Las vacaciones con distintas miradas
Artículo de opinión firmado por el doctor Ignasi Coll-Rolduà
—"Doctor, este verano nos queremos llevar a mi madre de vacaciones. ¿Cree que hacemos bien?".
Es una de esas preguntas que cada verano vuelve a aparecer en la consulta o durante una visita a domicilio. Y, como ocurre tantas veces en geriatría, mi respuesta siempre empieza igual:
—"Depende".
No depende del destino, ni de si hay playa o montaña. Depende, sobre todo, de la persona.
Cuando en una familia hay una persona mayor con fragilidad, dependencia o una demencia, las vacaciones dejan de ser solo un tiempo de descanso. También son un tiempo de decisiones, aunque se vean desde tres miradas distintas.
La primera es la de los hijos e hijas. Quieren compartir unos días con sus padres, reunir a la familia y hacer lo mejor para todos. Sin embargo, saben que un cambio de entorno puede romper unas rutinas que proporcionan seguridad, favorecer la desorientación o aumentar el riesgo de una caída. Por eso la cuestión no es tanto viajar o no viajar, sino adaptar ese viaje a la realidad de la persona mayor.
La segunda mirada es la de quien envejece. A veces hablamos mucho de cuidar y poco de escuchar. Sin darnos cuenta, decidimos dónde irá, dónde dormirá o cómo será su día. Todo nace del cariño, pero proteger no debería significar sustituir la voluntad de quien todavía puede expresar sus preferencias. Hay una idea que repito con frecuencia: la pérdida de autonomía no siempre empieza cuando dejamos de caminar. Muchas veces comienza cuando dejamos de decidir.
Y existe una tercera mirada, probablemente la más silenciosa: la de las hijas o parejas “cuidadoras”. Mientras el resto de la familia organiza las vacaciones, ellas intentan encajar cuidados, horarios y responsabilidades. Muchas sienten culpa solo por pensar en descansar. Sin embargo, cuidar también necesita pausas. Nadie puede sostener durante años unos cuidados de calidad sin recuperar fuerzas de vez en cuando. Descansar no significa querer menos. Significa poder seguir cuidando mejor.
Quizás las mejores vacaciones no sean las que nos llevan más lejos, sino las que consiguen que todos encuentren su lugar. Que la persona mayor se sienta escuchada y respetada. Que los hijos puedan acompañar sin vivir permanentemente con la duda. Y que quien cuida cada día pueda descansar sin sentirse culpable.
Sí, las vacaciones también hablan de cómo cuidamos. Y cuidar no consiste solo en organizar un viaje o tomar decisiones por quien queremos. Cuidar también es escuchar, dialogar y buscar ese equilibrio para que todos disfruten del verano. Y aunque cada miembro de la familia la viva desde una mirada diferente, el verdadero reto es construir entre todos una única manera de vivirlo, con tranquilidad, respeto y pensando unos en los otros.
Felices vacaciones… con una sola mirada.
