el octavo pasajero’ (1979) por Ridley Scott, pero no por la manera en la que Dan O’Bannon y Ronald Shusett rompieron con el slasher clásico en una poderosa alegoría feminista donde el terror surge de la vulneración de un cuerpo y una gestación forzada. Recordamos ‘Seven’ (1995) por David Fincher, pero no por el crudo retrato del mal que dibujó Andrew Kevin Walker en el guion. Y así ocurre con un sinfín de películas, por no decir todas. 

Una película puede seducirnos, transportarnos, atraparnos o emocionarnos, pero sin ese corazón invisible llamado guionista, no hay alma, no hay historia. Por eso es tan importante reconocer el trabajo del guionista, porque sin ese puente entre la historia y el cómo contarla, la película pierde su chispa. 

Reescritos, desplazados y silenciados 

En el mundo del cine, el guionista a menudo tiene poco control sobre el producto final. Normalmente relegado a un papel de consultor tras vender su obra, el guionista observa entre las sombras cómo su creación se transforma según prioridades ajenas. Cambios y retoques de productores, presiones de los estudios, repentinas decisiones del director, actores que quieren cambiar sus escenas…

Existen incontables casos de guionistas que han expresado su frustración y descontento con el resultado final de las obras que han escrito. Quentin Tarantino, por ejemplo, odia el trabajo que hizo Oliver Stone con su guion en ‘Asesinos natos’ (1994). “Odio esa maldita película, si te gusta mi trabajo, no la veas. Es una puta mierda”, llegó a decir en un coloquio del festival de Busan de 2013. Kelly Marcel, la guionista detrás de la adaptación de ‘Cincuenta sombras de Grey’ (2015), confesó que ni siquiera pudo ver la película terminada y que, aunque le prometieron libertad creativa, en realidad el control absoluto lo tenía la autora del libro. “Este proceso realmente me rompió el corazón. Simplemente siento que no puedo verla sin experimentar cierto dolor al ver lo distinta que es de lo que escribí en un principio”, dijo en el podcast de Bret Easton Ellis. 

Aaron Sorkin recuerda siempre avergonzado su experiencia en ‘Malicia’ (1993). Se negó a escribir una escena sexual totalmente gratuita que el director, Harold Becker, le exigía. “Becker me dijo: ‘Mira, es fácil, vuelve a tu hotel y simplemente escribe lo que te gustaría ver hacer a Nicole Kidman’. Le dije: ‘¿Estás loco?’”, confesó en una entrevista para USA Today. Andrew Kevin Walker vivió una experiencia igualmente frustrante con ‘Asesinato en 8mm’ (1999). El director, Joel Schumacher, respaldado por el estudio, reescribió y reordenó todo el guion, quitándole a la historia todo el sentido y la dirección. Walker ni siquiera vio la película. “Lo mínimo que puedo hacer es protegerme de la miseria de verla”, declaró en The Guardian. Historias como estas hay muchas, como la de Hampton Fancher y David Peoples, la de Charlie Kaufman o la de Paul Schrader, pero de todas ellas, quizá la más representativa sea la de Guillermo Arriaga.

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 Foto: Aaron Sorkin ( s_bukley / BigStock)
 

Tras 'Amores perros’ (2000) y ‘21 gramos’ (2003), el dúo director y guionista entre Alejandro González Iñárritu y Guillermo Arriaga parecía imparable. Pero durante la producción de ‘Babel’ (2006), todo se vino abajo. La tensión entre ambos comenzó durante el rodaje, donde Iñárritu llegó a prohibirle a Arriaga la entrada a plató. Más adelante, el director le pidió al guionista que no asistiera al estreno mundial de la película en Cannes, y en plena campaña de premios, la disputa estalló públicamente. Arriaga, acostumbrado a ver cómo los directores se llevan siempre la mayor parte del reconocimiento, comenzó a reivindicar su papel como autor de las historias. Mientras, Iñárritu contraatacó con una carta publicada en la revista mexicana Chilango, acusando a Arriaga de tener una “injustificada obsesión por reclamar la sola autoría de la película” y alegando que “el cine es un arte de profunda colaboración”. El guionista se defendió en entrevistas e insistió en que su objetivo era el de defender la dignidad de todos los guionistas frente al sistema. “Alejandro nunca dice ‘nuestra trilogía’, siempre dice ‘mi trilogía’”, denunció Arriaga. 

Todas estas historias y testimonios demuestran que, en muchas ocasiones, una vez vendido el guion, el guionista suele quedar a merced de decisiones ajenas a su obra. Su papel, en esencia fundamental en la producción de cualquier película, queda relegado a un segundo plano cuando entran en juego directores, productores o incluso actores con una posición superior en la industria. Resulta irónico pensar que sin el trabajo de los guionistas no existirían cimientos sobre los que levantar una producción, sin embargo, son ellos los que más fácilmente acaban siendo desplazados o silenciados en el proceso. 

No es país para guionistas 

Más allá de perder el control creativo, la figura del guionista arrastra otras cadenas que pesan sobre su día a día. Un estudio presentado por ALMA, DAMA, FAGA, la Fundación SGAE y dirigido por Concepción Cascajosa, profesora de la Universidad Carlos III, expone múltiples barreras que dibujan un panorama desesperanzador para los profesionales en España. 

