Miércoles 25 de febrero de 2026
6 minutos
A las puertas de los Goya, 2025 ha sido un año curioso para el cine español. Curioso porque, sobre el papel, parecía ser un año prometedor, especialmente a nivel nacional. Un año de autor. Un año de volver al cine, literalmente. Volvieron al cine un histórico Amenábar con el ‘Cautivo’ (2025), una introspectiva Carla Simón con ‘Romería’ (2025), una espiritual Alauda Ruiz de Azúa con ‘Los domingos’ (2025) y un explosivo Oliver Laxe con ‘Sirāt’ (2025), entre otros.
Sin embargo, a pesar de que no era difícil pensar que el cine español llegaba a la temporada anual de premios con una cosecha sólida, la imagen que devuelven los datos de la taquilla española no es precisamente triunfal, es más bien desastrosa. Solo cabe preguntarse qué está pasando. ¿Por qué no estamos yendo al cine? O mejor dicho, ¿para qué? Porque tal vez 2025 no haya sido un fracaso absoluto, sino la prueba de que el cine en salas está dejando de ser un hábito, un ritual, para pasar a convertirse en otra cosa.

Sin broche de oro
Según los datos, la taquilla española cerró 2025 con 65 millones de espectadores, lo que supone un alarmante descenso de aproximadamente un 11% respecto a 2024, que cerró con 73 millones. La comparación entre ambos años y 2019, el último año "normal” para el cine antes del COVID, evidencia todavía más el problema. La taquilla española en 2019
acumuló 105 millones de espectadores. La caída en asistencia al cine desde 2019 es de casi un 40%. Cabe decir que 2022 y 2023 fueron años de recuperación, pero el descenso volvió en 2024 y 2025 lo confirma.
Lo más curioso es que ni con ventaja sobre un 2024 totalmente condicionado por la huelga de actores y guionistas de Hollywood, y el consecuente desplazamiento de estrenos, consiguió levantar cabeza 2025. Sí, el primer semestre cerró con un ligero aumento del 3% de asistencia, pero ese aumento respecto al año anterior se debe precisamente al deformado calendario de 2024. La caída es irregular, pero mucho más evidente en el segundo semestre, el tramo más importante del año para la comparación. En octubre, la asistencia cayó un 28% y en noviembre un 31% en comparación con 2024. Un cierre de año desastroso.
Aunque, si bien no ha sido un año bueno para la salud de nuestra taquilla, el cine internacional la lidera. Mientras, el cine español mantuvo en 2025 los 12 millones de espectadores frente a 2024. Pero ese es precisamente el problema, que sigue sin crecer. De entre las 10 películas más taquilleras de nuestro país en 2025 solo hay una española y es ‘Padre no hay más que uno 5’ (2025). Lo mismo ocurrió en 2024 y lleva ocurriendo año tras año desde 2019. Los únicos dos años desde entonces en los que ha habido más de una sola película española en nuestro top 10 fueron 2020 y 2022. Además, ambos años también los lideró la franquicia de Segura.
Del ritual al plan
Con los datos encima de la mesa, sería fácil quedarse en las cifras y señalar culpables al azar. Pero los números, por sí solos, únicamente describen la caída, no la causa. Para entender qué está pasando y por qué 2025 ha sido un año tan malo, hay que entender qué es lo que mantiene a la gente tanto fuera como dentro de las salas y por qué. Porque tal vez el problema no sea únicamente que se vaya menos al cine, también es posible que el acto de ir al cine esté cambiando de contexto y de significado.
Cuando se pregunta por qué la gente no va al cine, la verdadera respuesta no tiene la épica que algunos críticos buscan. Ni es una guerra cultural, ni es una falta de educación, ni es culpa de las nuevas generaciones. Es algo mucho más simple. La gente, ahora más que nunca, piensa primero con su tiempo y después con su bolsillo. En un mundo con largas jornadas, con menos tiempo de ocio y menos tiempo para pensar uno vuelve al hogar y tiene un millón de cosas en las que ocupar su tiempo antes que ir al cine. Por eso, el cine en salas no está perdiendo solo espectadores, también está perdiendo su función. Antes era un hábito. Un ritual. Ahora es un plan. Las salas están dejando de ser el lugar del cine y están pasando a ser el lugar del evento, el lugar del plan. El consumo de cine no está desapareciendo, se está desplazando.
¿Qué le ofrece a la gente hoy una sala que no le ofrezca su casa? La respuesta fácil sería hablar de la experiencia. Pero la experiencia, hoy en día para la mayoría, es un tipo de película y un tipo de momento. Uno puede ver ‘Predator: Badlands’ (2025) en su casa, pero no sería lo mismo que verla con amigos en una sala. También es razonable que no todo el mundo quiera hacer lo mismo con ‘Un simple accidente’ (2025) o ‘Romería’. No porque sean mejores o peores, sino porque son un poco más exigentes. Y es que tal vez, la experiencia en salas esté pasando a convertirse en algo más social que intelectual, algo más accesible que de nicho. Por eso es un error llevarse las manos a la cabeza cuando una película de autor, obras hechas por y para un nicho, no llenan las salas. Porque, a su vez, es un error pensar que la diversidad cultural se mide por aforo.
Del plan al ritual
2025 tenía los ingredientes perfectos para reconciliar al público con las salas: potentes regresos, cine de autor e historias que prometían levantar cejas e incentivar la conversación. Y a pesar de ello, lo que los datos reflejan no es el renacer romántico de las salas del que nos gustaría hablar cuando se acercan los Goya. La realidad de lo que los datos reflejan es el hecho de que las salas ya no se llenan por la importancia cultural del cine. Se llenan cuando existe un motivo para ir, la promesa de una experiencia. Y esa promesa hay quienes la entienden mejor que otros. Cuando la sala se convierte en el lugar del evento, el cine que mejor se adapta es el que mejor entiende de eventos. Es precisamente por eso por lo que el cine internacional es el que mejor aguanta el golpe.
Lo cierto es que no solo ha sido un año malo en taquilla. Ha sido también evidencia de algo más importante: un cambio. ¿Dónde deja ese cambio a los consumidores? Eso depende del ecosistema que quieran sostener. Es evidente que lo que mantiene la economía de la industria es el cine fabricado para la mayoría. El cine que se anuncia como un plan y que no exige demasiado al espectador. Pero entonces, las obras que no se hacen para complacer, sino las que se hacen para expresar algo, se quedan sin sitio. Y cuando el cine más exigente se desplaza exclusivamente a lo doméstico, pierde aquello que hacía precisamente de la sala un espacio cultural. El encuentro, la conversación, el ritual...
Si las salas se quedan solo para lo que funciona como evento, si se va al cine solo cuando merece la pena ir o cuando es un buen plan, el cine que realmente quiere hablarnos corre el riesgo de quedarse en nuestras casas. Y a pesar de que eso no necesariamente consituya un empobrecimiento de la diversidad cultural, sí que hará que dejemos de compartir esa misma diversidad como lo hacíamos antes. La experiencia ahora es privada, exclusiva y solitaria. Y eso, a puertas de los Goya, no debería ser anecdótico. Debería ser una advertencia.



