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Portugal, país de soledades: cuando envejecer se convierte en enfermar solo y sin amigos

KRN News Services

Foto: Bigstock

Martes 14 de abril de 2026

6 minutos

Estudios aseguran que los portugueses hoy tienen menos amigos íntimos que hace diez años

Portugal, país de soledades: cuando envejecer se convierte en enfermar solo y sin amigos
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La coincidencia temporal de dos publicaciones científicas esta última semana en Portugal no es casual, pero sí es devastadora en lo que revela cuando se leen juntas. Por un lado, el ISCTE —uno de los centros académicos más prestigiosos del país— ha presentado los resultados del estudio «A Amizade em Portugal — Como é? O que Mudou?», que documenta con datos rigurosos lo que muchos intuyen: los portugueses tienen hoy significativamente menos amigos íntimos que hace diez años, el sentimiento de soledad se ha disparado y la interacción social ha caído de forma notable desde la pandemia de 2020. Por otro lado, el Instituto Nacional de Estatística (INE) ha publicado sus «Estatísticas da Saúde» con motivo del Día Mundial de la Salud, revelando que el 44,1% de la población portuguesa mayor de 16 años padece al menos una enfermedad crónica —una cifra que se dispara hasta el 69,7% entre los mayores de 65 años—. Soledad y enfermedad: los dos jinetes que cabalgan juntos sobre el envejecimiento portugués.

Empecemos por los números de la soledad, porque desafían el tópico de Portugal como país cálido y comunitario. Según la investigación dirigida por la profesora Luísa Lima, la comparación entre los datos de 2015 y los de 2025 muestra «una clara reducción del número de amigos íntimos, un aumento del sentimiento de soledad y una disminución de la integración social». Lo más inquietante es que el 60% de los encuestados no percibe este deterioro: creen que sus relaciones sociales no han cambiado. La soledad avanza sin que sus víctimas sean conscientes de ella. Entre quienes viven solos —un tercio de los hogares portugueses con personas mayores—, el 33% se siente solo. Entre los más pobres, la cifra alcanza un escalofriante 43%. Los investigadores son taxativos: «La soledad no depende solo de variables personales, sino de causas estructurales ligadas a la pertenencia a grupos socialmente desvalorizados».

Y aquí es donde los datos del INE completan el cuadro de forma alarmante. Portugal registra la tercera mayor proporción de población con enfermedades crónicas de toda la Unión Europea, solo por detrás de Finlandia y Estonia. Entre los jubilados, el 70,3% padece al menos un problema de salud prolongado. El 47,5% de los mayores de 65 años declara limitaciones en sus actividades diarias, y un 11,4% las califica de graves. Pero quizá el dato más duro sea este: solo el 19,1% de los ancianos portugueses valora su propio estado de salud como bueno o muy bueno, una de las cifras más bajas de toda Europa. La esperanza de vida en Portugal es de 82,5 años, pero la esperanza de vida «saludable» se queda en apenas 59,6 años. Esto significa que un portugués medio pasa más de dos décadas de su vida con problemas de salud que limitan su autonomía. Veintidós años enfermo.

Portugal, país de soledades: cuando envejecer se convierte en enfermar solo y sin amigos

La convergencia de estas dos realidades —soledad creciente y enfermedad crónica generalizada— no es una simple suma: es un multiplicador. La evidencia científica internacional es abrumadora al respecto. La Organización Mundial de la Salud clasifica ya la soledad como un problema de salud pública comparable al tabaquismo o la obesidad. Las personas socialmente aisladas tienen un 29% más de riesgo de enfermedad coronaria y un 32% más de riesgo de ictus. La soledad acelera el deterioro cognitivo, agrava la diabetes, empeora la adherencia a los tratamientos médicos y multiplica la depresión. En un país donde siete de cada diez mayores ya están enfermos, añadir soledad a la ecuación no es solo una tragedia humana: es una bomba de costes sanitarios que ningún sistema público de salud puede absorber indefinidamente.

La comparación con España ofrece luces y sombras. Nuestro país comparte con Portugal muchos rasgos demográficos: envejecimiento acelerado, vaciamiento rural, familias cada vez más pequeñas. Pero España ha comenzado a tomar medidas —todavía insuficientes, pero reales— contra la soledad no deseada. El Observatorio Estatal de la Soledad No Deseada, los programas municipales de acompañamiento a personas mayores en ciudades como Barcelona y Madrid, y la creciente concienciación mediática han puesto el tema en la agenda pública. Portugal, en cambio, carece de una estrategia nacional específica contra la soledad. Existen iniciativas encomiables —como las residencias asistidas de la Santa Casa da Misericórdia que combinan autonomía con convivencia, o los programas de lectura compartida en librerías como la célebre Lello de Oporto—, pero son islas de buenas prácticas en un océano de desatención institucional. El estudio del ISCTE lo dice con claridad: hacen falta políticas públicas, especialmente desde la Administración Local, que promuevan «espacios públicos de convivencia de calidad cuya frecuentación no implique gastar dinero».

Hay un factor que agrava todo lo anterior y del que se habla poco: la brecha educativa. Los datos del INE son implacables. Entre las personas con educación superior, solo el 32,5% declara padecer enfermedades crónicas y apenas un 11,2% señala limitaciones en su vida diaria. Entre quienes no completaron ningún nivel de escolaridad, las cifras se disparan al 78,5% y al 63,3%, respectivamente. La educación es salud, literalmente. Y Portugal arrastra una deuda histórica en este terreno: los mayores de 65 años portugueses son, junto con los de Malta, los europeos con menor nivel educativo medio. Esa generación que trabajó toda su vida para construir el país moderno que es hoy Portugal no recibió la educación que necesitaba, y ahora paga ese déficit con peor salud, más limitaciones y menos herramientas para navegar un sistema sanitario cada vez más complejo y digitalizado.

Merece atención especial el dato sobre las localidades del centro de Portugal que, más de dos meses después de la tempestada Kristin de febrero, siguen sin comunicaciones restablecidas. SIC Notícias tituló su reportaje de esta semana «Esquecidos e isolados» —olvidados y aislados— y mostró a ancianos en zonas como Tomar sin teléfono fijo, sin internet, sin forma de llamar a una ambulancia. Es la metáfora perfecta de lo que le está ocurriendo a la tercera edad portuguesa: no es que la sociedad los excluya activamente; es que, sencillamente, deja de verlos. Las infraestructuras se reparan primero donde hay más voces que protestan, y los mayores solos y enfermos no protestan. Se apagan en silencio.

Quienes tenemos más de 50 años, a ambos lados de la frontera, deberíamos leer estos datos portugueses no como una curiosidad sociologíca lejana, sino como un espejo de lo que nos espera si no actuamos. La soledad no es un destino inevitable del envejecimiento: es el resultado de decisiones políticas, urbanísticas, económicas y culturales que pueden revertirse. Pero para ello hay que reconocer primero que el problema existe. Y el 60% de los portugueses, según el ISCTE, ni siquiera lo percibe. Esa es, quizá, la forma más cruel de soledad: la que no sabe que lo es.

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