Aquí conversamos, somos una familia
Artículo de opinión firmado por Josep Moya
Recientemente, visité, junto con mi compañera Marta, el casal de personas mayores de un municipio del Área Metropolitana de Barcelona. En tanto delegados de este municipio en el Consejo Consultivo de las Personas Mayores del Baix Llobregat, Marta y yo estamos diseñando un programa de soporte y acompañamiento a las personas mayores que tienen dificultades de movilidad y, en este contexto, estaba claro que debíamos empezar con un encuentro con las personas que acuden al casal. Ofelia, la coordinadora del grupo, nos presentó y allanó el terreno para iniciar una conversación con ellas, es decir, con las señoras que, de manera periódica, acuden al centro. Cabe añadir que, salvo los días en los que, por televisión, se emiten partidos de fútbol, la gran mayoría de personas que participan en las actividades son mujeres.
De manera espontánea, cada una de ellas nos explicó lo que les aportaba el casal. Transcribo algunas de sus respuestas: “Aquí venimos y hablamos de nuestras cosas”, “cuando nos encontramos hacemos actividades, pero, sobre todo, conversamos”, “yo vivo con mi hijo, pero ¡ya me diréis qué puedo hablar con él! Por eso vengo aquí y hablo con mis compañeras”, “es que nosotras somos una familia”, “si no fuera porque vengo aquí y me encuentro con ellas ya estaría tomando pastillas para la depresión”.
En la conversación surgieron diversos temas, entre los más destacados, los incendios, terrible lacra que sacude nuestro país cada verano y que recientemente ha costado la vida de 13 personas en Almería. Pero, más allá de los temas, lo más destacable de esa reunión fue el clima de solidaridad, de amistad, de complicidad, entre ellas. Esto resultó muy claro cuando Carmen (nombre ficticio) explicó que acude regularmente al casal a pesar de las serias limitaciones de movilidad, y, como respuesta, su compañera Francisca le puso la mano en el hombro y le recordó que ya sabe que puede contar con el grupo siempre que lo recise.
Sí, esas señoras hablan, practican el noble arte de la conversación, del que se ocupa la doctora Sherry Turkle en su libro En defensa de la conversación, publicado en el año 2017. La autora, socióloga, profesora de universidad y psicóloga clínica, escribe que nos aburrimos a menudo porque nos hemos acostumbrado a un flujo constante de conexión, información y entretenimiento y ello nos hace estar permanentemente en otra parte. La mera presencia de un teléfono a la vista nos hace sentir menos conectados con los demás, menos implicados en las vidas de los otros.
Pero, hay un párrafo que resulta especialmente inquietante: cuando Turkle explica el experimento en el que se pidió a los participantes que permanecieran sentados, sin teléfono ni libro, durante quince minutos. Al principio del experimento, se les preguntó si estarían dispuestos a administrarse descargas eléctricas a sí mismos en caso de aburrirse. Dijeron que por supuesto que no, que por mucho que se aburrieran no iban a someterse a descargas eléctricas. Sin embargo, transcurridos solo seis minutos, un buen número de ellos hizo exactamente eso.
Sí, las consultas de salud mental permiten observar que muchas personas se sienten incómodas si se las deja a solas con sus pensamientos, aunque sea solo durante unos minutos. “Recéteme un antidepresivo, pero no me haga pensar”. Esta es la cuestión: no pensar, no conversar. Si pensamos cuando estamos solos nos acometen recuerdos o reflexiones que nos pueden resultar dolorosos, pero si conversamos con otros corremos el riesgo de que surjan incomodidades y malentendidos entre nosotros.
Al parecer, conversar cara a cara requiere un cierto nivel de valor y es ahí donde muchos abdican. En la actualidad, algunas rupturas amorosas se llevan a cabo por WhatsApp, y la conversación on line queda reducida a frases cortas a las que se añaden algunos emoticones. El resultado es que uno o ambos ex-amantes no acaban de entender el motivo de la ruptura.
Pero, ¿cómo nos situamos los mayores, los que no crecimos ni nos educamos en la era digital? Turkle nos hace una propuesta. Nos dice que nosotros, los mayores, somos los responsables de legarles –a los jóvenes– lo más preciado que sabemos: debemos hablar con la próxima generación de nuestras experiencias, de nuestra historia; ompartir con ellos lo que creemos que hemos hecho bien y también lo que creemos que hemos hecho mal.
Las señoras del casal no evitan la conversación, sino que la buscan, la aman, la desean. Ellas son muy conscientes del valor que tienen sus encuentros centrados en la palabra, en la escucha. Ellas comparten experiencias, historias, aprendizajes, pero no solo eso, también se miran a los ojos, se tocan, se ayudan, se animan unas a otras. Sí, son una familia, y de ellas hemos de aprender.
