Es realmente curioso ver como lo que está ocurriendo ahora, de alguna manera, ya sucedió antes.

Los romanos, siempre los romanos, ya pasaron por todas y condensaron mediante escritos su historia, en los que reflejaron su experiencia y crearon códigos de conducta para un ordenamiento jurídico y social.

La cultura, como se debería siempre tener en cuenta, es el pilar fundamental para el progreso de un pueblo o lo que es lo mismo: sin cultura no hay futuro. Hasta aquí, todo parece ser de sentido común, pues es entendible, indiscutible e irrefutable.

Entonces; ¿porque muchos de los que ejercen el poder, eliminan todo lo que suene a cultura? La respuesta es fácil: porque la cultura es el ejercicio de la mente en estado libre y eso no les interesa, porque para pensar ya están ellos.

Pan et circenses

Volvemos a los romanos. Durante los siglos de esplendor, el poder se centró en un modelo de gobierno y en una filosofía que les permitió convivir en armonía dentro de un estado de derecho que no es más que una comunidad social, con una organización política común y un territorio y órganos de gobierno propios, de la que es soberana e independiente políticamente de otras comunidades. Para conservarla, crearon lo de pan et circenses, cuya intención no era otra más que la de mantener a la gente alimentada y despreocupada en un estado de bienestar proporcionado exclusivamente por el gobierno.

Con ello se conseguía que el ciudadano pensara lo menos posible, pues no tenía que esforzarse en crear alguna solución a problemas que no se podrían generar y como consecuencia lo ideal era dejarse llevar y punto. El arte estaba reservado a “los grandes maestros protegidos por el poder” y los demás a la artesanía, lo que se convertiría en el motor de todos los oficios existentes. Es decir, pensar lo menos posible y cultura cero.  

Pero, siempre hay un pero, el gobernante de turno se relaja en su sillón creyéndose omnímodo por lo que el ciudadano comienza a buscar alternativas y cambios ante la monotonía del siempre lo mismo, o al sufrir las penas, miserias e impotencia ante cualquier pandemia, poder económico o de servicios básicos.

Ahora ocurre lo mismo, la capacidad de crear, revolucionar o proponer un cambio ha desaparecido o cuando menos reprimido con prebendas o estipendios generosos. Desde que inventaron los liberados sindicales, nadie se entera de nada. Ya no hay problemas de ninguna clase, vamos, hemos logrado el cuerpo perfecto, eterno, sin limitaciones ni enfermedades y sin fin traumático. Olé, olé y olé!!!

En mi ciudad ocurre lo mismo. Desde hace una década, el arte, la artesanía y la cultura popular ha dejado de ser un tema en la agenda de los gobernantes, tanto del Concello como de la Diputación. Decidieron que la cultura está obsoleta porque no les produce ningún beneficio, y es por lo que han considerado ignorarla, sin más.  

Hoy por hoy, para el gobierno que nos mal gobierna la cultura se limita a desempolvar viejas glorias del acervo cultural que, dicho sea de paso, en su tiempo fueron ampliamente ninguneadas. 

En mi municipio, hay un clamor popular que reclama su lugar en la cultura del aprendizaje y la creatividad. El alcalde y el presidente de la Diputación pasan de todo, van a lo suyo… porque para ellos, eso de la cultura, nunca supieron de qué iba la cosa. 

A pesar de todo, el río sigue cambiando continuamente y al poder absoluto le llega también su fin con la revolución de un pueblo que reclama su identidad y su cultura.

Los responsables, tan panchos, sin pensar en las negras consecuencias que esta situación les pueda acarrear. Todo esto, por pensar que con la pizza y el Netflix ya nos habían dado todo… y que eso era la cultura.

O sea, que volvemos a los romanos.

Sobre el autor:

Miguel Ángel Martínez Coello

Miguel Ángel Martínez Coello

Miguel Ángel Martínez Coello, alumno de los PUM de la Universidad de Vigo Campus de Ourense y Responsable de Prensa y Comunicaciones de FEGAUS.

 

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