La final que empieza cuando termina el fútbol
Hay finales que duran noventa minutos. Otras duran toda una vida
Este domingo, millones de personas volverán a hacer lo mismo. Se reunirán con la familia, llenarán los bares, vestirán la camiseta de su selección y discutirán sobre alineaciones, tácticas y pronósticos. España y Argentina disputarán una final del Mundial que promete emociones fuertes y que, pase lo que pase, quedará grabada en la memoria de los aficionados.
Pero mientras el balón eche a rodar, habrá otro partido mucho más importante que apenas ocupará titulares. Un partido silencioso que se juega cada día lejos de los estadios y cuyo resultado condiciona la vida de millones de personas cuando llegan a la vejez. La verdadera final no decide quién levanta una copa, sino quién puede envejecer con mayor seguridad, dignidad y tranquilidad.
Si cambiáramos el césped por los indicadores sociales, las porterías por los sistemas de protección y los goles por la calidad de vida de las personas mayores, ¿quién llegaría con ventaja a esta final?
La comparación resulta especialmente interesante porque España y Argentina comparten mucho más que un idioma. Comparten una historia entrelazada, fuertes vínculos familiares y una forma muy similar de vivir el fútbol y las emociones. Sin embargo, cuando se analiza cómo responde cada país ante el envejecimiento de su población, aparecen diferencias profundas que ayudan a entender por qué las políticas públicas terminan teniendo un impacto mucho mayor que cualquier resultado deportivo.
El primer marcador aparece cada final de mes. España dedica cerca del 13% de su Producto Interior Bruto al sistema público de pensiones, una de las proporciones más elevadas entre los países desarrollados. Ese esfuerzo colectivo permite que millones de jubilados dispongan de una prestación estable y que, además, se revalorice conforme evoluciona el coste de la vida. Es cierto que existen pensiones insuficientes, que muchas personas mayores siguen llegando con dificultad a final de mes y que el sistema deberá afrontar importantes reformas para garantizar su sostenibilidad. Pero también lo es que la inmensa mayoría de los pensionistas sabe aproximadamente cuánto cobrará el mes siguiente y puede planificar su economía con una razonable certidumbre.
En Argentina, la realidad ha sido muy distinta durante los últimos años. La elevada inflación ha reducido de forma continuada el poder adquisitivo de las jubilaciones, convirtiendo la incertidumbre en una preocupación permanente. El problema no consiste únicamente en cuánto se cobra, sino en cuánto vale realmente ese dinero pocas semanas después. Cuando los precios cambian constantemente, desaparece una de las mayores fuentes de tranquilidad para cualquier persona mayor: la posibilidad de organizar su vida sin miedo a que el suelo desaparezca bajo sus pies.
La sanidad constituye el segundo gran terreno de juego. España dispone de un sistema sanitario público de cobertura universal que, pese a las listas de espera, la presión asistencial y la escasez de profesionales en determinados ámbitos, continúa siendo uno de los principales activos del Estado del bienestar. No es casualidad que nuestro país se sitúe entre los de mayor esperanza de vida del mundo, con una media cercana a los 84 años, un indicador que refleja no solo la calidad de la atención sanitaria, sino también décadas de inversión pública en prevención, asistencia y cuidados.
Argentina cuenta con profesionales extraordinarios y hospitales de enorme prestigio, pero su sistema sanitario está más fragmentado entre la red pública, las obras sociales y la medicina privada. Esa organización genera diferencias importantes en el acceso y en la continuidad asistencial según el territorio o la capacidad económica de cada persona. Precisamente cuando la edad aumenta y las enfermedades crónicas requieren un seguimiento constante, disponer de una cobertura homogénea se convierte en una ventaja difícil de sustituir.
También los medicamentos explican buena parte de esa diferencia. En España, los pensionistas participan de forma limitada en el coste de los tratamientos financiados y existen topes de aportación vinculados a la renta. El sistema no elimina todas las dificultades, pero reduce considerablemente el riesgo de que una persona abandone un tratamiento por motivos económicos. En cambio, en Argentina el fuerte incremento del precio de numerosos medicamentos durante los últimos años ha obligado a muchos mayores a replantearse compras esenciales. Cuando una persona debe elegir entre llenar la nevera o adquirir la medicación prescrita, el problema deja de ser sanitario para convertirse en una cuestión de dignidad.
Sin embargo, el verdadero examen de una sociedad llega cuando aparecen la fragilidad y la dependencia. Es entonces cuando se comprueba hasta qué punto un país está preparado para cuidar de quienes ya no pueden valerse completamente por sí mismos. España ha desarrollado durante las últimas décadas una amplia red de residencias, centros de día, ayuda a domicilio, teleasistencia y prestaciones derivadas de la Ley de Promoción de la Autonomía Personal y Atención a la Dependencia. Es un sistema imperfecto, con listas de espera que siguen siendo inaceptables y con importantes diferencias entre comunidades autónomas, pero constituye una estructura pública consolidada sobre la que continuar construyendo.
En Argentina, como ocurre en buena parte de América Latina, el cuidado continúa descansando en mayor medida sobre las familias, las organizaciones sociales y los servicios privados. Existen iniciativas de enorme calidad y profesionales altamente comprometidos, pero la cobertura pública resulta más limitada y desigual. Esa diferencia es especialmente relevante porque el envejecimiento del siglo XXI ya no consiste únicamente en vivir más años, sino en garantizar que esos años puedan vivirse con apoyos adecuados cuando la autonomía empieza a disminuir.
La vivienda constituye otro punto de encuentro entre ambos países. Tanto España como Argentina mantienen una elevada cultura de propiedad entre las generaciones mayores, lo que convierte el hogar en el principal patrimonio económico de muchas familias. Sin embargo, la estabilidad institucional y monetaria española proporciona una mayor capacidad para conservar ese patrimonio y planificar el futuro con previsión, mientras que las sucesivas crisis económicas argentinas han demostrado hasta qué punto la incertidumbre puede afectar también al ahorro construido durante toda una vida.
Sería injusto presentar este análisis como una victoria incontestable. España afronta desafíos enormes. El envejecimiento acelerado de la población, la sostenibilidad futura de las pensiones, la falta de profesionales sanitarios y sociosanitarios, la soledad no deseada o la necesidad de transformar el modelo de cuidados obligarán a tomar decisiones valientes durante los próximos años. Pensar que el partido está ganado sería el peor de los errores. Pero precisamente por eso conviene valorar aquello que con demasiada frecuencia damos por hecho. Poder acudir a un centro de salud sin mirar la tarjeta de crédito, recoger una medicación con un copago reducido, recibir apoyos cuando aparece la dependencia o cobrar una pensión cuyo valor no se evapora en cuestión de semanas no son privilegios nacidos por casualidad. Son el resultado de décadas de consenso social, inversión pública y construcción de un Estado del bienestar que ha entendido que proteger a quienes han trabajado toda una vida no es un gasto, sino una inversión en cohesión, estabilidad y humanidad.
El domingo conoceremos qué selección levanta la Copa del Mundo. El lunes volveremos a hablar de goles, de héroes y de celebraciones. Pero habrá otra final que continuará disputándose en silencio. La de millones de personas mayores que seguirán necesitando una pensión suficiente, una sanidad accesible, medicamentos asequibles y cuidados de calidad cuando la edad haga más difícil recorrer el camino en solitario.
Porque los Mundiales se celebran cada cuatro años. La dignidad con la que envejece una sociedad se pone a prueba todos los días. Y esa, probablemente, sea la única final que todos, antes o después, terminaremos jugando.
