No contaba con enamorarme, pero la segunda gran historia de mi vida vivía en el piso de arriba

No contaba con enamorarme, pero la segunda gran historia de mi vida vivía en el piso de arriba Miia

El ascensor tardó apenas unos segundos en subir cuatro pisos. La vi por primera vez. Habíamos compartido aquel trayecto cientos de veces durante casi cuarenta años. Y, sin embargo, aquel día ocurrió algo que jamás habría imaginado. Ella era la misma vecina de siempre. Yo ya no era el mismo hombre.

Si me preguntan si tenía en mente volver a casarme lo hubiera negado rotundamente. Belén era la mujer de mi vida, y no concebía una vida con otra persona que no fuera ella. Pero la vida había preparado mi corazón y el de Mari para que se encontraran por caminos muy distintos.

Belén

Cuando llegamos al edificio yo tenía 37 años y estaba felizmente casado con Belén. Teníamos 4 hijos y nos mudamos a un edificio de viviendas del barrio madrileño de Carabanchel. Y hemos sido muy felices.

Mis hijos fueron casándose. Experimentamos la tristeza del síndrome del nido vacío cuando se casó Elena, nuestra hija pequeña y entonces empezó una nueva etapa en la que Belén y yo disfrutamos de nuestra entrega el uno al otro. Veíamos un horizonte de tiempo precioso para estar juntos, querernos y dedicarnos más tiempo de calidad. Pero un diagnóstico fatal cambió el rumbo de nuestras vidas.

Belén empezó a perder poco a poco la memoria y, con ella, tantas cosas que habían formado parte de nuestra vida. Durante diez años casi todo consistió en cuidar. Sufrí mucho porque estuviera bien atendida, pero era un sufrimiento que me confirmó la belleza del matrimonio y mi amor por ella.

Conforme se acercaba el desenlace me fui concienciando de la soledad que me esperaba. Belén falleció hace 2 años. Las enfermedades degenerativas tienen una extraña dureza: mientras te van quitando poco a poco a la persona que amas, también te obligan a prepararte para despedirte de ella. Como soy creyente, entendí que Dios me ayudaría a superar el dolor de su pérdida y me acompañaría en esa soledad que se instalaría en mi vida.

Funeral, entierro y una nueva etapa de soledad empezaba en mi vida.

Mari

Desde hace casi 40 años vivo en el cuarto piso, encima de la familia de Rafa y Belén. Mis padres y yo llegamos al edificio varios años antes que ellos.

Soy hija única y siempre estuve soltera. Aunque conocí a varios chicos en mi juventud, nunca conseguí formar pareja estable. Mis padres enfermaron pronto y decidí desde bien joven dedicarme en cuerpo y alma a ellos.

Me llamo Marisa, aunque en el vecindario me conocen familiarmente como Mari. Mis padres y yo fuimos siempre muy cariñosos con los hijos de Rafa y Belén: les regalábamos un detalle en sus cumpleaños y seguíamos las noticias de su hogar con interés. Mi padre falleció hace algo más de 6 meses antes de que lo hiciera Belén.

El primer vuelco de mi corazón por Rafa ocurrió después del funeral de Belén. Éramos vecinos de siempre, y cuando me dijo que había fallecido su esposa me pareció oportuno asistir a los actos de entierro.

Unos días después, me desperté llamativamente alegre sin entender muy bien porqué: mi padre había fallecido hacía ya más de 6 meses pero todavía me costaba coger una nueva rutina. Durante cuarenta años, mi vida había consistido en cuidar de mis padres. De pronto ya no tenía a quién preparar el desayuno. Estaba sola después de toda una vida viviendo con mis padres y esa herida no lograba sanarla.

Recuerdo que esa mañana necesité ir al supermercado. Rafa estaba comprando como hacía habitualmente y le notaba cabizbajo. Llevaba la cesta arrastrando y, casi sin pensarlo, fui a ayudarle. Nuestras manos se tocaron apenas un instante. Solo fue un roce de piel, pero sentí el calor de su mano como si el tiempo se hubiera detenido. Por primera vez imaginé cómo sería volver a coger de la mano a alguien. Aquel breve contacto me acompañó durante todo el día. Rafa ni siquiera se dio cuenta: entendí que seguía profundamente herido por la ausencia de Belén.

