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Club65: Portugal con residencias para sénior activos mientras el sistema de cuidados se desmorona

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Martes 31 de marzo de 2026

5 minutos

Análisis semanal de la economía plateada portuguesa

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Un grupo inversor portugués acaba de anunciar la mayor apuesta de la Península Ibérica por el "senior independent living": 225 millones de euros para construir 900 apartamentos destinados a mayores de 65 años activos y autónomos, en barrios céntricos de Lisboa y Oporto. Se llama Club65, abre puertas en abril de 2027 y quiere demostrar que envejecer no es retirarse, sino elegir cómo vivir. Pero esta apuesta privada coexiste con una realidad demoledora: los ancianos portugueses con pocos recursos reciben apenas una hora diaria de cuidados a domicilio. Dos Portugales, un mismo envejecimiento.

Hay noticias que funcionan como un espejo de doble cara. Por un lado, la promotora ReVentures presenta un concepto residencial que parece importado de París o Estocolmo: edificios elegantes con piscina, gimnasio, biblioteca, restaurante con chef propio, conserjería 24 horas, jardines generosos y apartamentos de hasta dos dormitorios con balcón, todo diseñado para personas jubiladas que quieren seguir viviendo en el centro de la ciudad con servicios de hotel pero la independencia de su propio hogar. Las mensualidades arrancan en unos 1.000 euros por un estudio con todos los servicios básicos incluidos. El proyecto incluye siete edificios entre la zona metropolitana de Oporto (Lapa, Boavista, Matosinhos) y la de Lisboa (Benfica, Campo Grande, Portela, Carcavelos), con inauguración prevista entre 2027 y 2029.

Por otro lado, un estudio del Instituto de Ciencias Sociales y Políticas de la Universidad de Lisboa, publicado esta misma semana, revela que los servicios públicos de ayuda a domicilio (Serviço de Apoio Domiciliário, SAD) ofrecen de media apenas 60 minutos de atención diaria, de lunes a viernes, a los ancianos que dependen de ellos: higiene, comida, colada. Y luego, silencio. Veintitrés horas solos. Sin cobertura de fin de semana en muchos casos. Las investigadoras Maria Irene Carvalho y Carla Ribeirinho lo han dicho con rotundidad: "No somos solo estómagos, y desde luego no necesitamos cuidados solo una hora al día entre semana". En el sector privado, quien puede pagar entre 500 y 1.500 euros mensuales accede a atención integral, acompañamiento cognitivo, estimulación social. Quien no puede, sobrevive.

Estos dos Portugales conviven en la misma demografía, y esa demografía es implacable. El país ya cuenta con más de dos millones de personas por encima de los 65 años. Un tercio de la población supera los 60. Según la OCDE, en 2050 más de un tercio de los portugueses tendrá 65 años o más, y uno de cada ocho superará los 80. Pero solo hay 3,9 camas en residencias por cada 1.000 personas mayores de 65 años —muy por debajo de la media de la OCDE— y únicamente 0,8 trabajadores de cuidados por cada 100 ancianos. Los números no mienten: Portugal envejece deprisa y cuida despacio.

Lo fascinante del proyecto Club65 es que no se presenta como una residencia geriátrica, sino como lo contrario: un espacio donde no hay cuidados médicos porque no hacen falta. Solo entran personas autónomas que se visten solas, comen solas, salen a la calle cuando quieren. La filosofía es que la jubilación no es el preludio de la dependencia, sino una etapa de libertad que merece infraestructuras a su altura. Hugo Gonçalves Pereira, CEO de ReVentures, lo explica así: "Queremos redefinir cómo se vive esta fase de la vida, como un tiempo de libertad, confort y posibilidades, en el centro de las ciudades". El modelo se inspira en experiencias francesas, británicas y estadounidenses, pero adaptado a la realidad ibérica: presupuestos más ajustados, cultura urbana mediterránea, vida de barrio.

Para un lector español, la comparación es obligada. España, que comparte con Portugal tasas de envejecimiento preocupantes y una tradición de cuidados centrada en la familia, carece también de un modelo de "senior independent living" consolidado. Tenemos residencias asistidas —muchas de ellas marcadas por el trauma de la pandemia—, tenemos los programas de teleasistencia, tenemos una Ley de Dependencia que sigue acumulando listas de espera vergonzosas. Pero no tenemos, salvo experiencias muy incipientes, un concepto que diga al jubilado activo: usted no necesita un lar, necesita una comunidad; usted no está enfermo, está libre. El hecho de que Portugal, con menos recursos y un mercado más pequeño, lance esta apuesta antes que España debería interpelarnos.

Con todo, la sombra es alargada. Un proyecto de 225 millones de euros con capital íntegramente privado, sin ayudas públicas, resuelve la ecuación solo para quienes pueden pagar mil euros mensuales o más. Es decir, para los jubilados con pensiones por encima de la media o con ahorros acumulados. Para el ejército de pensionistas portugueses que cobran 300, 400 o 500 euros, Club65 es un sueño bonito en la página de un periódico. Y mientras tanto, el sector no lucrativo de cuidados a domicilio se desangra: el 85,9% de los proveedores son organizaciones sin ánimo de lucro que no logran captar personal, especialmente en el interior del país, donde los jóvenes han emigrado a la costa y los ancianos se quedan solos en pueblos cada vez más vacíos. La pobreza energética de las viviendas portuguesas —casas antiguas, sin aislamiento, sin calefacción eficiente— agrava un cuadro que ningún condominio de lujo puede, por sí solo, corregir.

Las investigadoras que han documentado la brecha en los cuidados proponen reformas urgentes: revisar el modelo de financiación para que tenga en cuenta la complejidad de cada caso y la dispersión geográfica; dignificar profesionalmente a los cuidadores para frenar la fuga de talento; integrar a los cuidadores informales —mayoritariamente mujeres, mayoritariamente invisibles— en redes formales con formación y reconocimiento económico; desplegar tecnología de teleasistencia que complemente la presencia humana sin sustituirla. Nada de esto es revolucionario; todo es urgente.

Portugal se encuentra, como España, ante una bifurcación que definirá qué tipo de sociedad quiere ser cuando sea vieja. Un camino conduce a un país donde envejecer bien es un privilegio de clase: quien tenga recursos vivirá en un Club65, con piscina y chef; quien no, contará las horas hasta que llegue la cuidadora con la comida. El otro camino, más difícil y más justo, exige que el Estado invierta en cuidados universales con la misma ambición con la que el sector privado invierte en residencias premium. Club65 es una excelente noticia para la economía plateada portuguesa; pero será una noticia completa solo cuando el país garantice que envejecer con dignidad no dependa del grosor de la cartera, sino de la fortaleza del contrato social. Esa es la pregunta que Portugal —y, mirando al espejo, también España— tiene la obligación de responder antes de que la demografía la responda por nosotros.

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