Envejecer con dignidad no debería depender de los ahorros
Hablar de pensiones es hablar de cómo queremos vivir cuando dejamos de trabajar. No todas las personas llegan a la jubilación con los mismos recursos: algunas han podido ahorrar durante años; otras han trabajado con salarios modestos, sufrido precariedad o dedicado parte de su vida a cuidar de familiares.
Desde mi experiencia como directora de un centro de día para personas mayores en situación de dependencia, veo que la seguridad económica importa también cuando aparecen necesidades de atención y cuidados. Los ingresos condicionan las posibilidades de afrontar los gastos cotidianos y esta realidad no debería ignorarse al debatir el futuro de las pensiones.
El sistema público tiene retos que deben abordarse, pero cualquier reforma debe explicar qué garantías ofrece y qué ocurrirá con quienes no puedan ahorrar lo suficiente.
Haber tenido menos oportunidades económicas no debería condenar a nadie a vivir una vejez con menos dignidad. Cuidar de quienes han trabajado toda su vida también significa garantizarles seguridad y tranquilidad.
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