Antonio Castillejo
Opinión

¿Podremos mirarnos al espejo?

Antonio Castillejo
Maltrato a las personas mayores

Muchos son lo que hablan de que tras la pandemia de Covid-19 que estamos atravesando vendrá una 'nueva normalidad', lo que simplemente quiere decir que nada será igual. En cierto modo esto es inevitable, pero en algunos aspectos también deseable. 

Esta crisis ha vuelto ha poner de manifiesto lo grandes que son las gentes de este país, desde sus niños a sus mayores, desde sus sanitarios a sus reponedores, desde sus fuerzas de seguridad a buena parte de su entramado empresarial, desde los vecinos de sus ciudades a los de sus pueblos... solamente una buena parte, demasiada, de nuestra clase política ha sido incapaz de estar a la altura. 

Pero la crisis también ha desnudado a España, ha dejado al aire nuestras vergüenzas, y no son pocas, aunque seguramente una de las más terribles, sino la más, es la de las situaciones a las que, antes y durante la crisis, se vienen enfrentando cotidianamente nuestros mayores.

Esos mayores que nacieron antes o durante la Guerra Civil y aguantaron España durante la terrible posguerra y después la levantaron sin otra herramienta que su esfuerzo. Esos mayores que plantaron cara a la dictadura a costa de su libertad e incluso de su vida. Esos mayores que en la Transición retuvieron el aliento, aguantaron el miedo, tendieron manos abiertas y nos condujeron a la democracia. 

Con todos esos mayores anónimos contrajimos una deuda impagable, y a muchos, a más de 15.000 que estaban en nuestras residencias, ya no se lo podremos agradecer jamás.

Pero aún nos quedan muchos mayores a los que no debemos, no podemos abandonar, si queremos dormir por las noches y mirarnos por las mañanas al espejo sin que se nos caiga la cara de vergüenza.

Son todos aquellos a los que nuestra ingrata sociedad discrimina por razón de su edad, decide que son ciudadanos de segunda incapaces de aportar nada, insulta diciendo que sus tristes pensiones salen caras, les niega el pan y la sal y aparta después de habernos servido bien.

Si este maldito virus sirviera al menos para que volviéramos los ojos hacia esos mayores y los viésemos en lugar de mirarlos, los escuchásemos en lugar de oírlos, les respetáramos en lugar de despreciarlos, entonces, tal vez no estuviera todo perdido.

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