Cartas al director

La jubilación anticipada, un lujo que al parecer no nos hemos ganado

Juan Vera Gil

Martes 2 de febrero de 2021

7 minutos

¿Cómo serán las pensiones del futuro? Prestaciones recortadas, ahorro individual y jubilación tardía
Juan Vera Gil

Martes 2 de febrero de 2021

7 minutos

Cartas al director (cintillo)

 

El pasado año, tras cumplir 63 años, opté por acogerme a mi derecho a la jubilación anticipada tras comprobar que contaba con una larga carrera profesional, que se traduce en 45 años y cuatro meses de cotizaciones a la Seguridad Social y algunos que otros extras que no se contabilizan en cuanto a periodos temporales.

Pertenezco a ese grupo, que en breve estaremos de moda, al que se nos denomina Baby Boom, y que en su momento vino a ser la salvación demográfica de este país. Nací en el año 1957, en una pequeña ciudad de provincias que tras décadas de duro trabajo construyó una potente industria manufacturera de gran peso económico en el producto bruto de la economía nacional: la industria del calzado. Esto no se consiguió sin grandes esfuerzos y sacrificios. Los hombres trabajaban jornadas imposibles en las fábricas. Las mujeres trabajaban en el hogar y a su vez sumaban la responsabilidad de los hijos y los mayores. Y los niños, en su mayoría, no tuvimos infancia.

Aprendíamos un oficio conforme crecíamos y muy jóvenes contribuimos a la economía familiar con jornadas similares a las de los mayores. En mi caso, a los 11 años ganaba un sueldo semanal a destajo como cortador de pieles, uno de los oficios tradicionales de la cadena zapatera, obviamente sujeto, como la mayoría, a la economía sumergida. No fue hasta el día siguiente a cumplir 14 años cuando me dieron de alta en una fábrica y así continué mi trayectoria laboral con más bajos que altos, pero siempre cotizando a la Seguridad Social.

Con el paso del tiempo formé mi propia familia. La industria zapatera, en la que trabajaba el 90% de la población de mi ciudad gracias al fenómeno de la deslocalización, fue desmantelada por un gobierno que tuvo la brillante idea de subvencionar aquellas empresas que cerrasen sus factorías en España y las llevasen a terceros países. Aunque parezca increíble, una provincia rica productivamente hablando como es la de Alicante, donde vivo, vio como el tejido de monocultivos industriales que había creado pueblo por pueblo iba desapareciendo.

Sin ayudas públicas, tanto mi mujer como yo nos reinventamos en el mercado de trabajo. Invertimos nuestro escaso caudal económico en un negocio y seguimos contribuyendo ambos como autónomos mes tras mes a la Seguridad Social, convencidos de estar en un sistema de distribución de riqueza solidario. Criamos a nuestros dos hijos y los dos estudiamos unas oposiciones. En mi caso, para una plaza municipal de bibliotecario que conseguí. Estudié también una carrera universitaria. Mi mujer también lo hizo y estudio una Diplomatura y después un grado universitario. Nuestros hijos crecieron y con gran sacrificio estudiaron una carrera universitaria y los correspondientes máster. Nosotros continuamos formándonos y trabajando y cerramos el negocio, pero seguimos contribuyendo a la Seguridad Social. El sistema se nos anunciaba solidario.

En mi caso, las relaciones en el trabajo se vieron enturbiadas por la llegada de un equipo de gobierno que primó los intereses partidistas a la efectividad en el trabajo. Comenzó una época de hostigamiento, acoso y vejaciones que me llevaron a sufrir una depresión y dos años de tratamiento psicológico. Conseguí salir del pozo colaborando en medios de comunicación, escribiendo, estudiando un máster de posgrado, enfrentándome a la situación y sin conseguir que nadie –ni sindicatos ni políticos– solucionasen el problema, que no solo me afectaba a mí, sino a otros funcionarios. Aquella corporación se marchó del gobierno local y la sustituyó otra de corte ideológico totalmente contrario. Todo siguió igual. A mí se me confió la dirección del teatro municipal y la gestión cultural de la ciudad junto a la concejala delegada de Cultura, pero seguía teniendo como jefa administrativa a la persona con la que llevaba años enfrentado.

Aquel estrés me llevó a enfermar. Sufrí tres trombosis venosas profundas. Durante la primera estuve desahuciado en el hospital durante tres meses. Más tarde pasé por varias operaciones de hernias de las que sigue adoleciendo. También padezco hipertensión crónica. Seguí cotizando a la Seguridad Social, confiando en el sistema equitativo. 

Con la llegada de la pandemia, al cumplir 63 años, ante una agravamiento de mi salud y tras 25 años de enfrentamiento diario con aquel acoso, opte por jubilarme anticipadamente para solucionar un problema que me estaba matando, pero que nadie tuvo ni tiene los arrestos para ponerle freno. Todos en el Ayuntamiento miran para otra parte. Era irme o denunciar y acabar mi vida laboral en los tribunales.

Me he jubilado y, ahora, cuando han pasado casi 46 años de contribución rigurosa al Estado, me encuentro con que se me penaliza con un coeficiente reductor en mi pensión porque al parecer he querido acceder a un lujo que no me he ganado, según se deduce de las frecuentes declaraciones de ministros e interesados.

Mi historia es una más, no tiene nada de excepcional. Me he jubilado, no me he retirado. Sigo estando muy activo. De forma altruista y desinteresada, como siempre he hecho, colaboro con distintos colectivos y asociaciones, con medios de comunicación, creando programas culturales para poder aplicarlos en mi ciudad y estoy a disposición de quien lo necesite. Sin embargo, mi confianza en el sistema ha desaparecido. No me sirve la promesa de incrementar mi pensión si alargo unos años mi vida laboral porque, mientras tanto, miles de jóvenes están sin trabajo o migran para poder sobrevivir. Este es el espejismo que siempre nos vendieron: la solidaridad para hacer crecer el país.

Hace años leí una novela de un gran escritor y pensador, José Saramago. La novela en cuestión se titula Ensayo sobre la lucidez y da muchas pistas a seguir. Señor ministro competente en la materia, nunca va a leer usted estas líneas y posiblemente pocos lo hagan, pero escritas están, por si a alguien les pueden servir. A la vista de lo expuesto y de lo que a diario viene usted declarando, me hago una pregunta: ¿sería conveniente ejercer mi derecho a la abstención por objeción en las próximas elecciones?, ¿o también me vendrán diciendo que hay que contribuir a la solidaridad intergeneracional?


Juan Vera Gil

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