Te jubilas de un trabajo, no de la vida

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Artículo de Estrella Martín, psicóloga y gerontóloga: "Te jubilas de un trabajo, no de la vida" Miia

Durante décadas hemos entendido la jubilación como una meta. Un punto final. El cierre natural de la vida laboral tras años de esfuerzo. Se acaba el trabajo, se termina una etapa y comienza otra distinta. Pero quizá ha llegado el momento de revisar esa idea, porque hoy una cosa es jubilarse de un empleo y otra muy distinta es jubilarse de la vida.

Vivimos más años que nunca. En España, la esperanza de vida supera ya los 84 años, y no solo vivimos más: llegamos a edades avanzadas en mejores condiciones físicas, cognitivas y sociales que generaciones anteriores. Eso cambia completamente el marco desde el que pensar la jubilación.

Sin embargo, seguimos gestionándola con esquemas heredados de otro tiempo. Seguimos tratándola como una retirada definitiva, como una salida brusca del sistema productivo, como si al dejar una empresa o una profesión también se cerrara automáticamente el espacio de contribución, aprendizaje, desarrollo o propósito.

Y cada vez encaja menos con la realidad. La jubilación fue diseñada para una sociedad donde se vivía menos años, las trayectorias profesionales eran más lineales y la jubilación era un punto y aparte, pero hoy muchas personas tienen por delante 20, 25 o incluso 30 años de vida después de jubilarse. Eso ya no puede considerarse una etapa residual. Es una etapa larga, compleja y llena de posibilidades. Y, precisamente por eso, merece ser pensada de otra manera. Desde mi trabajo acompañando a profesionales sénior y estudiando longevidad, observo que la jubilación rara vez es solo una cuestión económica o administrativa; es una transición profundamente vital. Porque cuando una persona se jubila, no solo deja un trabajo. Muchas veces deja también una estructura diaria, un rol profesional, una identidad construida durante décadas, una red de vínculos cotidianos, un lugar de pertenencia, reconocimiento social e incluso una parte importante de su propósito. Por eso el impacto no es únicamente financiero. También es emocional, psicológico, relacional e identitario.

Y, sin embargo, seguimos preparándonos muy poco para ello. Nos preocupamos por la pensión. Por la fecha. Por los años cotizados. Por la fiscalidad. Pero hablamos poco de preguntas mucho más profundas:

¿Quién soy cuando dejo de trabajar?, ¿Qué quiero hacer con el tiempo que aparece?, ¿Cómo sigo sintiéndome útil?, ¿Qué lugar ocupa ahora mi experiencia?, ¿Cómo quiero contribuir a partir de aquí? No son preguntas menores. Son preguntas centrales. Porque la transición a la jubilación no es únicamente una salida laboral. Es una redefinición personal.

Paradoja evidente

Además, existe una paradoja evidente. En una sociedad donde cada vez necesitamos más talento, más experiencia y más capacidad para gestionar la complejidad, seguimos desconectando a miles de profesionales precisamente cuando más conocimiento acumulado tienen.

Con la jubilación, muchas organizaciones pierden experiencia crítica, memoria informal, criterio estratégico, conocimiento tácito y capacidad de mentoría. Conocimiento que rara vez está escrito en manuales. Conocimiento que vive en las personas. Y muchas veces desaparece el día que esa persona sale por la puerta.

No siempre porque quiera irse del todo, sino porque el sistema no ofrece alternativas intermedias. Seguimos funcionando, en la mayoría de las ocasiones, bajo una lógica binaria: o trabajas, o te retiras. Pero cada vez necesitamos más espacios intermedios, modelos híbridos, transiciones graduales. Formas nuevas de seguir aportando: mentoría, advisory, participación por proyectos, transferencia de conocimiento, acompañamiento a nuevas generaciones, contribución flexible, nuevas carreras en la madurez, emprendimiento sénior, segundas y terceras vidas profesionales. Porque muchas personas no quieren seguir trabajando igual que antes, pero tampoco quieren dejar de aportar.

Y ahí hay una enorme oportunidad social, económica y humana todavía poco aprovechada. Y donde las administraciones deben ponerlo fácil para conciliar trabajo y pensión.

También necesitamos cambiar el relato cultural. Durante demasiado tiempo hemos asociado jubilación con retirada, desconexión o final. Pero quizá deberíamos empezar a hablar más de transición, evolución y continuidad. No porque haya que seguir produciendo sin descanso. No porque todo el mundo quiera continuar vinculado al empleo. No porque la productividad deba seguir siendo el centro de la vida. Sino porque el valor de una persona no desaparece cuando termina su vida laboral formal.

La experiencia no caduca con la jubilación. El criterio no se jubila. El talento no desaparece por cumplir años. El propósito tampoco. La longevidad nos obliga a repensar muchas cosas: el trabajo, los cuidados, el aprendizaje, la salud, las relaciones entre generaciones y también la forma en la que transitamos hacia la jubilación.

Y probablemente uno de los grandes cambios pendientes sea precisamente ese: dejar de verla como un final. Empezar a verla como una transición, una transición profesional, sí, pero también psicológica, social y vital. Quizá el verdadero reto no sea cuándo nos jubilamos, sino cómo queremos vivir todo lo que viene después. Porque uno puede jubilarse de un trabajo, pero no de su capacidad de aportar, no de su experiencia, no de su deseo de seguir aprendiendo, no de su vínculo con otros. Y, desde luego, no de la vida.