Viernes 16 de enero de 2026
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Referirme a vocabulario y pretender argumentar qué quiero decir sobre alguna de sus múltiples locuciones, es enredarme en un propósito coloquial nada académico y de mucho pelar, lo sé, pero me animan las modernidades de uso del idioma en cuanto a la semántica y el léxico actuales.
Hablando en español y raramente (mejor) escribiéndolo, nuestro bello idioma viene recibiendo desde unos pocos años a estos días, alguna ondulada convulsión social, pacífica pero arrogante, por la aparición e intencionado progreso del lenguaje llamado inclusivo.
Se están dando algunas ocasiones de trifulca, menor acaso pero sí airada, sobre la necesidad y su conveniencia de “modernizar” expresiones que aclaren actitudes de manifestación propia sobre inclusión entre iguales.
O sea, un lenguaje que deje claro qué es y qué significa socialmente el género. Algunos, alegando a los Derechos Humanos y a la OMS. sostienen tenerlo muy claro. Otros, académicos, sesudos conocedores de nuestra Gramática, tertulianos pontífices y comunicadores famosos, cuestionan otra cosa.
Resulta cuando menos sospechoso que el impulso de pormenorizar el género, más allá de poner en valor la igualdad de mérito y disposición entre géneros, cualidad indiscutible en esta era y, por más concreción, incontestable razón natural que define las peculiaridad de cada persona per se, signifique más bien ser propagandista.
Sí, porque nadie de base educacional racionalmente coherente, para entenderse y hacerse entender, necesita delimitar lo obviado por el conocimiento natural y arropado por las reglas gramaticales.
Y nadie respetuoso con la lengua y sabedor de los valores heredados de nuestra cultura occidental moderna podrá dudar que la comprensión de vocablos, generalmente sustantivos llamados comunes, utilizan los mismos nombres para el masculino y el femenino, diferenciando el nombre con el artículo determinado o indeterminado delante (el-un estudiante/la-una estudiante).
Así mismo, tenemos nombres con un único género gramatical (masculino o femenino) bastando anteponerle el artículo correspondiente, que se denominan epicenos, como “el personaje” (siempre masculino) “la víctima” (siempre femenino) y los llamados ambiguos, como “mar” (indistintamente con el o la).
La RAE sale al paso de la división colectiva de opinión a lo aquí referido y se ocupa de suavizar tanto la disfunción, o no, de la división en el uso del género, como la adopción, o no, de los plurales de duplicación (todos y todas) para incluir explícitamente a mujeres, hombres y personas no binarias, cuando lo gramaticalmente instituido es usar el masculino genérico, para grupos mixtos; desdoblándolo, eso sí, para contextos donde la distinción de sexo se impone.
Y tampoco está conforme en utilizar un símbolo electrónico (@) incardinándolo en la escritura del lenguaje, o los signos todes, todxs, en referencia a los indiferentes de los géneros convencionales que optan por estas alternativas.
Por el tiempo que va transcurriendo en el uso de este tipo de recursos que pretenden corregir con manifestaciones lingüísticas integradoras, al tiempo que dividen colectivos hablantes, con una vanidad pretenciosa de modismo, para demostrar un posicionamiento progresista y reformador, más bien parece haberse llegado a una cota inferior de un conjunto ordenado superior de la mayoría de hablantes.
Y refiriéndome a ponderación en el uso del idioma regulado, aprovecho para hacer una reflexión vinculada al contexto y opinar sobre la palabrería obscena.
Por eso, añado otra novedad en el hablar de esta hora, mal llegada por no aportar nada al deseable lenguaje en bien de la cultura de siempre y más, como así considero el uso desmesurado de palabras malsonantes, expresiones chuscas y tipo grosero u ordinario que, vulgarmente se conocen como “tacos”.
Esa forma de significar una opinión, respuesta o manifestación coloquial y habitual o extemporánea, en busca de un apoyo causal y el refuerzo de un querer o sentir sobre algo o alguien, que busca con pretendida jocosidad el aplauso del oyente, rayando lo ético, estético o fuera de lugar.
Me preocupa no entender, por demás, la necesidad de esos latiguillos nada ocurrentes de verdad, objeto de venta propia, bajos de calidad expresiva, reiterados habitualmente y devastadores del habla humana en cuanto la vía de entendimiento y desarrollo cultural. Y que puedan gustar a unos y fardar lastimosamente a los otros.


