Crónica de una guerra, lamento de una pérdida
José Ramón CalvoViernes 6 de marzo de 2026
8 minutos
Viernes 6 de marzo de 2026
8 minutos
Esta crónica debería haber comenzado explicando el porqué del titular, ya que me encuentro residiendo en Emiratos Árabes Unidos. Pero cuando estaba escribiendo, a petición de mis queridos amigos de 65YMÁS, sobre mis experiencias de primera mano de lo que aquí se está viviendo, me llega la trágica noticia del fallecimiento de mi amigo Fernando Onega.
Y obviamente, la guerra tendrá que esperar porque hoy lo que me pide el cuerpo es rendir homenaje a un maestro de la palabra, a un hombre ecuánime y equilibrado, a un hombre querido y admirado por sus colegas, lo cual ya es raro en esta tierra nuestra, pero sobre todo a un hombre bueno, a alguien que transmitía paz, sosiego y ecuanimidad en cada palabra, en cada gesto. Y creo que no tengo mejor manera de hacerlo que recordar algunas de las cosas que dije en la respuesta a su entrada como académico de honor de la Real Academia Europea de Doctores y hacerlo de una forma que a él le era tan querida: una carta.
Querido Fernando:
Te escribo cuando ya sé que, en contra de tu costumbre, no podrás devolverme la llamada, ni contestar a mis mensajes, cuando la línea que tantas veces te unió a millones de oyentes y lectores ha quedado en silencio y, sin embargo, tu voz sigue sonando con ese inconfundible acento tuyo que nunca perdiste. No sé si esta carta llegará a donde estés, pero sí sé que, gracias a tu querido diario 65YMÁS, llegará a quienes te quisieron, te escucharon, te leyeron y te admiraron.
Si la memoria no me falla, nuestra última ocasión de estar juntos de manera personal e íntima fue hace casi un año, en uno de los más señeros salones de ciencia de este país, el Paraninfo de la Universidad Complutense de Madrid, allí donde han pasado algunas de las más egregias personalidades del conocimiento universal. Aquella mañana, la “liturgia” académica nos marcaba el papel de cada uno: tú, maestro de la palabra, venías a hablarnos de la agonía del Estado; yo, médico y académico, debía responderte en nombre de una Real Corporación que se honraba al recibirte. Hoy la escena es otra, menos solemne, más íntima y, desde luego para este escribano, más dolorosa: ya no contesto tu discurso, lloro tu ausencia.
Entonces glosé tu biografía ante el auditorio; hoy la repaso en voz baja, como quien pasa lentamente las páginas de un álbum. Aquel muchacho de Mosteiro que publicó su primer texto a los 13 años, el joven que llegó a Santiago y a Lugo con hambre de noticias, el periodista que terminó siendo el cronista excepcional de la Transición y uno de los grandes arquitectos de la narrativa democrática española. El hombre que escribió “puedo prometer y prometo” y supo que, detrás de aquella anáfora, un país, tu país, buscaba encontrar su futuro.
En la radio, en la prensa y en la televisión fuiste muchas cosas, pero sobre todo fuiste un maestro de periodistas y un custodio de la memoria colectiva. Inventaste una forma de hablarle a España a través de cartas, idea que según contaste un día te sugirió Luis del Olmo: primero en aquellos minutos de Protagonistas, después en tus Cartas a España, siempre con la misma mezcla de ternura, ironía, precisión y cierta retranca propia del gallego que nunca dejaste de ser. Conseguías que cada oyente sintiera que le hablabas al oído, aunque te escuchara en la soledad de la madrugada o en las noticias de la televisión.
En nuestra Academia te celebramos como Académico de Honor, porque no cabe duda que el honor nos lo hacías a nosotros, pero en realidad llegabas con muchos títulos previos que no figuran en los diplomas: pionero de los espacios de opinión en la radio, pedagogo de la democracia en la televisión, gestor de empresas de comunicación, artesano de columnas que eran auténticos manuales de civismo en medios de comunicación escrita y presidente y alma mater de este diario, nuestro diario, donde ahora escribo, que da voz al mundo sénior.
Tu discurso de ingreso en nuestra corporación, 'La agonía del Estado: crisis y reinvención en el siglo XXI', fue una lección de lucidez serena. Sé lo que te costó escribirlo, las vueltas que le diste, desde el primer borrador que me enviaste, en el verano del 24, hasta la última versión en la que trabajaste hasta la noche anterior a la ceremonia. Tomaste prestada la palabra 'agonía' de Unamuno para recordarnos que agonizar no es morir, sino luchar: luchar contra la vida misma y contra la muerte. Describiste un Estado desbordado por crisis territoriales, por la captura partidista de las instituciones, por las revoluciones tecnológicas y demográficas, por un nuevo colonialismo económico que debilita soberanías. Pero, fiel a tu estilo, no te quedaste en el diagnóstico sombrío: hablaste de reinvención, de nuevo contrato social, de servicios que funcionan, de una sociedad civil que, en cada DANA, vuelve a demostrar que el Estado también son los voluntarios, los sanitarios, la UME, los cuerpos de seguridad y esa Corona que, en su papel constitucional, representa la dignidad de todos.
