Querido Tico:

Ya que parece que te has ido, déjame que te dé las gracias. Y todavía te preguntarás por qué tengo que agradecerte algo, pero como ahora me has dado chance y veo que no me das a decir aquello de “anda, calla y sigue”, pues vuelvo a agradecerte lo aprendido de ti. 

Vuelven a resonar tus elogios que nunca entendí del todo. Sabes que soy un bicho raro y quizá, porque tu también lo eres, te sentías identificado. Sé que me quieres y que me admiras por alguna cosa que he hecho; y además me lo dices siempre que nos vemos… excepto hoy, que han sido tus hijos Nacho y Salva los que me lo han recordado. Y sabes que no entiendo muy bien los cariños de la gente porque ni yo mismo me quiero tanto, pero me emociono cada vez que lo dices. Gracias por eso. 

Gracias por tu carácter, amable y cercano pero sin perder la dureza de los buenos líderes. Porque tu carácter lo has mantenido contra viento y marea. Me ha contado hoy Nacho cosas de estos últimos días que quedan para vosotros, pero que a mi me obligan a subrayar la admiración por ti. El que pisa fuerte y está seguro de sus botas no afloja el paso jamás. Y así eres, un gran conversador y el crítico más duro con sólo una mirada. ¿Por qué, si no, se hubieran puesto a tus pies Nixon, Castro, Che Guevara, John Lenon, etc? Eso es un don, el de la empatía y el afán por la cultura. Tú te sientes seguro y haces que el de enfrente se sienta también así.

Te estoy tratando de tú y en presente porque para mi no te irás, y donde estés te encontraré. No hace mucho leí a alguien que decía que “a la tumba hay que llegar derrapando, ensangrentado y con los huesos rotos por haber exprimido la vida”. Y eso es lo que has hecho. ¡Cuánta gente gasta su tiempo pensando en cómo ha de morir y en cómo llegar a viejo sin arrugas ni achaques sin darse cuenta de que se han perdido algo tan exclusivo como es el regalo de estar vivo.

Sabes que tengo más vidas que una familia de gatos, y las voy consumiendo, poco a poco “non vaia a ser o demo”, como dicen por Galicia. Y en una de esas “muertes” experimenté esa paz y vi esa luminosidad extraordinaria en la que mi abuelo Martín, un cascarrabias de lujo, con otros familiares detrás de él me decía “ven con nosotros y estate tranquilo”, con una expresión de felicidad que nunca había visto en él. Y si mi abuelo vino a buscarme, aunque finalmente no me fui con él, estoy seguro de que alguien ha hecho lo mismo contigo y ahí estarás, esperando a que poco a poco todos vayamos cerca de ti.

Tico, ser como tu no es sencillo. Ya no hablo de la persona sino del reportero. ¿De dónde sacas el tiempo para tanto? ¿Dónde apuntalas tu sonrisa para no perderla nunca? ¿Dónde está el secreto que seguramente sólo conozca tu querida Maini y tus hijos, discretos como nadie? 

Gracias, Tico, por haberte conocido y haberme elegido en alguna ocasión para hacerte unas fotos que a otros no les permitirías; porque eso implicaba abrirle las puertas de tu casa. Y conmigo lo hiciste. 

Sobre el autor:

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Fernando Quintela

Fernando Quintela es periodista y director institucional de 65Ymás.

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