La ignorancia pluralista y los mayores
En una sociedad que envejece progresivamente, hablar de los mayores no debería limitarse a cuestiones relacionadas con la salud, las pensiones o la dependencia. También deberíamos preguntarnos qué lugar ocupan las personas mayores en nuestra vida social y cómo influyen nuestros propios prejuicios en la manera en que nos relacionamos con ellas. En este contexto, el concepto de ignorancia pluralista puede ofrecernos una perspectiva especialmente interesante.
La ignorancia pluralista es un fenómeno estudiado por la psicología social que se produce cuando las personas interpretan de manera equivocada lo que piensa o siente la mayoría. Cada individuo puede tener una opinión determinada, pero, al observar el comportamiento de los demás, supone que son ellos quienes piensan de otra manera. Como consecuencia, nadie expresa realmente su opinión y termina manteniéndose una situación que quizá la mayoría no desea.
El concepto fue desarrollado en el ámbito de la psicología social a comienzos del siglo XX y está relacionado especialmente con los trabajos de Floyd H. Allport y Daniel Katz, quienes estudiaron cómo las personas perciben las actitudes y comportamientos de los grupos. Su importancia reside en mostrar que nuestras acciones no dependen únicamente de lo que pensamos, sino también de lo que creemos que piensan los demás.
Este fenómeno puede ayudarnos a comprender determinadas situaciones relacionadas con las personas mayores. En nuestra sociedad existen numerosos estereotipos sobre la vejez. Se suele asociar la edad avanzada con la dependencia, la falta de iniciativa, la dificultad para adaptarse a los cambios tecnológicos o la pérdida de interés por participar activamente en la sociedad. Sin embargo, ¿hasta qué punto estas ideas representan realmente lo que pensamos como sociedad?
Es posible que exista una especie de círculo de percepciones equivocadas. Los jóvenes pueden pensar que las personas mayores prefieren mantenerse al margen de las nuevas tecnologías, de las actividades sociales o de determinados espacios públicos. Al mismo tiempo, una persona mayor puede interpretar que los jóvenes no tienen interés en escucharla o en compartir actividades con ella. Así, ambas partes actúan de acuerdo con una expectativa que puede no corresponderse con la realidad.
Un ejemplo evidente lo encontramos en la tecnología. Cuando una persona mayor tiene dificultades para utilizar un teléfono inteligente, una aplicación o un servicio digital, podemos asumir rápidamente que "no se le da bien la tecnología" o que "no está interesada". Sin embargo, quizá simplemente necesita más tiempo, una explicación adecuada o la oportunidad de aprender sin sentirse juzgada. Si damos por hecho que no quiere aprender, podemos dejar de ofrecerle esa oportunidad. Y si ella percibe que esperamos que no sepa utilizar la tecnología, puede sentir vergüenza de preguntar. El resultado es que una expectativa inicial termina reforzándose a sí misma.
Algo semejante ocurre en el ámbito laboral y social. En ocasiones se considera que una persona mayor debería retirarse de determinadas actividades o dejar paso a las generaciones jóvenes. Aunque es evidente que existen diferencias individuales y que la jubilación puede ser una etapa deseada y positiva, no deberíamos confundir edad con incapacidad. Muchas personas mayores continúan teniendo conocimientos, experiencia, creatividad y voluntad de participar. Sin embargo, pueden dejar de hacerlo si perciben que la sociedad ya no espera nada de ellas.
Aquí aparece una cuestión fundamental: ¿cuánto de lo que creemos sobre los mayores procede de sus propias opiniones y cuánto procede de nuestras suposiciones? La ignorancia pluralista nos recuerda que existe una diferencia importante entre lo que una persona realmente piensa y lo que los demás creen que piensa.
Por este motivo, es necesario cambiar nuestra forma de relacionarnos con las personas mayores. No se trata de presentar a todos los sénior como personas activas, independientes y capaces de hacer cualquier cosa, porque eso también sería caer en una generalización. Se trata, sencillamente, de reconocer su diversidad. Hay personas mayores con grandes dificultades y otras con una enorme autonomía; algunas prefieren una vida tranquila y otras desean seguir aprendiendo, trabajando, viajando o participando en proyectos sociales.
La solución pasa, en primer lugar, por escuchar. En lugar de decidir por los mayores qué quieren, deberíamos preguntarles. En lugar de asumir que no entienden a los jóvenes, deberíamos crear espacios de diálogo entre generaciones. Y en lugar de considerar la edad como una barrera automática, deberíamos valorar las capacidades concretas de cada persona.
El contacto entre generaciones puede ser una herramienta especialmente útil para combatir esta forma de ignorancia pluralista. Cuando jóvenes y mayores comparten experiencias, desaparecen muchas de las ideas preconcebidas que existen entre ambos grupos. Los jóvenes pueden descubrir que sus mayores tienen conocimientos y experiencias que pueden resultar muy valiosos, mientras que estos pueden comprobar que las nuevas generaciones no son necesariamente indiferentes a sus opiniones.
En definitiva, la ignorancia pluralista nos enseña que la realidad social no siempre coincide con la percepción que tenemos de ella. En el caso de los mayores, esto debería llevarnos a cuestionar determinados estereotipos y a preguntarnos si estamos limitando su participación porque realmente no desean participar o porque nosotros suponemos que no quieren hacerlo.
Una sociedad verdaderamente inclusiva no debería valorar a las personas únicamente por su edad. Debería ofrecer a cada individuo la posibilidad de decidir qué papel quiere desempeñar, independientemente de cuántos años tenga. Quizá, si dejamos de suponer lo que los mayores piensan y comenzamos a escucharlos de verdad, descubramos que muchas de las barreras que creemos que existen entre generaciones son, en realidad, barreras creadas por nuestras propias expectativas.
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