680 muertes invisibles: cuando el calor mata a los mayores que Portugal dejó solos
El verano de 2026 ha dejado ya casi 700 muertes por encima de lo esperado en Portugal
Hay cifras que no aparecen en los telediarios con la urgencia que merecen. El Instituto Nacional de Saúde Ricardo Jorge y la Dirección General de Salud de Portugal han confirmado esta semana un dato que debería haber sacudido la conciencia colectiva de la Península Ibérica: entre junio y julio de 2026, Portugal registró 680 muertes por encima de las esperadas para la época del año. Seiscientas ochenta personas que no tenían por qué haber muerto todavía. La inmensa mayoría, personas mayores de 75 años con enfermedades cardiovasculares, respiratorias o neoplásicas previas. El calor no las mató directamente —rara vez figura como causa básica en los certificados de defunción—, pero actuó como el detonante que desestabilizó organismos frágiles y precipitó el desenlace. Es la mecánica siniestra de lo que los epidemiólogos llaman estrés térmico: el calor no necesita matar por sí solo; le basta con empujar al borde del abismo a quienes ya caminaban por el filo.
Los datos desglosan la tragedia en tres actos. El primero, el 16 de junio, con 62 muertes en exceso en un solo día, coincidiendo con un episodio puntual de temperaturas elevadas. El segundo y más devastador, entre el 2 y el 8 de julio, cuando una ola de calor extremo y prolongado se cobró 555 vidas adicionales: un 29% más de fallecimientos de lo habitual para esa semana. El tercer pico, el 23 de julio, sumó otras 63 muertes inesperadas. Las autoridades sanitarias señalan que el impacto real podría haber sido aún mayor de no haberse activado las medidas de protección del Plan Nacional de Preparación y Respuesta Estacional en Salud. Pequeño consuelo: el sistema funcionó lo suficiente para que la catástrofe no fuera peor, pero no lo bastante para evitar que casi 700 personas murieran antes de tiempo.
La Asociación Nacional de Médicos de Salud Pública de Portugal ha lanzado esta semana una petición que, leída con distancia, resulta a la vez razonable y desgarradora: piden que los poderes públicos —gobierno central y municipios— financien la compra e instalación de aparatos de aire acondicionado en los hogares de las personas mayores más vulnerables. João Paulo Magalhães, vicepresidente de la asociación, lo ha explicado con claridad ante los micrófonos de la RTP: muchos ancianos viven en casas con un aislamiento térmico deplorable, donde las temperaturas interiores no bajan lo suficiente ni siquiera durante la noche, sometiendo al organismo a un estrés continuo que puede ser letal. La recomendación sanitaria básica —permanecer al menos dos horas diarias en un ambiente fresco— es inalcanzable para quien no tiene aire acondicionado, no puede permitírselo y vive en una aldea del Alentejo donde el centro de salud más cercano está a cuarenta minutos en coche.
El contexto demográfico convierte esta emergencia puntual en una crisis estructural. Portugal tiene un índice de envejecimiento de 192,4 mayores por cada 100 jóvenes menores de 15 años. El 24,3% de su población supera los 65 años. Cerca de 500.000 personas mayores viven solas, y en la última década ese número ha crecido un 33%, según la Federación de Instituciones de la Tercera Edad. En el interior del país —Trás-os-Montes, Beira Interior, Alentejo—, las cifras son aún más estremecedoras: aldeas donde el habitante más joven tiene 70 años, parroquias donde la media de edad supera los 75. Precisamente las zonas donde el calor golpea con más ferocidad y donde los servicios de emergencia tardan más en llegar.

Un informe del Eixo Atlántico publicado en julio ha documentado con rigor científico una conexión que los lectores españoles del arco mediterráneo y de la España vaciada conocen bien: en las zonas portuguesas afectadas por grandes incendios entre 2016 y 2026, la población perdió de media un 10,89% de sus habitantes, y el 33,96% de quienes quedaban tenía más de 65 años. Esas áreas sufrieron la quema del 31,57% de su superficie en una década. La ecuación es devastadora en su simplicidad: cuando los jóvenes emigran, las aldeas pierden capacidad de gestionar el territorio; el matorral invade los campos, la biomasa se acumula. Y quienes se quedan —mayores, solos, con movilidad reducida— son los más vulnerables tanto cuando llega el fuego como cuando llega la ola de calor. No tienen a nadie que les lleve un vaso de agua, que compruebe si han comido, que llame a una ambulancia si no contestan al teléfono. En esa intersección mortal entre demografía, cambio climático y abandono territorial se cuecen las 680 muertes de este verano.
España debería mirarse en este espejo con más atención de la que le dedica. Las olas de calor de los últimos veranos han provocado miles de muertes en exceso también a este lado de la frontera, y el perfil de las víctimas es idéntico: personas mayores de 75 años, con patologías previas, en viviendas sin climatización adecuada, muchas de ellas viviendo solas. Nuestro sistema de atención a la dependencia, la célebre Ley 39/2006, cumplió dos décadas este año arrastrando listas de espera que en algunas comunidades autónomas superan los dos años. Los planes municipales contra el calor se activan cada verano con el mismo guion: abrir centros climatizados, repartir botellas de agua, emitir avisos por televisión. Medidas necesarias pero insuficientes si no se abordan las causas de fondo: el aislamiento social de los mayores, la precariedad de las viviendas, la insuficiencia de los servicios de atención domiciliaria, la ausencia de políticas de adaptación climática que pongan a las personas vulnerables en el centro.
La Ley 7/2026, que aprobó en febrero el Estatuto da Pessoa Idosa en Portugal, reconoce por primera vez en un solo texto legal los derechos de las personas mayores: a envejecer en su propio hogar, a un acompañante en las consultas médicas, a una vivienda digna con protección especial. Es un avance normativo significativo. Pero una ley sin presupuesto es una declaración de intenciones. Y una declaración de intenciones, por hermosa que sea su caligrafía jurídica, no refresca la casa de una anciana de 82 años que vive sola en una aldea del interior, con una pensión de 400 euros, esperando una plaza en una residencia que no puede pagar, mientras el termómetro marca 42 grados a la sombra y no hay sombra.
Las 680 muertes de este verano portugués no son una fatalidad climática. Son el resultado previsible —y previsto— de décadas de políticas que han tratado el envejecimiento como un problema contable en lugar de como una emergencia humana. Cada una de esas muertes tenía nombre, historia, hijos que quizá llamaban los domingos y nietos que quizá no llamaban nunca. Detrás de cada cifra hay un fracaso colectivo que nos interpela desde los dos lados de la frontera. Porque el calor no discrimina por nacionalidad, y la negligencia con nuestros mayores tampoco. La pregunta que deberíamos hacernos no es cuántos han muerto este verano, sino cuántos morirán el próximo si seguimos sin hacer nada distinto.
