Lunes 30 de marzo de 2026
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El talento sénior existe. Es una obviedad, pero lo tenemos que repetir y recordar. La longevidad ha puesto en la calle, o en sus casas, a jubilados y prejubilados que encaran sus todavía largos años de vida con algunas dudas sobre cuál es el papel que les corresponde en esta sociedad, qué es lo que se espera de ellos y cómo disfrutar y seguir creciendo en esa etapa de la vida.
En tiempos pasados, las personas mayores, en buena medida sinónimo de jubilados, pasaban a no ser ya productivos y eran un lastre para la sociedad, que esta soportaba con ánimo de agradecimiento y simpatía. Ya no se podía pedir mucho a unas generaciones que lo habían dado todo y dejado atrás salud e ilusiones. Ya habían trasladado el testigo a la siguiente generación. Su papel era residual, si acaso se les reconocía una sabiduría, la que les había dado su vida larga, tampoco a tener mucho en cuenta, ya se sabía que era obsoleta y anticuada. En algunos planos se hablaba de “jarrones chinos”, muy bonitos pero que no encajaban en los nuevos escenarios. La jubilación es un premio por haber vivido lo suficiente para llegar a ella, fijada en tiempos pasados cuando sobrevivir tanto no era tan corriente.
Las generaciones que ahora se jubilan son las mejores preparadas de la historia, han acumulado conocimientos y experiencia, también cuentan con vivienda y unos ingresos relativamente importantes. Sus pensiones son, por lo general, suficientemente altas como para sostener la vida que quieren, sin depender de hijos. La dependencia física puede ir apareciendo en los últimos años de su vida, pero en esa nueva etapa gozan de muchos años para realizar la vida que desean, siempre mediatizada por sus circunstancias, familiares, sociales, económicos, etc.
Todavía la visión social puede seguir viendo a las personas mayores como ese lastre que cuesta soportar. Como cada vez hay más personas mayores y menos “no mayores”, esa carga tiene que ser soportada por menos hombros, con el riesgo que eso conlleva. Hay esfuerzos por reconocer las ventajas del nuevo escenario: que los cuidados generan puestos de trabajo, algo que falta socialmente, que lo mismo pasa con su ocio, que también llegaremos a alcanzar ese premio y su estatus y otras cosas semejantes. En el plano individual, en el entorno familiar, existe una responsabilidad atávica que crea condiciones para soportar esa carga.
No es ni bueno ni deseable que las personas mayores estén en un lado de la balanza, pesando sobre ella, y que el resto de la sociedad tenga que poner esfuerzos en el otro lado para mantener un cierto equilibrio. Pese a lo dicho antes, no se puede garantizar que la balanza se desequilibre. Análisis racionales pueden llevar a cuestionarse las “normas” familiares y sociales establecidas. De hecho, ya hay una translación de responsabilidades familiares a sociales y colectivas.
Afortunadamente, son las propias personas mayores las que buscan seguir aportando. Como abuelos, el papel de las personas mayores es crucial en el crecimiento educación de sus nietos. En muchos casos con gusto, estas actividades dan un sentido a la vida de los mayores y equilibran esa balanza, por lo menos por un tiempo. El premio de la jubilación se recorta algo, en ocasiones mucho, pero facilita el equilibrio familiar, con impacto positivo en la economía individual y colectiva. Todos contentos, unos más que otros, como siempre. ¡Cuántas satisfacciones creadas en abuelos y nietos por esas relaciones gratificantes!
Faltaría aún algún paso adicional: el aprovechamiento del talento senior en otros campos sociales, económicos... La losa de la productividad acecha y parece que solo se puede aportar valor desde un puesto de trabajo. Los esfuerzos por compatibilizar trabajo y jubilación no dan mucho resultado, hay muchos prejuicios sobre ello. Se piensa que la línea que separa trabajo y jubilación tiene que estar clara y que no se deber estar a caballo de ella. Seguramente esto cambiará, pero costará eliminar esas ideas tradicionales.
Los intereses de las personas mayores son muy diversos, pero se podrían canalizar hacia una aportación de valor social. A veces se habla del dividendo de la longevidad, término económico y, por lo tanto, rechazable para muchos, pero que resultaría en un mejor y más sano equilibrio intergeneracional.
Solo el voluntariado ofrece la posibilidad de seguir aportando, como en el caso de los abuelos, produce resultados semejantes, solo que, dirigido a otras personas y generaciones, que precisamente son los menos favorecidos y más vulnerables. Todos ganan: los voluntarios por lo que perciben y esas capas sociales que están entre nosotros y carecen de esos soportes necesarios.
El talento senior existe y, entre todos, tenemos que movilizarlo en beneficio de la sociedad.
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