Padre Ángel: "Las residencias de mayores necesitan una revolución"
Entrevista de 65YMÁS al fundador de Mensajeros de la Paz
El Padre Ángel acaba de cumplir 89 años y lleva prácticamente toda su vida dedicada a ayudar a las personas que más lo necesitan. El fundador de Mensajeros de la Paz ha concedido una entrevista a 65YMÁS y ha reflexionado sobre algunos de los grandes retos que afronta hoy la sociedad, especialmente en el cuidado de las personas mayores.
El sacerdote asturiano, que gestiona la Iglesia de San Antón, advierte sobre el problema de la soledad no deseada y defiende un cambio en el modelo de atención: “Las residencias necesitan una revolución”, afirma, al tiempo que apuesta por reforzar la ayuda a domicilio y el acompañamiento para que los mayores puedan permanecer en sus hogares el mayor tiempo posible.

Fotógrafa Leonor Acaso
P: Acaba de cumplir 89 años. Si pudiera hablar con aquel niño que creció en Mieres, ¿qué le diría hoy?
R: Le diría que fue un privilegiado. Haber nacido donde nació ese niño hace 89 años y un día es un privilegio. En realidad, nacer ya es un privilegio. Es algo por lo que hay que dar gracias a Dios y a los padres que uno ha tenido, porque hay muchos niños que nacen y pueden dar gracias a Dios, pero a veces no tienen padre o incluso no tienen madre.
Nosotros comenzamos la obra de Mensajeros de la Paz con niños que no tenían ni padre ni madre, porque estaban en el hospicio de Oviedo, que años después se convirtió en un hotel. Los que hemos tenido padres, aunque haya sido solo durante los primeros años de vida, somos unos privilegiados. Tener a alguien que te abrace, que te bese, que te lleve en brazos… todo eso es un privilegio.
Cuando veo a un recién nacido, como el hijo que acaba de tener una compañera nuestra, pienso que yo también fui un niño así. Pero de eso no nos damos cuenta cuando somos pequeños. Solo lo valoramos cuando somos mayores y nos paramos a pensarlo.
Nacer es un privilegio. Nacer en una familia también lo es. Y tener fe también es un privilegio, porque la fe no es algo que uno elige: es algo que recibe. Depende mucho del lugar y del ambiente en el que uno nace.
P: ¿Desde el principio tuvo claro que quería dedicarse a ayudar a los más vulnerables o fue algo que fue llegando con el tiempo?
R: Desde el principio tuve claro que quería ser sacerdote. Pero no porque quisiera echar agua bendita ni por historias de santos. Cuando eres niño, muchas veces quieres imitar a los mayores. En mi pueblo había un sacerdote muy bueno. En aquellos años había mucha pobreza y también mucha tragedia: gente que moría en la mina o incluso personas que eran fusiladas. Yo veía cómo aquel cura ayudaba a las viudas y a los niños, y para mí era un héroe. Desde pequeño quise ser como él.
Durante toda mi vida nunca he renunciado a esa decisión ni he pensado que me había equivocado. Cuando haces algo que te gusta y que sientes que es tu vocación, eres feliz. Hay muchas personas que trabajan en algo que no les gusta porque necesitan llevar el pan a su casa. Yo, en cambio, he tenido la suerte de trabajar siempre en algo que me hacía feliz.
P: ¿Cómo surgió la idea de crear Mensajeros de la Paz? ¿Se imaginaba que llegaría hasta donde ha llegado hoy?
R: La idea surgió en aquel hospicio del que hablaba antes. Allí había niños que lo único que tenían era un mandilón azul y la cabeza rapada. Yo tuve la suerte de que me nombraran capellán de ese hospicio poco después de ordenarme sacerdote.
Entonces, junto con otro compañero, pensamos que podíamos crear hogares o casas para esos niños. Así nació Mensajeros de la Paz. Queríamos acabar con los hospicios, no solo el de Oviedo sino los de toda España, y crear hogares más humanos.
Desde el seminario ya trabajábamos mucho con los gitanos y con las personas más desfavorecidas. Creo que todo eso fue marcando el camino.
"Debemos seguir trabajando para que las personas se acompañen, se llamen y se cuiden unas a otras"

