Última hora

Cuando dudar se vuelve costumbre

2 min
Cuando dudar se vuelve costumbre

Hoy parece casi inevitable dudar. No tanto como ejercicio intelectual, sino como reacción espontánea. Escuchamos una noticia, una afirmación o una promesa, y algo en nosotros se activa: una distancia, una reserva, una sospecha.

La Real Academia Española define el escepticismo como desconfianza o duda de la verdad. Pero, en la práctica cotidiana, esa duda va más allá de una definición. Se ha convertido en una actitud extendida, casi en una forma de protección.

No es difícil entender porqué. Sabemos que la información puede ser incompleta, interesada o incluso engañosa. Percibimos incoherencias, intuimos segundas intenciones, y eso nos lleva a no aceptar nada sin cierto filtro previo. En ese sentido, el escepticismo puede verse como una razonable prudencia: una manera de no entregarse sin más a lo que se nos presenta.

Sin embargo, esa misma prudencia plantea preguntas que no siempre son fáciles de responder. ¿Dónde termina el cuidado y empieza la desconfianza? ¿En qué momento la duda deja de ayudarnos a comprender y comienza a alejarnos de lo que ocurre?

La Filosofía ha valorado históricamente el escepticismo como un punto de partida fértil. Dudar no era negar, sino abrir espacio para entender mejor. Incluso en el ámbito religioso aparece esta idea. En el Evangelio de San Juan, Santo Tomás necesita comprobar para creer. Su gesto no se presenta como un defecto, sino como un tránsito hacia una convicción más consciente.

Algo similar ha ocurrido en la ciencia y en el pensamiento a lo largo del tiempo: cuestionar lo establecido ha permitido avanzar. La duda, bien orientada, no debilita el conocimiento, lo afina.

Quizás el matiz esté ahí. No toda duda cumple la misma función. Hay una duda que investiga y otra que simplemente se instala. Una que busca comprender y otra que, sin proponérselo, termina cerrando posibilidades.

Cuando el escepticismo se convierte en hábito permanente, corre el riesgo de transformarse en una especia de distancia continua frente a todo. Ya no se trata de examinar, sino de no conceder. Y en ese desplazamiento, algo se pierde: la capacidad de confiar, de vincularse, de conceder valor a lo que todavía no ha sido completamente verificado.

Esto no significa renunciar al criterio ni a la cautela. Más bien invita a observar como usamos esa duda. Si la empleamos para profundizar o para mantenernos al margen. Si nos acerca a una comprensión más rica o si, poco a poco, nos conduce a una indiferencia sofisticada.

En un entorno saturado de información, el verdadero desafío no es creerlo todo, pero tampoco negarlo todo. Es aprender a discriminar, a evaluar, a sostener la duda el tiempo suficiente sin que se convierta en un refugio automático.

Tal vez el escepticismo no esté definiendo una nueva condición humana, sino intensificando una disposición que siempre ha estado ahí. La de cuestionar. La diferencia es que hoy esa disposición puede orientarse tanto al conocimiento como al distanciamiento.

Y ahí más que en la duda misma es dónde conviene detenerse. Porque no toda desconfianza nos protege, ni toda duda nos hace comprender mejor. Y quizá entender esa diferencia sea, hoy, una forma de lucidez.