Lo primero que pensé fue que aquello no podía estar pasándome. ¿Estaba loca? Enamorarme de alguien a esta edad no estaba en mis planes. Estaba concibiendo mi vida en soledad y un encuentro con una persona que conocía de toda la vida me había sacado de mi aparente felicidad en esa soledad. No podía dejar de pensar en Rafa y esto me hacía sentir culpable: Belén había sido mi amiga.

Durante cuarenta años vi a Rafa como el marido ejemplar de Belén. Jamás permití que mi corazón cruzara una línea que no debía cruzar. Pero cuando ella se fue, un día cualquiera, mientras nuestras manos coincidían sobre el asa de una cesta del supermercado, comprendí que ya no estaba mirando al marido de mi vecina. Estaba mirando a un hombre bueno, profundamente solo. Y sin buscarlo, sentí un deseo inmenso de cuidar de él el resto de mi vida. Pero Rafa no estaba preparado para dar el paso todavía.

El ascensor

Todavía hoy, cuando paso por la heladería donde llevábamos a los niños los domingos, sigo mirando por un instante hacia la mesa donde solíamos sentarnos Belén y yo. Y, aun así, con el paso de los meses fui recuperando una rutina: paseos por el barrio, compra en el supermercado cada 15 días, vermú en el bar de la esquina, cuidar a los nietos (ahora sí que podía dedicarme al 100% a ellos)... Todo encajaba en esta nueva vida. Pero en esa nueva rutina un encuentro me sacó de la paz que poco a poco había encontrado.

Un día coincidimos en el ascensor Marisa y yo. Ella me saludó como lo había hecho durante estos casi 40 años compartiendo vecindario. Sin embargo, me sobresalté ante su voz. No había cambiado nada en ella. Era yo quien, de pronto, parecía verla por primera vez. Me quedé mirándola despacio y entonces, nuevamente, noté un impulso fuerte de atracción por ella.

 

No contaba con enamorarme, pero la segunda gran historia de mi vida vivía en el piso de arriba

 

"Una vecina encantadora", así la habíamos concebido Belén y yo durante tantos años. 40 años estando a su lado y ahora tenía que robarme el corazón. Sentía que estaba traicionando un amor que seguía viviendo dentro de mí. Subí a casa deshecho. Por momentos volvía con el pensamiento a la escena del ascensor y no recuerdo qué hablamos: solo recuerdo sus ojos clavados en mí y sonriendo de un modo nuevo. Estaba enamorado de Mari, esa vecina que nos conoce perfectamente. Aquella noche no dormí, el corazón se me iba a ella y latía fuertemente. Miré el reloj una y otra vez. A las tres de la mañana seguía despierto.

Los siguientes días noté como me alteraba cada vez que coincidía con ella. Era incapaz de controlar el deseo que sentía por estar con ella. Cada segundo se convertía en una hora, y tenía que disimular mucho mi agrado con su presencia.

Después de dos semanas de aquel "primer" encuentro en el ascensor, no aguanté más: subí a su casa y llamé a la puerta. Cuando me abrió la puerta, encontré el rostro de Mari encendido. No hizo falta hablar mucho: la invité a cenar en mi casa esa noche y aceptó. Nos despedimos con un primer beso silencioso pero prolongado. Su mirada al cerrar la puerta me hizo entender que habíamos dejado de ser simplemente vecinos.

Esa noche preparé una cena especial, midiendo cada detalle, estaba perdidamente enamorado de ella y quería agasajarla con una cena romántica. En esa primera velada juntos Mari me confió:

—Yo me enamoré de ti antes.

Me quedé mirándola sorprendido.

—¿Antes?

—En el supermercado. Tú ni siquiera te diste cuenta.

También me dijo que recordaba mi mirada en el ascensor aquel día que encendió su esperanza por hacer realidad aquel flechazo que ella vivió en el supermercado.

Fue un encuentro hermoso. La cena había empezado a las nueve y cuando miramos el reloj eran casi las dos de la madrugada. Antes de despedirnos nos abrazamos en el sofá y Rafa me besó en la frente. Cerré los ojos y me dejé querer.

Los siguientes días fueron de menos a más: desapareció esa nueva rutina, empecé a poner excusas para cuidar a mis nietos, queríamos pasar mucho tiempo juntos. Llevábamos media vida observándonos sin darnos cuenta. Conocíamos los gustos del otro antes incluso de empezar a salir. Crecimos muy rápido en la relación.