Ángel Silva y el padre Ángel, fundadores de Mensajeros de la Paz. Archivo histórico Mensajeros de la Paz.
"La ayuda a domicilio debería ser mucho más amplia"
P: La asociación también tiene proyectos dirigidos a personas mayores. ¿Cuándo vio necesario empezar a ayudarlas específicamente?
R: Fue algo curioso. Nosotros queríamos acabar con los hospicios, pero también con los asilos. Hace 50 o 60 años había asilos para personas mayores donde incluso separaban a los hombres de las mujeres. Había matrimonios que, al ingresar en una residencia, eran separados y vivían en pabellones distintos. Aquello nos parecía terrible. Por eso empezamos creando pisos grandes donde convivían siete u ocho personas mayores, como si fueran una familia. Después fuimos creando residencias. La primera fue en Castilla-La Mancha, en Almadén. Con el tiempo fuimos multiplicando los proyectos y hoy tenemos más de 90 residencias con unos 16.000 mayores.
P:¿Cree que la sociedad está cuidando bien a las personas mayores?
R: No. Creo que es una asignatura pendiente de la sociedad. A las personas mayores hay que cuidarlas más en casa que en las residencias. Las residencias deberían ser la última opción. Es cierto que cuidar a una persona mayor en casa cuesta dinero, pero también cuesta mucho dinero hacer autopistas, aeropuertos o universidades. Es una cuestión de prioridades.
La ayuda a domicilio debería ser mucho más amplia. No se trata solo de enviar a alguien a limpiar la casa dos horas. La ayuda a domicilio significa que haya médicos, servicios, apoyo y compañía para que la persona pueda seguir viviendo en su hogar.
P: ¿Cree que la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías pueden agravar el problema de la soledad no deseada de las personas mayores?
R: Sí, agrava la soledad no deseada, sin duda alguna. Pero también tenemos que ver el lado positivo. A veces este tipo de tecnología puede ayudar a mitigarla. Todo lo que son las redes sociales, la inteligencia artificial o el teléfono puede servir para conectar a las personas. Hay quienes dicen que todo eso aparta a la gente y la deshumaniza, pero eso no es del todo cierto. Gracias al teléfono, por ejemplo, yo podría hablar con mi madre casi todos los días aunque estuviera lejos. Antes era imposible. Hoy puedes hablar con compañeros que están en México, en Barcelona o en cualquier otro lugar y además verlos por videoconferencia. Eso también ayuda a combatir la soledad.
La soledad no deseada no es solo patrimonio de los pobres o de quienes no tienen nada; es algo que puede afectar a cualquiera. Incluso los poderosos la sienten. Recuerdo que cuando inauguramos el Teléfono Dorado, fuimos a ver a Juan Pablo II en Roma. Le explicamos que era un teléfono para combatir la soledad y él nos dijo: “¿Sabes, Ángel, que los papas, los reyes y los jefes de Estado muchas veces estamos solos?” La soledad también la tienen los poderosos. Y en estos momentos de guerras y conflictos, imagínate cuánta soledad pueden sentir quienes están al frente de los países. Se puede ser muy poderoso y, sin embargo, sentirse más solo que la luna.
Por eso creo que la residencia necesita una revolución, sin duda alguna. Igual que las empresas y las fábricas han transformado su manera de trabajar, en las residencias a veces hemos pensado que la solución es poner robots o máquinas que atiendan a las personas. La tecnología puede ser útil, claro que sí, pero no puede sustituir el trato humano. No puede sustituir a una enfermera o a un cuidador que venga a darte los buenos días, que te sonría o que te dé un beso.

P: ¿Cree que somos una sociedad más solidaria que antes?
R: Sin duda. Nunca en la historia de la humanidad ha habido tanta solidaridad como ahora. Hoy nos preocupamos por personas que están lejos y que ni siquiera conocemos. Antes nos preocupábamos sobre todo por nuestro pueblo o por nuestros vecinos. Hoy, gracias a los medios de comunicación y a las redes sociales, sabemos lo que ocurre en cualquier parte del mundo y nos afecta.
"Mi gran sueño es combatir la soledad"
P: ¿Cómo podemos construir una sociedad intergeneracional en la que jóvenes y mayores convivan y aprendan juntos?
R: En realidad, siempre ha existido esa convivencia. Los nietos convivían con los abuelos y aprendían de ellos. Recuerdo mucho a mi abuela. Cuando hablé con el papa Francisco, pasamos casi media hora hablando de nuestras abuelas. Él también quería muchísimo a la suya. Hoy estamos separando demasiado a las generaciones. Se crean espacios aislados: residencias para mayores, centros para niños, unidades especiales… y terminamos creando guetos. Lo ideal sería que las personas mayores siguieran formando parte de la vida cotidiana de la sociedad.
P: ¿Qué tiene que aprender la sociedad de las personas mayores?
R: Todo. Somos fruto de ellos. Somos su herencia. Los abuelos tienen una sabiduría natural que no aparece en los libros. Ellos recuerdan lo que pasó en otros tiempos, cómo se resolvieron los problemas o cómo se vivía antes. Lo único que suelen pedir es cariño: que les llamemos por teléfono, que les demos un abrazo, que nos acordemos de ellos.
P.: Para terminar, ¿qué le queda por hacer, algún proyecto pendiente?
R: Hay que seguir soñando. Aunque uno tenga muchos años, hay que seguir soñando. Ahora mi gran sueño es combatir la soledad, porque creo que es una de las enfermedades más duras que existen. Lo decía la madre Teresa de Calcuta: la soledad es una de las mayores pobrezas del mundo.
Hay muchas personas que simplemente esperan a que pase el tiempo. Personas sentadas en una silla esperando a que llegue la hora de comer o de dormir. Eso es muy triste. Por eso debemos seguir trabajando para que las personas se acompañen, se llamen y se cuiden unas a otras.
P: ¿Le gustaría añadir algo más?
R: Sí, me gustaría decir unas palabras sobre Fernando Ónega. Fernando fue Abuelo de Oro de Mensajeros de la Paz, colaborador desde hace muchos años. Para mí es uno de esos hombres que demuestran que la gente es buena y Dios es bueno. Así murió, con una sonrisa, y siempre le recordaremos con cariño.


