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Adelanto del libro 'Las mamás belgas' de Sven Tuytens

65Ymás

Sábado 2 de marzo de 2019

5 minutos

65Ymás anticipa varios fragmentos de esta obra que llegará a las librerías el próximo 5 de marzo

Adelanto del libro 'Las mamás belgas' de Sven Tuytens

65Ymás prepublica para sus lectores cuatro fragmentos de los capítulos 9, 14, 18 y 25 de Las mamás belgas. El primero recupera el testimonio de Jo Bovenkerk, una de las enfermeras, en su primer viaje en tren por España. El capítulo 14 recoge el testimonio de Jenny Schaddelee sobre los espías y el sabotaje. El capítulo 18 muestra el impacto de Vera Luftig en el grupo de enfermeras y en Onteniente. El último, capítulo 25, recuerda en palabras de Marcos Ana, a quien el autor entrevistó, la llegada de los “internacionales” a Madrid.

Capítulo 9. MUJERES SOLDADO

La primera imagen que me surge ahora es la de un paisaje español soleado lleno de amapolas, aunque nuestra atención estaba más pendiente de los viajeros que iban con nosotras. El tren estaba abarrotado, pero nos hicieron sitio. Me refiero a que había hombres y mujeres con cestas de verduras y frutas, además de niños sentados en el suelo pese a que la gente escupía allí sin más.

Aun así, la mayoría de pasajeros eran milicianos. Ninguna de nosotras hablaba una palabra de español, de manera que empezamos a aprender. Nos señalábamos la nariz, las orejas y repetíamos las palabras. Aprendimos a contar. Con nuestros pequeños diccionarios Lilliput intentábamos que nos entendieran y comprender lo que nos decían. Había una brigadista suiza que estaba muy decepcionada por que hubieran retirado de los frentes a las mujeres y a los niños. Al principio de la guerra les habían permitido estar. Había una canción que así lo atestiguaba: «Mujeres al frente, niños al fusil».

Tantos hombres jóvenes alegres y entusiastas, tantos idiomas, saludos, canciones, altavoces en la plaza con los boletines informativos y la incertidumbre ante lo que pudiera ocurrir, el hecho de que viniera gente de todo el mundo a arriesgar su vida para combatir el fascismo... Si de una cosa no dudábamos, era de que ganaríamos esa guerra.

Capítulo 14. ESPÍAS Y SABOTAJE

Algunos iban muy lejos en su afán de apartarlos de la lucha y así fue como al soldado belga Armand Frères le salvaron en el último momento de un terrible método de sabotaje:

En la Cuesta de la Reina, al norte de Aranjuez, me pegaron un balazo en la rodilla y me llevaron al hospital de Tarancón. Antes de que me metieran al quirófano, una enfermera me susurró al oído: «El hombre que va a operarte es un fascista. No debes tener miedo si te dice que hay que amputar la pierna: cuenta con nosotros». Y sin más explicaciones me llevaron dentro. Imagínate cómo me sentía. Y, en efecto, entró un cirujano y, sin mirarme tan siquiera la pierna, dijo: «Prepárale para una amputación». La puerta se abrió, entraron dos agentes y: ¡bang!, ¡abatieron al doctor allí mismo de un tiro! Me explicaron que ese hombre ya había realizado innumerables amputaciones innecesarias a soldados heridos que caían en sus manos. El día anterior se habían percatado, sin lugar a dudas, de sus prácticas delictivas. Tuve suerte, porque si me hubieran herido un día antes, ahora sería un inválido. ––Dadme rápido un trago–– fue todo lo que fui capaz de decir.