Según el estudio, la profesión sigue siendo mayoritariamente ejercida por hombres, constituyendo estos el 67,1% de los profesionales, frente al 32,1% de mujeres y al 0,8% de identidades no binarias. Solo el sector de las series roza la paridad con un 41% de participación femenina, mientras en el cine la cifra baja al 28,5% y en documentales al 21,8%. 

A su vez, la brecha territorial evidencia un centralismo que estrecha todavía más el embudo. Madrid concentra a más de la mitad de guionistas, el 54,7%. Sin embargo, la distribución territorial no encaja con la producción. En Galicia y Euskadi apenas residen el 4,7% y el 3,1% de los guionistas respectivamente, pese al alto volumen de producción en ambas comunidades autónomas. En pocas palabras, se produce más en otros sitios, pero para los guionistas que residen en ellos, oportunidades no hay. 

A esto se suma una creciente precariedad laboral, especialmente en programas de entretenimiento. Equipos reducidos, menos tiempo de preproducción y jornadas de rodaje más largas. Además, el estudio denuncia una práctica que se ha vuelto cada vez más habitual: intrusismo laboral, sustituir a los guionistas para recortar costes. Las productoras encargadas de estos formatos recurren a redactores y a documentalistas para, a pesar de asumir las mismas tareas que un guionista, pagarles retribuciones inferiores. 

Además, la precaria economía del guionista español, marcada por la intermitencia, tampoco ayuda. Más de la mitad de los guionistas encuestados afirma haber sufrido incumplimientos del convenio, como jornadas laborales superiores a las ya establecidas, impago de pagas extras o del plus de disponibilidad. El 17,3% de los profesionales ha tenido años con cero ingresos, mientras que el 44,2% ha sufrido caídas del 50 al 79% en algún momento de su carrera. 

Por otro lado, como de costumbre en esta profesión, el reconocimiento nunca parece estar garantizado. Según el estudio, poco más de la mitad de los guionistas entrevistados afirma haber sido siempre acreditados, pero el 40,3% manifiesta haber sufrido omisiones en alguna ocasión. El 58,2% denuncia no haber aparecido en material promocional del producto, el 55,3% es excluido de las ruedas de prensa, el 48,8% no es invitado a festivales y al 41,2% incluso se le ha negado la posibilidad de asistir a galas de premios de sus propias obras. 

Por último, sin duda, el dato más desesperanzador revelado por el estudio: la edad media del guionista en activo en España es de 46 años. Solo el 5,1% de los guionistas activos en nuestro país son menores de 30 años. Una brecha generacional alarmante. En la misma línea, a pesar de no producir ni contratar a directores o guionistas directamente, plataformas como Netflix, Amazon, HBO o Movistar, entre otras, sí deciden qué historias se cuentan y cuáles acaban en un cajón. Sin embargo, en lugar de abrir puertas a nuevas voces, tienden a trabajar siempre con los mismos creadores, respaldados siempre por las mismas productoras para reciclar los mismos formatos una y otra vez. Paradójico, las plataformas buscan desesperadamente atraer público joven, sin embargo no contratan guionistas jóvenes ni buscan producir contenido hecho por ellos.

No se ve, pero se siente 

La figura del guionista vive en la sombra. Una figura que no cuenta con el aplauso del público, o el apoyo de la industria, o el de las productoras, o el de las plataformas. Una figura condenada a romper barreras más allá de las evidentes en la industria, como la perpetua dependencia de contactos y conexiones. Barreras que no solo dificultan la entrada a la profesión, sino que además la desincentivan. La abismal brecha generacional, la de género, la territorial, la precaria economía (a veces incluso inexistente), la desacreditación, el desplazamiento, el desprecio. El olvido. 

A pesar de ser los cimientos sobre los que se levanta una obra, el guionista sigue siendo la figura que no se nombra, el crédito que se omite, el puesto que se reemplaza y la voz que se reescribe. La cultura del “autor” nos ha enseñado durante décadas a mirar las películas como obras del director. Por eso, lo que comparto no es una denuncia, es una invitación a mirar donde casi nunca miramos. 

También una invitación a la acción. Cada vez son más las nuevas voces que, a pesar de las adversidades, se abren un hueco en la industria. Voces como la de Javier Macipe, la de Carla Simón, la de Clara Roquet, la de Celia Rico, la de David Pérez Sañudo, la de Sandra Romero o la de Arnau Vilaró. Si eres quien escribe desde la necesidad, fabrica las oportunidades. Escribe, reescribe, junta un equipo, grábalo, muévelo por donde puedas y vuelve a empezar. Porque nadie busca guionistas. Nadie te va a llamar. 

Mientras tanto, exijamos lo que es justo. Autoría, transparencia y dignidad. Porque el cine nace en las palabras. Antes de las cámaras, antes del plano, están la historia y quien la cuenta. Y es que su trabajo no se ve, pero se siente.

 

Sobre el autor:

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Ricardo Cardona

Ricardo Cardona es un colaborador especializado en cine. Formado en Cinematografía y Artes Audiovisuales por la TAI, es un profesional en comunicación con experiencia en narrativa audiovisual, guion y dirección de proyectos audiovisuales. Colaborador en medios como 65YMÁS y Lockout Media, aportando contenido cultural y social.

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