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Opinión

Séptimo día y segundo de confinamiento forzoso

Fernando Quintela
Coronavirus: Séptimo día y segundo de confinamiento forzoso
Diario de un confinado

 

Llevo ya siete días encerrado en casa. Voluntariamente los seis primeros por las serias sospechas de estar infectado por el Coronavirus como contaba ayer, y de forma obligada desde que el Gobierno de Sánchez decretase el estado de alerta en todo el país. Es decir, oficialmente es mi segundo día de confinamiento forzoso.

Reconozco que ante el drama de la situación, el día de ayer volvió a ser una demostración de la conciencia de solidaridad de la mayoría de los españoles (a los irresponsables te los encuentras en donde menos te lo puedas imaginar, sanitarios y familias incluidas). Demostración también de sentido cívico y responsabilidad. Y por último, importantísimo para la salud mental, una excelente demostración del sentido del humor de los españoles. Fue una tarde divertida en las redes sociales, sin restar importancia al drama, que se desencadenó con la rueda de prensa del presi del Gobierno y las medidas y restricciones anunciadas. Un poco disparatado todo. No se puede salir de casa pero puedes ir al banco, a trabajar, a pasear al perro (a los niños no, atención, éstos se pueden cagar y mear en cualquier sitio de la casa), a echar un cigarrillo, a teñirte el pelo para que nadie descubra que eres rubia o rubio de bote, etc. Realmente todo sensato si luego quieres darle una explicación para salir airoso del esperpento, pero en cualquier caso, hilarante.

Yo no he salido, ni siquiera a la compra. Estoy dentro del período todavía de “contagio” y no voy a cometer la irresponsabilidad de exponer a otros a la casuística. Las reservas de comida que tenía se me van acabando, pero no me preocupa, alguien me ayudará con este tema. Y mientras tanto, voy pidiendo comida a domicilio cuando lo necesito Los repartidores de Deliveroo, impecables en el trato y en el seguimiento de las normas. Aún así, extremo las medidas de precaución cuando toco las bolsas, envases y botellas que recibo en casa. La histeria del papel higiénico no me preocupa, apenas no he gastado nada. Y no es que me esté aguantando, es que tengo una ducha maravillosa, un buen gel de baño y unas manos de tamaño XXL para darle un buen repaso al ojete cuando es necesario. Me doy unas duchas que acabaré pagando en la factura. ¿O me la van a perdonar?

En 1994 pasé casi un mes sin saber lo que era una ducha. En el mes de junio, en la guerra de Bosnia, en Mostar. Alguna mañana, cuando era posible, me acercaba a un camión cisterna que venía de vez en cuando y allí te lavabas la cara y las manos. Y si podías, los sobacos (si a alguien le molestan estas definiciones puede usar culo, axilas y así). No voy a hablar de la limpieza del rabo porque eso es entrar en palabras mayores.

También ese año, en Rwanda, ducharse era tarea imposible. Mes de agosto, muertos de calor, y rodeados de cadáveres de gente que no resistió el cólera. Sin comida ni apenas bebida si salías de los alrededores humanitarios de Goma (Zaire), frontera con Rwanda. Recuerdo un día en que acompañado por Javier Espinosa, mítico reportero y amigo, nos adentramos en Rwanda camino de Kigali, a donde no llegamos. No teníamos comida, pero en mitad de la carretera, de repente, vimos un cartel en una casa que decía, en francés, “damos comida”. Paramos y entramos. No había nadie como era lógico, y salió un tutsi muy sonriente.

  • "¿Qué quieren comer?", preguntó

  • "¿Qué tienen de comida?", preguntamos

  • "Carne, contestó el amigo tutsi", espigado y fino

  • "¿De dónde es la carne?", preguntó Javier

  • "De lomo", contestó el chef

  • "Sí, pero ¿de lomo de qué?", insistió Javier

El encargado reía pero no nos daba una respuesta. Javier me decía que si no nos lo aclaraba no comíamos por si acaso nos estaba dando carne humana. Pero teníamos hambre, y por eso insistió:

  • "El lomo, ¡qué de qué es, estoy preguntando!",  insistía Javier en francés mientras yo observaba la sonrisa del personaje

  • “De aquí”, terminó por decir dándose una palmada en uno de sus propios costados, de sus lomos

No teníamos más opción, así que nos acabó por traer dos pedazos de carne negros como la pez y duros como una piedra. No llegamos a comernos todo, pero siempre nos quedó la duda de si nos habríamos zampado un trozo de un contemporáneo nuestro. A la brasa.

Ahí se quedó la cosa, no le dimos más importancia. Es decir, la comida de Deliveroo es una bendición.

Vuelvo al momento y vuelvo a Madrid, a mi confinamiento, pero no dejo de pensar qué ocurrirá en muchos países africanos si esta pandemia les alcanza con la fuerza que está alcanzando a todos. ¿Se pelearán por el papel higiénico? ¿Se lavarán las manos durante 20 segundos con agua “corriente”? ¿Se quedarán en casa y podrán pedir comida a domicilio? Me muero de la angustia sólo de pensarlo. He conocido en África seguramente a las personas más puras y sin filtros de toda mi vida, gente luchadora y sana por mucha que sea la violencia que emplean en sus conflictos. Gente capaz de perdonar, de reconstruirse y de no mirar atrás con rencor. Gente solidaria, que es capaz de dar familia a quien no tiene a nadie simplemente para mitigar su soledad y su dolor.

Aquí tenemos de todo y al alcance de todos. Siete días sin ver a nadie, sin hablar cara a cara con nadie, sin apenas recibir llamadas de teléfono, no son fáciles de llevar. No veo ni a mis hijos, que son pequeños y a los que necesito, no veo ni siento cerca, aunque sé que lo están, a mis padres. Tengo el miedo y la incertidumbre del trabajo, porque soy autónomo, y en mi vida me ha quedado ya muy claro que no puedes ni debes esperar nada de nadie. Me quedan muchos días como a toda España, y doy gracias a Dios porque estoy acostumbrado a la soledad física, a no tener a no tener a nadie cerca, pero a lo que no me podría acostumbrar sería a no tener ese hilo de conexión divertida y realista con mis amigos y mi familia, aunque a veces quieras más de lo que en realidad puede ser.

Hoy os dejo, voy a poner la lavadora con ropa blanca y a 90º. Después cambiaré mi cama y limpiaré con lejía superficies y suelos. ¿Para qué? Pues aunque solo sea por “gastar el tiempo”, como decía mi abuelo Martín. Me lo estoy tomando en serio.

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Carlos Hace 6 meses
Comparto la situación de soledad presencial (salvada por el móvil) y la capacidad para resistirla (ex preso político). Me gusta tu escrito, amargo con un toque de ternura.