Miles de mayores portugueses, atrapados en hospitales porque no tienen a dónde ir
Más de 3.400 camas hospitalarias están ocupadas por personas mayores que ya tienen el alta médica
Los datos son contundentes y recientes. La Asociación Portuguesa de Administradores Hospitalarios (APAH) reveló el 2 de junio, en una audiencia parlamentaria, que los "internamentos sociais" —personas ingresadas en hospitales sin necesidad clínica, simplemente porque no tienen a dónde ir— han superado las 2.807 camas contabilizadas en marzo. El presidente de la APAH, Xavier Barreto, fue directo: "Los hospitales son la válvula de escape de un sistema disfuncional que falla por la Seguridad Social". El coste directo para el Estado supera los 350 millones de euros anuales, aunque Barreto advierte de que la cifra real es "bastante superior" porque se calcula sobre tablas de precios desactualizadas.
Dos días después, el 4 de junio, el presidente António José Seguro elevó el tono en la apertura del 15.º Congreso Nacional de las Misericordias, las centenarias instituciones de solidaridad social que constituyen la espina dorsal del cuidado de ancianos en Portugal. Seguro no utilizó eufemismos: "La solidaridad de la sociedad civil no puede sustituir la responsabilidad primera del Estado". Y describió el envejecimiento demográfico como una "bomba de relojería" que exige políticas estructurales inmediatas, capaces de atravesar legislaturas y no depender de calendarios electorales.
Las cifras que ofreció el presidente son un retrato de urgencia. Según la OCDE, Portugal es el tercer país de la Unión Europea con menos camas por mayor en residencias. En el sector privado, una plaza cuesta dos veces y media el valor de la pensión media. Las mensualidades de los hogares de mayores han subido entre 200 y 250 euros en un solo año. El 70% de las residencias está completamente ocupado y con lista de espera; en el 36% de los casos, la espera supera los seis meses. Y en el horizonte de 2050, Portugal será el cuarto país del mundo con mayor proporción de población por encima de los 65 años.
Para un lector español, estas cifras deberían provocar algo más que empatía transfronteriza: deberían encender una señal de alarma. Porque España, con su propio desafío demográfico, camina por una senda paralela. La diferencia —y aquí reside quizá lo más revelador del caso portugués— está en los cuidados domiciliarios. En Portugal, solo el 2% de los mayores de 65 años recibe cuidados de larga duración, frente al 12% de media en la OCDE. De ese exiguo porcentaje, apenas el 34% recibe apoyo en su domicilio. En España, esa cifra alcanza el 83%. Son mundos distintos.
El dato de los cuidadores informales completa el cuadro. Portugal estima que tiene 200.000 personas cuidando a familiares dependientes. Solo 20.000 tienen un estatuto reconocido oficialmente, y apenas 8.000 reciben algún tipo de apoyo económico: 590 euros al mes como máximo. Xavier Barreto formuló la pregunta que resume la tragedia: "¿Alguien puede dejar de trabajar, pagar facturas y cuidar de sus padres con una ayuda de 500 euros?". La respuesta es obvia. El silencio político ante esa evidencia, ensordecedor.
Lo que Portugal está viviendo no es un fallo puntual del sistema. Es el resultado de décadas de inversión insuficiente en el cuidado de los mayores, agravado por una transformación del modelo familiar que ningún gobierno ha querido o sabido acompañar con políticas a la altura. Como explicó Barreto en el Parlamento: "Veníamos de un modelo muy latino, en el que existía una gran solidaridad intergeneracional, tres generaciones vivían bajo el mismo techo, unos cuidaban de otros y las familias eran muy grandes. Eso se acabó".Lo que no se acabó —y esto es lo preocupante— es la expectativa de que ese modelo inexistente siga funcionando.
Las Misericordias, con sus 388 instituciones, 508 estructuras residenciales para mayores, 52.000 trabajadores y 158.000 personas atendidas cada día, están sosteniendo lo que el Estado no alcanza a cubrir. El propio Seguro reconoció que la respuesta a los internamientos sociales en hospitales "solo se está consiguiendo gracias a las camas proporcionadas por las Misericordias". Y añadió un detalle que dice mucho del momento: en muchas localidades del interior portugués, quienes cuidan de los ancianos son inmigrantes de media docena de nacionalidades distintas. Son ellos, muchas veces en silencio, quienes evitan el colapso.
España puede mirar este espejo con cierta distancia, pero no con complacencia. Nuestro sistema de dependencia, con todos sus defectos —listas de espera que se cuentan por años, financiación insuficiente, una ley de 2006 que aún no se ha desplegado por completo—, al menos existe como marco legal y como compromiso del Estado. Portugal carece de un equivalente con esa ambición. Y cuando un presidente de la República se ve obligado a utilizar la expresión "bomba de relojería" para referirse al futuro de sus propios mayores, la cuestión deja de ser técnica para convertirse en moral.
El verdadero escándalo no son las 3.400 camas hospitalarias bloqueadas. El verdadero escándalo es que esas personas —que trabajaron toda su vida, que cotizaron, que construyeron el país que hoy es la vigésima economía de la Unión Europea— dependan de la caridad organizada o de la suerte familiar para vivir sus últimos años con un mínimo de dignidad. Ninguna sociedad que se precie de civilizada debería tolerar esa ecuación. Ni en Lisboa ni en Madrid.