Aquella mañana en el Paraninfo intenté hacer algo que hoy sé que era imposible: resumir tu vida y tu pensamiento en unos minutos reglados por el protocolo. Hoy, liberado de ese reloj académico, puedo añadir lo que entonces sólo se intuía entre líneas: que más allá del periodista influyente, del redactor de discursos históricos o del presidente de 65YMÁS, lo que nos deslumbraba era tu integridad en tiempos de polarización, tu capacidad de escuchar antes de juzgar, tu obstinación en mantener la cortesía incluso ante el adversario y, sobre todo, en lo que a mi respecta, la suerte que he tenido de disfrutarte como amigo al que ya echo de menos.
También ese día te admirábamos como padre y como esposo. Sabíamos del orgullo con que hablabas de Cristina, Sonsoles o Fernando, el único que te hizo caso y no se dedicó al periodismo, de cómo te emocionabas al recordar aquel riñón que Ángela te regaló cuando la salud empezó a pasar factura, de la felicidad que te daban tus nietos y ese círculo de amigos que supiste mantener más allá de las trincheras ideológicas y que muchos de ellos estuvieron allí acompañandote en ese día tan especial. En un mundo que confunde éxito con ruido, tu biografía enseñaba, como dijiste tantas veces, que el verdadero prestigio se escribe en voz baja y se confirma en los afectos.
Quizá tu mayor legado sea haber demostrado que el periodismo puede ser el mejor antídoto contra la desmemoria y la mentira, siempre que se ejerza con valentía, con ironía fina y con la obstinación de dar voz a los que no la tienen. Como escribiste en tantas oportunidades, la información sin civismo sólo alimenta el ruido; por eso tus crónicas, tus libros y tus cartas no fueron meros ejercicios de memoria o de exhibición de tu dominio del lenguaje sino auténticos manuales de responsabilidad cívica para las generaciones que vienen.
Hoy leo, desde este apartado rincón del mundo convulso por una guerra tan absurda como todas, los periódicos y las emisoras españolas que te llaman “referente”, “maestro”, “cronista de la Transición”. Tus colegas recuerdan la huella que dejaste en las redacciones y en las ondas; y la Real Academia Europea de Doctores, tu casa, se siente huérfana pero también orgullosa de haberte contado entre los suyos. En mi recuerdo Fernando estará aquel momento de un hombre modesto y que nunca perdió el sentido del humor, que, en uno de los días más importantes de su vida académica, al acabar el acto me dio un abrazo y me dijo, con humildad gallega: “José Ramón, has exagerando y mucho, pero no sabes lo que te lo agradezco”. Y yo pensé, como hoy, que lo único que no era posible exagerar era tu bonhomía y la realidad de lo que habías hecho y sembrado a lo largo de tu vida.
No sé si los Estados agonizan, como te preguntabas, pero sí sé que hay voces que no mueren. La tuya seguirá viva en las hemerotecas, en los archivos sonoros, en las aulas donde se estudien tus textos y, sobre todo, en la memoria de quienes encontraron en tus palabras una luz en tiempos oscuros. Como he oído hoy decir a alguien, cada vez que un joven periodista intente escribir una carta a España, buscando ese equilibrio entre la crítica y el respeto, entre la ironía y la ternura, estarás de algún modo dictándole al oído lo que debe decir para continuar tu estela.
Déjame terminar como entonces hice, pero con un matiz que sólo permite la tristeza de la pérdida. Aquella mañana del 13 de marzo de 2025 te daba la bienvenida a la Real Academia Europea de Doctores, en nombre de tus padrinos y de todos tus colegas. Hoy, en nombre de esa misma corporación y de tantos españoles que te sintieron de casa, solo puedo decirte gracias: por haber hecho de la palabra un ejercicio de honestidad, por enseñarnos que “poder prometer y poder cumplir” no son verbos opuestos, por recordarnos que este país, al que tanto quisiste, merece seguir luchando para que simplemente funcione y para que nunca olvide que una vez, un maestro de maestros, un grande entre los grandes, fue capaz de describirlo, de narrarlo y de contarlo con mesura y ecuanimidad. Eso que hoy parece imposible de conseguir tú lo hiciste.
Gracias, querido y admirado Maestro, hasta siempre en mi recuerdo.



