Viernes 20 de febrero de 2026
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Sí, así lo estimo. La falsedad ha llegado a convertirse en un referente expansivo de la falacia y, por extensión, a la palabrería inclusiva de última generación del consumismo y posicionamiento discutibles de la vida social y política de esta hora.
Llevamos ya unos cuantos, muchos años, que se suceden raros, donde los epítetos bulo y fango, han supuesto terminología al abasto de todo tipo de discusión donde la razón se orilla para contraponer lo obvio o, cuando menos, cuestionable.
Qué bien está que lo discutido pueda conocerse y contar con un criterio admisible, aunque no se aprecie lo mismo por la otra parte. Lo que sería impropio es usar el insulto o la negación por defecto, para justificarse.
El engaño en lo que se explica y se mantiene como cierto y seguro sin probarlo, y el vicio oculto; la excusa imposible por su incoherencia, y cualquier manifestación carente de lógica, de sentido común racional y presumiblemente deshonesta por actos conocidos, resulta repudiable.
No cabe otra cosa que, siendo obscuro de lo que se trate, pero no suponga contradicción para el honor o el daño, no pase a mayores consecuencias. Lo natural será deshacerse de esa discusión personal o causal negativa, enseguida.
Otro asunto es si la consecuencia de ese engaño, fraude comercial, negligencia apostada, compromiso o deber incumplido, genera un daño superior, en las cosas, en lo económico, en la confianza profesional aseverada y cualesquiera actuación consentida entre partes. Eso tendrá que recomponerse acudiendo a las medidas previstas para restaurar la obligada responsabilidad.
Sin embargo, me pregunto si podemos aceptar como normal que lo falso, claramente per se, o sencillamente cuestionable y luego así demostrado o venido a sinrazón legítima, sea visto como algo poco relevante, propio de una flacidez moral acomplejada, mal menor no vulnerable o picardía de espabilados.
Que la falsedad, años ha tan denostada por la sociedad en su conjunto; el compromiso de la palabra dada, el rigor de lo bien fabricado, el respeto por esa prestigiosa marca y la vergüenza de caer en falso, eran inexpugnables, se esté convirtiendo hoy en una vulgar alocución.
Porque en estos días de mayor saber y mejor poder hacer, gracias a tanta posibilidad de conocer, somos conscientes que muchas cosas que nos rodean, son ciertamente falsas. Muchas personas que nos influyen o desmerecen, nos engañan. Bastantes conductas que nos imponen, son ilícitas.
Ese bolso tan guay, brillante y sellado con el icono dorado de esa marca prohibitiva, sabemos que es falso y parece que no nos importa presumir con él. Que esas zapatillas, también conocidas como bambas, que lucen su blanquísimo color e incluyen su campeonísimo icono de marca mundial, son falsas, pero molan mucho.
Pero no son los mismos que se venden en la Gran Vía madrileña o por el Paseo de Gracia barcelonés, en magníficos locales; no importa nada que sus vendedores sorteen la legalidad de su comercio, ni a nuestras autoridades les suponga impudor consentirlo en perjuicio del tendero legítimo.
Y citemos a las redes sociales que difunden videos de parlamentos y fotografías con imágenes manipuladas con descaro, de personajes públicos; creaciones audiovisuales falseadas mediante IA de simpáticos bebés parlanchines, gatitos tramposos y cuerpos juveniles estupendos. Sabemos con seguridad que trasgreden todas la verdad oculta de su existencia real.
Así mismo la intimidación comercial, aliada del anonimato que facilita el teléfono, que nos incordia con llamadas coercitivas para inquietarnos el sosiego con ofertas chapuceras tendentes a la estafa o, por lo poco, al timo doméstico que, más allá del bien de la competencia, se arrastra por el barro de lo desleal.
Desconfiemos también, de esos políticos ejercientes y sus compinches fraudulentos del apropio de cargos y sueldos, dando excusas embusteras en vez de aceptar su negativa competencia, urdiendo patrañas probadas, dando información sesgada y falaz, que hasta adulteran sus declaraciones mintiendo en las comisiones de investigación y en sus propuestas incumplidas frente a las desgracias naturales.
Y lo sabemos y callamos. Pues nada, querido lector, malavenida sea la desconfianza. Cuídese y haga uso de su duda razonable ante la mínima sospecha de falsedad.


