Cada vez más cerca de fármacos efectivos contra el párkinson: "Estamos en un momento de esperanza"
Entrevista con el experto y neurólogo de la SEN, Álvaro Sánchez
La enfermedad de Parkinson afecta en España a cerca de 200.000 personas, buena parte de las cuales son mayores, y se espera que este número siga creciendo en los próximos años, a medida que la población envejece, debido a la inversión de la pirámide demográfica. Se estima que la prevalencia mundial crecerá más de un 100% en las próximas décadas superando los 25 millones de casos en 2050.
El cuidado y tratamiento de la patología es, junto al del alzhéimer, uno de los más importantes retos sociosanitarios a los que que tiene que hacer frente la sociedad actual.
Y es que se trata de trastorno neurodegenerativo que avanza de manera silenciosa durante años y que, cuando se manifiesta, sobre todo en etapas más avanzadas, requiere de un gran número de recursos para garantizar que el paciente pueda tener cierta autonomía y calidad de vida.
Con motivo del Día Mundial del Parkinson, Álvaro Sánchez, neurólogo y coordinador del Grupo de Estudio de Trastornos del Movimiento de la Sociedad Española de Neurología (SEN), conversa con 65YMÁS y explica a este diario en qué punto se encuenta la investigación contra esta enfermedad y qué queda por hacer.
Una enfermedad que no es sólo de mayores
Antes de nada, el experto destierra uno de los mitos más arraigados sobre esta dolencia: no es una condición exclusiva de la edad.
Si bien suele aparecer de media entre los "60 y 65 años", la realidad clínica demuestra que "uno de cada cinco están por debajo de 50 y tenemos pacientes por debajo de 30, 40".
Ahora bien, lamenta, el diagnóstico sigue retrasándose mucho, ya que, al comienzo, la sintomatología no es clara.
En esa fase inicial, detalla, la persona "nota que tiene un brazo rígido, que le duele o algún otro problema, porque se mueve un poquito peor o está más lento".
Esta ambigüedad sintomática provoca que la detección se demore "a veces incluso hasta dos años", ya que es habitual pensar "que es algo traumatológico" o, al detectarse una cierta falta de energía, "se piensa que es una depresión".
Una vez superado este bache y tras el impacto emocional del diagnóstico, prosigue el experto, la persona suele vivir una etapa de buen control farmacológico que puede durar "5 o 10, e incluso, algún paciente, 15 o 20 años". Y transcurrido este tiempo, terminan apareciendo las conocidas como "fluctuaciones", donde "la respuesta a la medicación se hace más errática" y empieza a manifestarse una mayor discapacidad y dependencia.

Un momento de "esperanza cautelosa"
Eso sí, este recorrido de la enfermedad, que afrontan miles de personas y su entorno cercano, podría cambiar en el futuro, puesto que el panorama científico atraviesa un punto de inflexión.
El neurólogo define la etapa actual como "un momento de esperanza". Hasta ahora, la medicina solo disponía de herramientas sintomáticas, pero ahora "empieza a haber fármacos modificadores de enfermedad que muestran algo de efecto".
El origen de esta revolución, aún en estado embrionario, reside en la comprensión biológica de la patología. Sánchez comenta que, en el párkinson, "se depositan en el cerebro unas proteínas que todos tenemos, pero con una configuración anormal". Y estos acúmulos tóxicos juegan un papel fundamental en el daño neuronal, argumenta.
Teniendo este mecanismo en cuenta y gracias a la inversión en I+D, los investigadores han tratado de corregir este proceso.
Por ejemplo, detalla, actualmente existe "un ensayo clínico fase tres" –la antesala a la comercialización– de un innovador tratamiento: el anticuerpo monoclonal Prasinezumab, desarrollado por la compañía suiza Roche, y que tiene el objetivo de "eliminar esas proteínas anormales y con eso intentar impactar positivamente en la progresión de la enfermedad".
Se trata de "un fármaco intravenoso que se pone mensualmente y que está dirigido a personas un poco en las fases más iniciales de enfermedad, menos de 3 años", apunta.