La enfermera holandesa Jenny Schaddelee, que al igual que su compatriota Trudel de Vries había dejado «El Belga» para irse a trabajar al pequeño «Hospital Holandés» de Villanueva de la Jara, conoció otra terrible forma de sabotaje:

Acabábamos de llegar a Villanueva de la Jara cuando aprendí que el fascismo degradante no se arredra ante ningún crimen por grande que sea. Repetidas veces nos quedábamos sin alumbrado eléctrico y se estropeaba la conducción de aguas del hospital. ¡Pronto estuvo claro que se trataba de sabotajes deliberados! Pusimos al corriente a las autoridades, lo que llevó a comenzar una concienzuda investigación en la que resultó que el alcalde y el médico del pueblo eran los fascistas que organizaron los sabotajes. Cuando nos enteramos de que el doctor también formaba parte del complot, sentí una sensación de repugnancia. ¿Cómo puede alguien caer tan bajo…?

Capítulo 18. EL CEMENTERIO DE CARTAS

La horrible visión de los muchos soldados muertos y heridos reforzó a Vera en su determinación de continuar con la lucha. El 3 de diciembre de 1937 había visto cómo Cecilio, el hijo pequeño de un campesino español de apenas veintidós años, perdía su lucha contra la muerte. Era oriundo de Alía, cerca de Cáceres, y su muerte debió de afectarla mucho. Días después vertía sus sentimientos en forma de carta, que mandó a Het Vlaamsche Volk, el periódico del Partido Comunista Flamenco, que la publicó el 25 de diciembre de 1937:

Desde que he comprendido lo que significa la lucha de clases, las cuestiones sociales y políticas, soy antifascista. Desde que la guerra azota España […] he aprendido a combatir aún mejor el fascismo. También sé que una bala fascista italiana le arrebató la vida a mi amadísimo esposo. ¡Razón suficiente para odiar el fascismo! Pero hasta esta guardia nocturna no he visto ni sentido cara a cara lo que hacen los fascistas.

Durante mi investigación, salió a relucir de manera inesperada la historia de Vera y el joven soldado. En junio de 2016, Benjamín Bono, un español residente en Flandes, me contó una historia que se le había quedado grabada para siempre en la memoria. Su familia provenía de la comarca de Onteniente y en 1970 fue a visitar a sus padres, que vivían en un pueblo cercano. Un día, mientras paseaban por el centro histórico de Onteniente, mientras su esposa belga y él hablaban, una anciana del lugar, intrigada por la conversación que mantenían ambos en un idioma extraño, se dirigió a ellos, ya que los turistas extranjeros eran y siguen siendo poco corrientes en la ciudad. La mujer les preguntó de dónde venían y, cuando oyó que la pareja venía de Bélgica, les preguntó si los había enviado Vera. Benjamín respondió que él no conocía a ninguna Vera, pero la mujer insistió: «Vera era belga, así que seguro que tenéis que conocerla». Contó cómo aquella enfermera había estado luchando por la vida de su hijo herido, que había muerto en sus brazos. Al regresar a Bélgica, Benjamín comprobó que durante la guerra civil española unas voluntarias belgas estuvieron trabajando en un hospital militar de Onteniente.

Capítulo 25. MADRES EN LA MEMORIA

Marcos Ana recordaba que la entrada de los primeros «internacionales» en Madrid se produjo un gélido 8 de noviembre de 1936. Ese momento fue especialmente emocionante para los madrileños, que ese mes se estaban acostumbrando al bombardeo diario de la artillería y la aviación. El símbolo de la resistencia contra el franquismo quería ver a los brigadistas con sus propios ojos:

Fue un momento fabuloso cuando los brigadistas marcharon por primera vez en dirección a la Ciudad Universitaria de Madrid. Hacía frío. Todo el mundo quería verlos de cerca. En el paseo de Recoletos, estaban durmiendo unos cuantos de la Brigada. Cien o doscientos. Recuerdo que fui a visitarlos y uno me tiró del pantalón así. Y me di cuenta de que era un chico joven, con los ojos azules. Me impresionó mucho y él dijo: «¡Oiga, ¿esta ciudad es bonita?». Y entonces me impresionó mucho más que un chico de 20 años seguramente o 19, o los que tuviera, preguntara si era bonita una ciudad por la que él iba a morir.

 

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Jesús Rodríguez Morales Hace 5 meses
Emocionante!