Consumo

De 'medicamento' a bebida de masas: esta es la historia de la gaseosa

Agus Calvet

Sábado 5 de septiembre de 2020

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El refresco más popular tuvo su origen en un remedio medicinal

De 'medicamento' a bebida de masas: esta es la historia de la gaseosa

Las bebidas carbonatadas, o refrescos como solemos llamarlos, tienen como origen la humilde gaseosa, y esta nació como un remedio medicinal para las dolencias de estómago.

Hay que volver atrás ni más ni menos que casi tres siglos, concretamente al año 1741 en Inglaterra. William Browning se le ocurrió inyectar ácido carbónico en un envase con agua mineral y sacar partido comercial embotellándolo y vendiéndolo. Acababa de nacer la versión primitiva de la gaseosa.

Parece que no fue del agrado de los consumidores de entonces hasta que, en 1807, un médico norteamericano, Philip Syng utilizó el mismo sistema para crear, junto a un químico amigo suyo, un agua carbonatada para los problemas de estómago. El ingrediente que abrió las puertas al consumo masivo fue añadirle un edulcorante, para hacerle el sabor más agradable.

El brebaje del doctor Syng no dejaba de ser un ‘medicamento’ de la época, por lo que las personas sanas no tenían ninguna razón para beberlo sin más. El impulso final vino en 1832, cuando se inventó un sistema para saturar el agua con gas carbónico de forma industrial. A fines del siglo XIX el boom fue imparable, con gaseosas de todos los sabores y colores: grosella, fresas, moras…

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¿Y en España? A principios del siglo XX se comenzó a fabricar a gran escala y en las siguientes décadas se crearon un sinfín de marcas, muy locales y de elaboración casi artesanal. Fue en 1949 cuando nace la marca que será desde entonces sinónimo de gaseosa española: La Casera.

Hasta abril de 1950 no llegaron las primeras botellas al mercado, a un precio elevado: 1,20 pesetas la unidad de litro. La novedad venía en el diseño de su envase, con una botella de cristal transparente, que permitía ver la pureza del producto, y un sistema de cierre con un tapón de porcelana y goma en lugar del tradicional cierre hasta entonces de un corcho con una cuerda.

Para que las familias conocieran el producto, un repartidor en bicicleta de tres ruedas regalaba por los barrios pudientes de las grandes ciudades las botellas. El ama de casa se quedaba con el casco y si quería una nueva tendría que pagar 1,20 pesetas, un lujo para aquella época.

Para finales de 1950 se habían vendido ya 380.090 litros, lo que supuso unos ingresos de casi medio millón de pesetas, pero no sería hasta los años 60 cuando se produjo el mayor crecimiento de la marca.

Aparecieron también las botellas de medio litro y los sabores de naranja y limón. Se crea una red de distribución propia para llegar a toda España, red que se topaba con las ruinosas infraestructuras viarias de la época.

Durante los 80 se creó una línea de hostelería apoyada en la conocida frase “si no hay Casera, nos vamos”, un eslogan que todavía se recuerda y durante los 90 y el cambio de siglo continuó adaptándose al gusto del consumidor ampliando su línea de sabores.

Hoy, La Casera se ha convertido en una de las 10 marcas de bebidas refrescantes más vendidas de Europa y España.

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