Además de esta importante vía, la ciencia está explorando el potencial de los fármacos anti-GLP-1 –habitualmente utilizados para la obesidad–, con estudios destacados en el Reino Unido, así como tratamientos específicos para las variantes genéticas de la enfermedad desarrollados en Estados Unidos, detalla.
Y de cara al futuro a medio y largo plazo, prevé que el abordaje imite al modelo oncológico, utilizando una combinación de varios fármacos simultáneos que ataquen diferentes mecanismos biológicos para maximizar su efectividad.
No obstante, Sánchez propone mantener una "esperanza cautelosa", puesto que todavía se debe probar que, efectivamente, estas terapias llegan a buen puerto.
El diagnóstico precoz
Otro ámbito en el que se está avanzando, apostilla, es en la detección precoz. El experto explica que existe una fase preclínica que puede ser incluso de 10, 15 o 20 años, en la que el cerebro utiliza "mecanismos compensatorios".
Sin embargo, actualmente, el diagnóstico médico sigue siendo sintomático, basado en la exploración neurológica y apoyado puntualmente por pruebas de medicina nuclear, que permite observar "cómo el cerebro utiliza la dopamina".
Con todo, puntualiza, los invetigadores ya están trabajando –aún en entornos acotados– con el uso de biomarcadores, como a través de los "ensayos de amplificación de semillas de alfa-sinucleína", una técnica que analiza el "líquido cefaloraquídeo" para buscar "estas proteínas que se están depositando de manera anormal".
Así, la visión a medio-largo plazo, en un ciclo estimado de "más de 5 o 10 años", es combinar estas pruebas con los nuevos fármacos. Es decir, identificar a personas con "síntomas premonitorios" –pérdida de olfato, problemas de sueño...– o "mutaciones en algunos genes", confirmar la presencia de proteínas tóxicas con una punción, y aplicar una terapia para "frenar la aparición".

Prevención
Y mientras llegan estos avances, lo que sí que se sabe es qué hábitos ayudan a retrasar la aparición de la enfermedad y factores ambientales pueden provocarla.
En concreto, apunta, el origen es multifactorial. Existe un peso genético, pero también intervienen elementos vinculados "al envejecimiento" o, por ejemplo, con la exposición a ciertos tóxicos –como ciertos pesticidas–.
Frente a estas amenazas, el neurólogo subraya el inmenso poder de la prevención, destacando que, a falta de curas definitivas, "el ejercicio físico es un pilar fundamental, porque se ha visto también que tiene un cierto efecto neuroprotector", en particular, una "actividad aeróbica por lo menos de un grado intermedio, más de 120 minutos a la semana". Y a esto se suma el control estricto de los "factores de riesgo cardiovascular", mediante una alimentación equilibrada y correcta y un correcto descanso.
Una sanidad fragmentada
Y también hay margen de mejora a nivel macro, es decir, en la atención a los pacientes ya diagnósticados, puesto que, a pesar de los avances científicos, donde España destaca como "potencia a nivel de participación en este tipo de ensayos clínicos", la atenición "holística" que requieren las personas que padecen la enfermedad no es adecuada.
"Tenemos un drama, la verdad", sobre todo, precisa Sánchez, al abordar "toda la parte de rehabilitación, logopedia...".
Según denuncia, "los hospitales no dan cabida, solo se cubren asociaciones de pacientes" y el resultado es que los hay "que pueden acceder, otros que no".
"El sistema todavía pues no está muy preparado para ayudar", lamenta el experto, evidenciando que el peso financiero, emocional y físico "sigue recayendo mucho en las familias", obligadas a "utilizar sus propios recursos".
Para revertir esta precariedad, el neurólogo exige una transformación radical del sistema público inspirada en otras patologías severas: "El modelo a seguir es el del ELA". Este enfoque, comenta, implicaría la creación de unidades multidisciplinares donde la persona afectada "pueda acceder a los diferentes especialistas que puedan necesitar: neurólogo, enfermería, trabajo social, fisioterapia, rehabilitación, logopedia, psiquiatría, endocrino, nutrición, urología...".

