La edad del empleado como factor clave
Magalí Riera RocaJueves 5 de marzo de 2026
4 minutos
Jueves 5 de marzo de 2026
4 minutos
Resulta sorprendente que, en plena era de la transformación digital y la apología de la diversidad, la edad se mantenga como un filtro determinante —y profundamente injusto— en la gestión de personas. Vivimos una realidad tan ineficiente como contradictoria, el mercado laboral castiga la juventud de los candidatos mientras que, de forma paralela, expulsa de las organizaciones a los mayores de 55 años. Las empresas pierden por ambos flancos. Se subestima el potencial disruptivo de quienes empiezan y se desperdicia la madurez estratégica de los perfiles senior, creando un vacío de talento que ninguna tecnología puede llenar por sí sola.
Los datos no mienten, no estamos ante una mera percepción subjetiva, casi la mitad de nuestra población activa se encuentra ya en esta encrucijada vital y profesional. El edadismo en la contratación y en los planes de promoción interna no debe entenderse solo como un dilema moral o una cuestión de justicia social; es, ante todo, un error de visión estratégica que erosiona la competitividad de las compañías.
Mientras el talento senior es etiquetado injustamente como poco adaptable o tecnológicamente analfabeto —ignorando su capital en resiliencia, templanza y visión crítica—, el talento joven queda atrapado en un círculo vicioso, se les exige una preparación académica de excelencia, pero se les cierra la puerta ante la primera oportunidad real alegando una inexperiencia que nadie parece dispuesto a facilitar. Es la paradoja del pez que se muerde la cola, queremos expertos, pero no queremos formar; queremos sabiduría, pero no queremos veteranos.
Para revertir esta situación, es urgente transitar hacia una verdadera cultura de colaboración intergeneracional que entienda la experiencia como lo que realmente es, un capital acumulado de conocimiento y capacidad de resolución. Esta competencia no se descarga en una actualización de software; se adquiere tras mucho tiempo “al pie del cañón”, gestionando crisis, mediando en conflictos y entendiendo los ciclos del mercado.
Negar la capacidad de transformación de una persona simplemente por su edad es un sesgo que el tejido empresarial actual no puede permitirse. La agilidad de las nuevas herramientas digitales es un motor potente, pero si no se apoya en el criterio que aporta el talento senior corre el riesgo de acelerar en la dirección equivocada. La innovación real nace precisamente ahí.
En el extremo opuesto, la discriminación por juventud nos presenta un panorama complejo. Encontramos a profesionales técnicamente muy preparados, nativos digitales con una capacidad de aprendizaje asombrosa, a los que el mercado aporta una inestabilidad laboral que está deviniendo crónica. Esta barrera de entrada no solo afecta a la economía personal de los jóvenes, sino que impide la renovación de ideas en las empresas.
El mercado actual nos ofrece un escenario adverso y polarizado. Por un lado, expertos con trayectorias contrastadas que son apartados prematuramente de las compañías en su momento de mayor equilibrio vital; por otro, jóvenes sobrecualificados sin espacio para demostrar su valía y con contratos que no permiten proyectar una carrera a largo plazo. Esta desconexión genera una fuga de talento masiva y una desmotivación que fractura el compromiso organizacional.
Debemos romper estos esquemas desde los departamentos de Gestión del Talento, pero el cambio debe ser, ante todo, una transformación cultural profunda. No basta con buenas intenciones, necesitamos medidas valientes, tangibles y medibles que obliguen a las organizaciones a mirar más allá del año de nacimiento.
Es fundamental que quienes toman decisiones de contratación entiendan que asociar juventud a falta de compromiso o la madurez a rigidez están dañando la rentabilidad de la empresa. Eliminar la edad y la fotografía en las primeras fases del proceso de selección permite que las competencias técnicas y transversales sean las protagonistas. Y también es necesario evaluar periódicamente la composición de los equipos y asegurar que los procesos de promoción interna no dejen fuera a perfiles senior por su coste o supuesta falta de recorrido.
La convivencia generacional debe verse como lo que es, una oportunidad para generar rentabilidad y productividad. Herramientas como el mentoring tradicional y el reverse mentoring (mentoring inverso) demuestran que el aprendizaje no es unidireccional. Cuando un perfil senior aporta su visión de negocio y habilidades de liderazgo a un junior, y este último devuelve el valor enseñando nuevas competencias digitales o metodologías ágiles, el conocimiento fluye y se multiplica.
En conclusión, el talento no tiene fecha de caducidad ni se improvisa de la noche a mañana. Solo aquellas organizaciones que logren armonizar la energía de la juventud con la sabiduría de la experiencia conseguirán construir modelos de negocio sostenibles, humanos y, sobre todo, competitivos en un mundo que ya no permite desperdiciar talento.




