¿Por qué tenemos la sensación de que los años pasan más rápido a medida que envejecemos?
Ana Bedia, en 'Más de uno Madrid', programa dirigido y presentado por Pepa Gea
¿Tienen la sensación de que a medida que cumplen años el tiempo pasa más deprisa? Cuando éramos niños, los veranos parecían interminables, pero ahora, en la madurez, desaparecen en un suspiro. Ana Bedia, directora del diario 65YMÁS, explica en ‘Revolución sénior’, la sección en la que semanalmente interviene en el programa 'Más de uno Madrid', en Onda Cero Madrid, presentado por Pepa Gea, que no es nuestra imaginación la que nos lleva a percibir que el tiempo vuela… esta sensación tiene una explicación científica.
Bedia cuenta que recientemente, se ha hecho viral en redes sociales la respuesta a este enigma dele experto en longevidad David Céspedes, que señala que la explicación reside en nuestro cerebro.
Céspedes explica que en la infancia y juventud, casi todo lo que vivimos es nuevo, como aprender a leer, tu primer día de instituto o tu primer trabajo… Y esto hace que el cerebro preste atención y registre cada pequeño detalle. Por eso, esos años se sienten más largos, algo que cambia a medida que envejecemos, porque la vida del adulto se vuelve más rutinaria.
Y es que, de adulto, el cerebro no necesita prestar tanta atención, ya sabe lo que viene: un día más de trabajo, hablar con la misma gente, preparar las comidas de cada día, etc.
Los expertos explican que el cerebro va dejando de dedicar recursos a grabar y pasa a simplificar la experiencia, como si se saltara partes del día a día, por eso de adultos percibimos que los meses y los años se acortan.
La ciencia aclara que no percibimos el tiempo por lo que pasa, sino por lo que recordamos y que si no hay novedades, no hay registro, y si no hay registro, nuestra vida se comprime.
En la misma línea, el catedrático Juan Antonio Madrid, pionero en España en cronobiología (la ciencia que estudia cómo percibimos el tiempo), añade, que, de adultos, nuestra capacidad de asombro se atenúa al haber vivido ya muchas cosas, lo que hace que nos impacten menos y las olvidemos antes.
Pero además de estas explicaciones que aluden a la rutina y a la reducción de la capacidad de asombro como las causantes de esa sensación de que el tiempo vuela a medida que envejecemos, habría otra teoría.
Un estudio de la Universidad de Duke (en Estados Unidos) descubrió que esta discrepancia temporal puede atribuirse a la velocidad cada vez más lenta a la que el cerebro obtiene y procesa nuevas imágenes mentales a medida que el cuerpo envejece.
A medida que la redes de nervios y neuronas maduran, crecen en tamaño y complejidad y también se degradan al envejecer, lo que hace que los caminos que llevan a que el cerebro procese imágenes nuevas se ralenticen.
Es decir, un niño mueve los ojos constantemente y procesa imágenes a toda velocidad, adquiriendo e integrando mucha información. Por el contrario, las personas mayores ven menos imágenes nuevas en la misma cantidad de tiempo real, y por eso la mente siente que el reloj va más rápido. En resumen: los días parecían más largos en tu juventud porque tu mente joven recibía muchas más imágenes por día.
Llegados a este punto nos preguntamos: ¿Hay algo que podamos hacer para "estirar" nuestro tiempo? El profesor Juan Antonio Madrid ofrece en su libro ‘El sueño del Sapiens’ varias estrategias muy sencillas para ralentizar el tiempo.
- La primera regla de oro es romper la rutina. ¿Y cómo? Cambiando de camino en tu paseo diario, probando comidas distintas o aprendiendo algo nuevo. De hecho, un estudio de la Universidad de Toronto confirma que incorporar actividades diferentes cada día mejora la memoria, el bienestar emocional y combate el deterioro cognitivo.
- Hacer de cada día una historia. El experto dice que si al terminar la jornada puedes recordar "algo nuevo que te ha sorprendido", habrás ganado tiempo vivido.
- También recomienda practicar la atención plena. Detenernos a saborear un café o sentir las texturas alarga la percepción de los minutos.
- Además, es vital realizar actividades creativas como pintar o escribir, porque nos anclan en el presente,
- Recordar y revivir momentos viendo fotos antiguas.
- Conectar con la naturaleza. El sonido del mar o el vuelo de un pájaro ralentizan nuestro ritmo interno. Juan Antonio Madrid nos recuerda que, aunque vivamos rodeados de tecnología, seguimos teniendo el diseño biológico de un sapiens de hace 100.000 años. Por eso, recomienda que al menos una vez en la vida durmamos al aire libre o bajo las estrellas; es una experiencia que nos reconecta y deja una huella que nunca vamos a olvidar. Si dejamos de exponernos a estímulos, nuestro cuerpo deja de aprender y nos apagamos más rápido.
