La dignidad de las personas mayores en situación de dependencia

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El maltrato a las personas mayores y el edadismo: "Un problema social invisible" Miia

La dignidad humana es uno de los valores fundamentales sobre los que se construyen nuestras sociedades democráticas. Como valor moral, nos recuerda que toda persona posee un valor inherente que no depende de su edad, de su estado de salud ni de su grado de autonomía. Como valor democrático, constituye la base de los derechos humanos, de la igualdad y de la protección que toda sociedad debe garantizar a sus ciudadanos. Sin embargo, es precisamente cuando una persona mayor pierde autonomía y entra en situación de dependencia cuando la defensa de su dignidad se pone verdaderamente a prueba.

Durante años se han impulsado políticas orientadas al envejecimiento activo, la participación social y la autonomía personal. Se trata de avances importantes y necesarios. Pero la verdadera medida de una sociedad no se encuentra únicamente en cómo acompaña a las personas mayores mientras conservan su independencia, sino en cómo las protege cuando necesitan ayuda para vivir, cuando dependen de los cuidados de otros y cuando su vulnerabilidad aumenta.

Es en esta etapa cuando muchas personas mayores corren el riesgo de volverse invisibles. La dependencia puede conllevar aislamiento, pérdida de capacidad de decisión, soledad, falta de comprensión y, en los casos más graves, situaciones de negligencia, abandono o maltrato. Realidades que, con demasiada frecuencia, permanecen ocultas tras las puertas de un hogar o de una institución.

La dignidad de una persona no disminuye cuando aumenta su dependencia. Al contrario, cuanto mayor es su vulnerabilidad, mayor debe ser el compromiso de la sociedad con su protección. Una persona que necesita ayuda para vestirse, alimentarse, desplazarse o comunicarse sigue teniendo los mismos derechos, el mismo valor y la misma dignidad que ha tenido a lo largo de toda su vida.

Resulta especialmente preocupante que el edadismo siga presente en numerosos ámbitos de nuestra sociedad. Con frecuencia se manifiesta de forma silenciosa: cuando no se escucha a la persona mayor, cuando se decide por ella sin contar con su opinión, cuando se minimizan sus necesidades o cuando se considera que determinadas carencias son una consecuencia inevitable de la edad.

Estas actitudes, aunque puedan parecer pequeñas, constituyen formas de vulneración de la dignidad que deben ser reconocidas y combatidas. La pandemia de COVID-19 también nos obligó a reflexionar sobre el valor que otorgamos a la vida de las personas mayores más vulnerables. Muchas familias vivieron con angustia situaciones que pusieron de manifiesto la necesidad de reforzar los mecanismos de protección y de garantizar que la edad o la dependencia nunca puedan traducirse en una menor consideración de los derechos fundamentales.

Después de más de siete años de trabajo cercano con personas mayores dependientes y sus familias, he aprendido que detrás de cada situación existe una historia de vida marcada por el esfuerzo, el trabajo, los sacrificios y las contribuciones realizadas a la sociedad. Personas que cuidaron de otros cuando lo necesitaron y que hoy merecen recibir el mismo respeto, la misma consideración y la misma protección.

Por ello, es necesario abrir una reflexión colectiva sobre cómo estamos respondiendo a las necesidades de quienes atraviesan esta etapa de la vida. No se trata únicamente de recursos asistenciales o de atención sanitaria; se trata de derechos, de dignidad y de justicia social.

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Mientras las personas mayores en situación de dependencia continúen enfrentándose a situaciones de maltrato, abandono, discriminación o insuficiente protección, será difícil afirmar que hemos alcanzado plenamente el ideal de una sociedad inclusiva y comprometida con el bienestar de todos sus ciudadanos.

La protección integral, también desde una perspectiva jurídica, de las personas mayores más vulnerables debe constituir una prioridad social, política e institucional. La dignidad no desaparece con la edad ni con la dependencia. Nos acompaña desde el nacimiento hasta el final de la vida y exige que ninguna persona sea considerada menos valiosa por necesitar ayuda de los demás. Porque una sociedad verdaderamente justa no se define por cómo trata a quienes son fuertes o independientes, sino por cómo cuida, protege y respeta a quienes más la necesitan. Hoy son ellos. Mañana podemos ser cualquiera de nosotros.

Quisiera finalizar esta reflexión expresando mi más sincero agradecimiento a todas las personas e instituciones, públicas y privadas, que han mostrado su compromiso con esta causa y que, a través de declaraciones institucionales, iniciativas y acciones de apoyo, han contribuido a visibilizar la necesidad de una Ley Integral contra el Maltrato a las Personas Mayores.

Gracias a vuestra  implicación, una realidad que durante demasiado tiempo permaneció silenciada ha comenzado a ocupar el espacio que merece en el debate social e institucional. Cada apoyo recibido representa un paso más hacia una sociedad que reconoce la dignidad de las personas mayores, especialmente cuando se encuentran en situación de dependencia y mayor vulnerabilidad.

A todos ustedes, mi reconocimiento, mi respeto y mi gratitud. Porque defender los derechos de las personas mayores no es solo una cuestión de justicia hacia quienes nos precedieron; es también un compromiso con la sociedad que queremos construir para las generaciones presentes y futuras. 

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