Reflexión sobre la soledad: del vacío social al refugio interior

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Si atendemos a su definición más estricta, la soledad no es más que la mera ausencia objetiva de compañía. Sin embargo, al trasladarla al territorio del alma, se transmuta en un hondo sentimiento de abandono y desconexión; una fractura que escuece con especial nitidez cuando se produce en el seno de los vínculos más íntimos, allí donde la familia y el amigo prometían un refugio.

No nos detendremos aquí en la soledad fecunda: aquella que persiguen los pensadores y creadores como un santuario imprescindible para alumbrar el pensamiento y la obra.

Hoy urge reflexionar sobre la soledad no deseada, especialmente en el invierno de la vida, una etapa senil donde se vuelve preciso trazar dos distinciones fundamentales. 

En primer lugar, se yergue como un imperativo ético el deber de no desamparar a los ancianos que dependen de nosotros para los avatares del día a día.

A la fragilidad del cuerpo se suma entonces la herida de una dolorosa impotencia. Al ser humano le resulta incomprensible aceptar que sus propios hijos lo condenen al olvido, sobre todo cuando el mayor esfuerzo de su existencia estuvo consagrado a brindarles la seguridad y el bienestar de los que hoy disfrutan. Es el dolor del árbol que, tras haber dado sombra, es contemplado como leña inútil.

En segundo lugar, debemos meditar sobre el destino de quienes antaño gozaron de una alta relevancia social. Cuesta asimilar el vacío que la propia sociedad impone cuando se deja de ostentar el poder. El éxito y el reconocimiento tienden a alimentar nuestra vanidad –esa debilidad inherente a la condición humana–; por ello, resulta vital ejercitar una humildad constante mientras se habita la cumbre.

Los entornos de poder, marcados por una competencia feroz, no son propicios para tejer amistades sinceras. En realidad, a estas personas la soledad las ha acompañado como una sombra perpetua a lo largo de toda su vida, convenientemente oculta bajo el estruendo del aplauso.

Frente a este inevitable ocaso, según mi experiencia vital  la salvación radica en sostener una visión trascendental de la existencia. Si a lo largo de los años has cultivado una vida interior profunda y tu integridad personal ha guiado cada decisión, el silencio del mundo ya no se experimenta como un destierro, sino como el retorno al hogar. Es entonces cuando el vacío social se disuelve, y la soledad deja de ser una condena para convertirse, finalmente, en el refugio definitivo del ser.

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