Una segunda oportunidad

Mis hijos empezaron a sospechar que algo me pasaba y tuve que dar el paso de contárselo. No sabía que podrían pensar, estaba locamente enamorado de Marisa, la vecina de arriba que tanto les había querido, pero ¿lo entenderían? 

Como dije al principio, somos una familia creyente. Al primero al que acudí fue a Joaquín, uno de mis hijos, que es sacerdote. Me escuchó en silencio. Le abrí el corazón. Le conté que desde hacía un mes no podía pensar en otra cosa que no fuera ella. Incluso cuando rezaba o iba a Misa, era incapaz de hablar a Dios sin que saliera Marisa. ¿Estaba haciendo algo malo? Cuando terminé de hablar, Joaquín sonrió y me preguntó:

—Papá, ¿eres feliz cuando estás con ella?

—Sí.

—Entonces deja de tener miedo. Llevas 10 años desviviéndote por mamá, ahora te toca dejarte querer. ¿Y si esta segunda oportunidad también viniera de Dios?

Aquella conversación encendió todavía más mi sueño de vivir junto a Mari. A los pocos días organicé una comida en casa con todos mis hijos y anunciamos nuestra relación. Todavía mientras escribo estas líneas noto los aplausos, besos y abrazos que nos dimos. Entendieron que todo estaba planeado por alguien.

10 años de alzhéimer me habían ayudado a entender el matrimonio como entrega... Pero fue muy duro dejar de recibir amor y cariño. Desde que empecé la relación con Marisa, descubrí nuevamente la preciosidad del matrimonio como un dar y recibir. Es verdad que el amor que nos tenemos Mari y yo no se expresa como en la etapa de juventud, pero esa soledad que llevaba interiorizando desde antes del fallecimiento de Belén desapareció poco a poco.

Marisa es una mujer encantadora, un don del cielo, y después de casi 40 años cuidando de sus padres ahora me cuida a mí. Si me levanto a poner la mesa, enseguida se levanta detrás de mí.

—Mari, siéntate.

—Déjame ayudarte.

—No. Ahora me toca cuidarte un poco a mí.

Mi tarea ahora es enseñarla a recibir amor, que me deje hacer, y eso es precioso. Ella había cuidado a sus padres durante décadas. Yo había cuidado a Belén hasta el final.

La boda fue preciosa: ella lo eligió todo. Yo ya había pasado por ese día de fiesta y quería que ella fuera la que lo decidiera todo: era su día. Mientras le ponía el anillo pensé que aquel gesto ya lo había hecho una vez. Y, sin embargo, aquel momento era completamente nuevo. Después de una Misa entrañable celebrada por mi hijo Joaquín, celebramos un banquete sencillo con la familia cercana. Globos, payasos, chuches... Queríamos que fuera una fiesta familiar, pensando en todos los nietos más que en nosotros.

 

No contaba con enamorarme, pero la segunda gran historia de mi vida vivía en el piso de arriba

 

Quién me iba a decir que el amor de esta segunda etapa de mi vida me estaba esperando en el piso de arriba. Ninguno imaginaba que, cuando ambas historias terminaran, empezaría una nueva.

¿Dónde queda Belén en todo esto? A veces, cuando Mari ya duerme, miro al techo y pienso en Belén. Alguna lágrima se me escapa. No porque dude de este amor, sino porque los grandes amores nunca desaparecen del todo. Mi hija Elena fue quien me regaló la frase que necesitaba oír: Belén desde el cielo es feliz comprobando el gran corazón que tienes. Vive a fondo este amor noble: hará feliz a Belén en el cielo y a Marisa en la tierra.

El ascensor sigue tardando apenas unos segundos en subir cuatro pisos. Seguimos compartiendo ese mismo trayecto que hicimos cientos de veces sin que pasara nada. Solo que ahora, cuando se cierran las puertas, Mari me aprieta la mano como aquel primer día. Los vecinos sonríen al vernos. Dicen que parecemos dos adolescentes. Yo también lo creo. Solo que, a diferencia de cuando tenía veinte años, ahora he descubierto que un amor noble y limpio nunca sustituye a otro: ensancha el corazón para poder amar otra vez.


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