Incendios, cambio climático y solidaridad

La OCU recuerda que el Consorcio no cubre daños por incendios forestales (Francisco J. Olmo / Europa Press) Miia

A la hora de vincular los incendios al cambio climático destacan dos posturas: la de quienes los interrelacionan por intereses políticos, para conseguir votos, y la de aquellos que, por motivos diversos, hacen del ecologismo su obsesión e incluso su modus vivendi. Sin lugar a dudas, todos hemos de respetar y cuidar la naturaleza, con sus bosques y animales; pero, por encima de ellos y, sin ningún género de dudas, están las personas y sus bienes. Y esto, con frecuencia parece olvidarse.

Abandonar los bosques, impedir que los animales entren en ellos y se alimenten, no mantener los cortafuegos, frivolizar con los medios terrestres y aéreos necesarios para controlar y extinguir los incendios, dejándolos inutilizados por falta de mantenimiento, averías o por no adquirirlos al considerarlos demasiado caros, cuando lo que está en juego es la supervivencia de personas, pueblos, animales, cultivos y bosques, es gravísimo y merece la mayor de las condenas. Excusarse en la falta de recursos económicos, cuando resulta que este año la recaudación por el IRPF ha aumentado un 20%, es una desfachatez inadmisible.

Suerte tenemos de que la solidaridad humana, junto con la intervención de los bomberos y de los diferentes cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, llega a extremos impensables, como vemos cada vez que las fuerzas de la naturaleza provocan tragedias. Tragedias que se multiplican como consecuencia de deficientes políticas de limpieza y mantenimiento de bosques, barrancos y cauces fluviales.

Que el clima cambie y sea el culpable de las tragedias no es excusa, pues el clima siempre ha cambiado y sabemos que el planeta ha pasado por diferentes épocas climáticas. Considerar que dicho cambio se debe principalmente, a la intervención del hombre, es decir, al crecimiento de la población y a la contaminación derivada del progreso, puede ser válido para explicar un aumento de uno o dos grados de temperatura, pero poco más. Y si, para tratar de evitarlo, la solución consiste es reducir el crecimiento de la población y despreciar el progreso, difícilmente puede imaginarse un planteamiento peor.


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