Las vacaciones de mi juventud
Eran las cinco de la mañana. Mi padre preparaba el carro mientras mi madre terminaba de llenar los capazos de provisiones para pasar 15 días de descanso en la playa. Nuestro destino era la caseta del tío Baptista, a 15 km en la Mediterránea. Mi madre distribuía con toda la eficacia el espacio del carro. En los bajos se situaban las provisiones y los enseres, encima, extendido el colchón, mi hermana y yo dormíamos en el viaje. Un cajón de madera atado a un lateral del carro transportaba los animales vivos, dos gallinas y un conejo.
Emprendido el camino hacia la playa, llegamos a la N-332. Allí era parada obligada un antiguo hostal de carretera que desprendía olor a tabaco y café. Mi padre se tomaba dos 'coñacs' para hacer frente al duro día que se le presentaba. Había que seguir, cruzar la N-332 y la vía del tren con el carro y la familia a bordo. Mi padre cogía el animal del morro y cruzaba la carretera y la vía del tren en línea recta, fijándose en que no pasará ningún vehículo ni ningún tren.
Ya llegado al destino, el carro era nuestro hogar. Allí se juntaban varias familias y la convivencia era de lo más agradable. Cada dos días se mataba un animal vivo y se repartía entre las familias. Era un sistema para tener carne fresca todos los días. Las mañanitas era tiempo de un paseo por la orilla del mar recogiendo peces y pechinas. En fechas señaladas, paella y puchero. Sobre las dunas, mirando al mar, un techo de carrizo nos resguardaba del sol. No teníamos neveras, el hielo se repartía a barras. La luz era de lámparas de carburo, después llegaría el butano. Al no tener televisión, las noches eran de lo más divertidas. Se cantaba y se bailaba en la mayoría de los lugares. Los Carabineros de la Guardia Civil compartían a veces su guardia con nosotros.
Mucho me atraen esos recuerdos del pasado y que uno vivió y recuerda con agrado y nostalgia. Hoy ya nada es igual, todo ha cambiado, pero seguimos aún visitando el mar, la mar.
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