20 años

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20 años

Dicen los sanitarios, también desde lo social, que una "vida cama sillón" era la que llevó mi padre tras el ictus. Ahora, sin él presente, me dicen que aquello no era vida. Y yo, que he sido siempre de pensar con mayor profundidad, con mucho de espíritu crítico, vengo a cuestionar todo eso con lo que he vivido con él hasta el día de su muerte. 

Desde entonces, he demorado escribir este texto más por pereza que por interés, y quizá por presión del más allá, hoy me siento frente al ordenador para escribir este artículo con el que vuelvo a esta tribuna.

La vida tenía un mejor plan para nosotros. Nada de lo que desearías mientras soplas las velas del cumpleaños o le pides a tu Dios cuando le rezas. Todo tenía su lógica y lo entendí.

Mi padre en su versión esencial me permitió experimentar lo que la psicología refiere sobre las relaciones interpersonales y cómo éstas nos hacen de espejo para ver lo que no es sencillo sobre nosotros mismos. De su agresividad, derivada del daño cerebral, que tantos dolores de cabeza nos generó, en el trato y en el lenguaje, me he preguntado, ¿cuántas veces yo he sido el grosero? De su ingratitud o de su incapacidad para pedir disculpas, ¿qué tenía esto que decir de mí? Y de su hastío vital, ¿qué podía hacer yo para no caer ahí? Solo por esto, que es mucho, ya habría merecido la pena su enfermedad, pero hubo otros aportes muy interesantes, como por ejemplo, descubrir el valor de la ternura, que sin su condición de extrema fragilidad no hubiera sido posible tal acercamiento, ni por él ni por mí. Lo útil del silencio cuando acompañas la vida de un enfermo o que para cuidar bien, tienes que rodearte de un buen equipo como el que formamos con mi madre y mi hermano, cada uno puso lo que pudo y sabía.

Juntos, también aprendimos algo nuevo sobre los conocidos, ángeles imprevistos que sumaron vida, mientras las amistades se retrataron como lo que se habla de la huida del ego. Como ya lo hice en su entierro, quiero dejar por escrito y destacar la presencia, con enorme gratitud, por años de los voluntarios de la ONG Nadie Solo que vinieron a acompañarle todos los jueves.

Sus últimos 20 años de vida estuvo básicamente encamado en casa, y esporádicamente en hospitales, pero no por ello fueron peores y su vida enferma claro que tuvo sentido. Cada uno ha de buscar el suyo y yo encontré el mío, que espero haberlo explicado medianamente. Sólo puedo estar agradecido con su enfermedad porque esa iba a ser, sin duda, mi mayor graduación.