Experiencia y valor
Hay una contradicción que se ha vuelto tan habitual que casi pasa desapercibida. Celebramos que la inteligencia artificial mejore cuanto más aprende, más datos acumula y más situaciones conoce. Al mismo tiempo, en muchas organizaciones, esa misma lógica se invierte cuando se aplica a las personas: superar cierta edad se convierte en motivo de descarte. Lo que en la máquina se considera una ventaja competitiva, en el ser humano se interpreta con frecuencia como un lastre.
En la inteligencia artificial, el valor aumenta con el volumen de información, el contexto y el aprendizaje acumulado. Cuantos más datos procesa y más situaciones conoce, mayor capacidad tiene para establecer relaciones, proponer soluciones creativas y adaptarse a nuevos desafíos. Nadie cuestiona esa lógica; al contrario, es la base de su evolución. Cada iteración, cada nuevo conjunto de datos, cada ajuste del modelo se presenta como un avance. La experiencia, en este caso, no envejece, se multiplica.
Sin embargo, cuando hablamos de personas, con demasiada frecuencia ocurre lo contrario. La experiencia, que debería ser un activo estratégico, se convierte en un motivo de exclusión. Se pierde así el conocimiento adquirido tras años de resolver problemas complejos, liderar equipos en momentos de incertidumbre, gestionar crisis reales y desarrollar una visión que solo el tiempo y la práctica pueden proporcionar. Ese saber no aparece en un currículum de forma automática ni se puede resumir en una lista de competencias técnicas. Es un capital intangible que se construye con aciertos, errores, negociaciones difíciles y decisiones tomadas bajo presión.
La creatividad no surge únicamente de la innovación espontánea ni de la frescura de quien llega por primera vez a un problema. Surge también, y a menudo de forma más sólida, de la capacidad para conectar aprendizajes distantes, reconocer patrones que se repiten a lo largo del tiempo y combinar experiencias diversas. Esa es una cualidad que comparten tanto una inteligencia artificial entrenada con grandes volúmenes de información como un profesional con una larga trayectoria. La diferencia es que, en el caso de la persona, esa capacidad ha sido puesta a prueba en contextos reales, con consecuencias humanas y organizativas concretas.
Descartar sistemáticamente a quienes acumulan décadas de recorrido no solo es injusto, es ineficiente. Se pierde la memoria institucional, se debilita la capacidad de anticipar riesgos y se empobrece la toma de decisiones. Las organizaciones que apuestan exclusivamente por la juventud corren el riesgo de reinventar de forma cíclica soluciones que ya se probaron, y a veces fallaron, años atrás. La velocidad de aprendizaje de las nuevas generaciones es valiosa, pero necesita el contraste del criterio de quienes ya han visto cómo se desarrollan los ciclos completos de un proyecto, de un mercado o de una crisis.
Si admiramos la inteligencia artificial porque aprende de su pasado para construir mejores respuestas, resulta profundamente incoherente infravalorar a quienes han hecho exactamente lo mismo durante décadas. La verdadera innovación no consiste en sustituir la experiencia por la juventud, sino en combinar el impulso, la energía y la apertura de las nuevas generaciones con el criterio, el conocimiento y la perspectiva de quienes ya han recorrido el camino. Los equipos intergeneracionales, cuando se gestionan bien, no son un gesto de inclusión: son una ventaja competitiva.
Quizá el desafío no sea elegir entre experiencia o futuro, sino comprender que el futuro se construye precisamente sobre la experiencia. Ignorarlo no solo empobrece a las organizaciones, nos deja a todos un poco más ciegos ante lo que ya hemos vivido y, por tanto, menos preparados para lo que está por venir.
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