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Opinión

Seis días aislado

Fernando Quintela
Diario de un confinado
Diario de un confinado

 

Seis días aislado. Me siento como si llevara un poco de ventaja en todo esto del confinamiento, aislamiento, etc, llámenle como mas les guste.

El pasado día 8, domingo, empecé a encontrarme mal. Fiebre, dolor de cabeza, tos… pero no le di importancia. El lunes me levanté con la misma sensación y le sumé escalofríos. La fiebre iba y venía, Se iba porque desde el sábado (por un dolor de cabeza) me estaba tomando paracetamol, y venía porque el efecto de la medicación es limitado. Por la tarde de ese mismo lunes 9 decidí acercarme a un hospital; estaba inquieto y mi historial médico no es precisamente una maravilla, por lo que ante la duda, preferí que fuese un experto el que me dijese “no pasa nada, estás bien”. 

Las urgencias del hospital estaban a reventar. De todos los que estábamos en la sala de espera, más del 70% teníamos una mascarilla impuesta por los especialistas. Casi cinco horas de espera. Analíticas, placas de tórax, entrevista con el médico… hasta que llegaron los resultados. Advertí que apenas 72 horas antes había estado comiendo y en contacto con alguna persona que había dado positivo en el test, pero no pareció que fuera importante porque el análisis genérico de detección de algún virus en mi organismo había dado negativo. No era el test de coronavirus, pero sí uno general. Suficiente.

Me enviaron a casa con una medicación: Nolotil 575 mg para la fiebre y los dolores que tenía en la espalda al respirar y Bisolvón Compositum para calmar la tos. Recomendación verbal: contrólese y si empeora, vuelva. Antecedentes serios en mi caso: dos neumonías, una nemocócica con resultado de fallo multiórganico y coma. Además, medicado de por vida con corticoides, que en su día me provocaron una inmunodepresión. No quiero faltar a la verdad: hoy no soy una persona inmunodeprimida, pero asusta haber pasado por ciertas situaciones

El martes la fiebre no me dejó ni un momento. No tuve temperaturas muy altas, pero oscilaba entre los 38º y los 38,7º. O sea, fiebre. La tos, cada vez más fea y con esputos no muy agradables ni bonitos. Aguanté en silencio y no comenté nada a nadie. Siempre he sido un poco alarmista, aunque tenga razones, pero con algo tan social como lo que se avecinaba no quería ser yo el que diera la nota.

El miércoles seguí en la misma línea y por fin me decidí a llamar a un médico de confianza para que me dijese qué hacer. “Vuelve al hospital, di cómo estás y que te hagan la prueba”. Minutos después, cuando me disponía a salir de casa, esa misma persona me pide que no vaya al hospital, que llame al 112 y que me hagan la prueba en casa para que me puedan hacer un seguimiento telefónico. Así lo hice. Muy amables, en el 112 me pidieron por favor “no ocupe usted el teléfono; le llamamos inmediatamente para acercarnos a su casa”. Hasta hoy. Ni han llamado ni han venido. Ni me han hecho la prueba.

Un día después, ya jueves, y aún con síntomas, me dice el de confianza que lo que yo soy es un “caso posible”, y que no me van a hacer la prueba. Que me quede en casa y que no me mueva ni me relacione con nadie durante 15 días. Lo entiendo: están saturados y no hay test para todos. ¿Para todos o para algunos? Porque hemos visto cómo los personajes públicos acceden en cuestión de minutos a las pruebas y resultados.

Vale, no me van a hacer la prueba y no me van a atender si no llego cianótico perdido a un hospital, pero entonces me pregunto ¿cómo coño hacen la contabilidad de los infectados, de los recuperados? ¿cómo previenen casos de contactos con mayores por parte de quien parece sufrir el contagio? ¿Por aproximación, a dedo? No es serio. 

Señores, no estamos en el año 1994 en Rwuanda, por poner un ejemplo que viví en primera persona. El cólera se llevó por delante en apenas dos meses a casi un millón de personas. Los cadáveres inundaban las calles y las fosas comunes. Caían como chinches delante de tus narices. Pero era la consecuencia fatal de una guerra en medio de un país africano sin recursos y sobre el que no había más interés que el mediático por ser una de las mayores catástrofes humanitarias, si no la mayor, del siglo XX generada a golpe de machetazos y gente muriendo desangrada por el culo. Aquí tenemos medios y una sociedad concienciada. Lo veíamos venir desde el principio, pero lo gobiernos no han atendido evidencias. Ni los expertos que decían que en España apenas tendríamos algún contagiado. Manda huevos. Y ahí siguen.

Hoy, sexto día de mi encierro en que no he podido ver ni a mis hijos, tengo que contentarme con saber que estoy bien, que es bastante, pero tengo la duda de si otras personas de mi entorno con quienes tuve contacto y ahora están con fiebres y toses, lo están por su contacto conmigo.

¿He podido hacer la compra? ¿Tengo papel higiénico? ¿Le pongo sentido del humor? ¿Me lo estoy tomando en serio? ¿Me están tomando en serio? ¿Aguantaré?

Se lo cuento durante estos días, que por aquí andaré. El Gobierno pide 15 días. Para mí serán 21.

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CRISTINA GARCÍA Hace 6 meses
Yo soy traductora médica, he tratado ya con varios casos y lo mismo, todo por teléfono y sin pruebas. Piden los datos por teléfono así que lo mismo los contabilizan así. Lo que no entiendo es cómo pudieron recetar Nolotil a un paciente inmunodeprimido y mandarle a casa sin ningún tipo de seguimiento. Si están haciendo eso a muchos, no me extraña que haya tantas muertes.