Portugal alcanza su récord de habitantes, pero envejece más rápido que nunca

La población mayor de 65 años crece cinco veces más rápido que la activa

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Los números deberían alarmar, pero rara vez lo hacen. Portugal acaba de alcanzar un máximo histórico de población: 11.424.031 habitantes, según el Retrato da População publicado por la Pordata (Fundación Francisco Manuel dos Santos) con motivo del Día Mundial de la Población, el pasado 11 de julio. Son siete años consecutivos de crecimiento demográfico. Dicho así, suena a buena noticia. Pero cuando se levanta la alfombra estadística, lo que aparece debajo es un país que crece por inmigración mientras se vacía por dentro, que suma residentes mientras pierde hijos, y que envejece a un ritmo que pone en jaque la sostenibilidad de todo su modelo social.

Las cifras son elocuentes. Portugal contabiliza hoy 2,67 millones de personas con 65 años o más, frente a 7,35 millones en edad activa. La proporción es de apenas 2,76 trabajadores por cada jubilado. En el último año, la población en edad activa creció un tímido 0,3%, mientras que la población mayor de 65 aumentó un 1,6%: cinco veces más rápido. Con 182 mayores por cada 100 jóvenes, Portugal es ya el tercer país más envejecido de la Unión Europea, solo por detrás de Italia y Bulgaria. Y la natalidad, lejos de recuperarse, se mantiene en mínimos históricos: sin los hijos de madres extranjeras, la caída de nacimientos respecto al lustro anterior habría sido del 15,1%.

Pero el dato demográfico que más debería inquietar a quien tenga más de 50 años no es cuántos mayores hay, sino cómo viven. En la última década, el número de personas que viven solas en Portugal ha aumentado un 33%, hasta alcanzar los 1,18 millones. Entre los mayores, uno de cada cuatro vive solo. Y si ponemos la lupa sobre las mujeres con 65 años o más, la proporción se dispara: una de cada tres no comparte casa con nadie. Son cifras que el diario Público publicaba el 11 de julio y que la Pordata confirmaba en su informe: Portugal no solo envejece, sino que envejece en soledad.

La soledad no es solo un sentimiento: es un factor de riesgo sanitario equiparable al tabaquismo, según la Organización Mundial de la Salud. Y en Portugal se ha convertido en un problema de salud pública que nadie parece saber cómo atajar. Más del 20% de los mayores portugueses viven solos, y en las zonas rurales del interior —el llamado Portugal profundo— la situación es aún más grave, con aldeas donde la media de edad supera los 70 años. El crecimiento poblacional se concentra en Lisboa y Setúbal, impulsado por la inmigración; el Norte prácticamente se estanca; y los archipiélagos de Azores y Madeira pierden población activa. Es un país de dos velocidades demográficas.

Portugal alcanza su récord de habitantes, pero envejece más rápido que nunca

A este retrato se le añade una capa más sombría: el aumento de la criminalidad contra los mayores. Según datos de la Dirección General de Política de Justicia (DGPJ) publicados el 10 de julio, entre 2020 y 2025 el número de víctimas de delitos con 65 años o más pasó de 33.850 a 44.161, un incremento del 30,5%. Es un crecimiento más acelerado que el de las víctimas no mayores, que subieron un 19,9% en el mismo período. El 68% de los delitos contra ancianos son patrimoniales —hurtos y estafas—, lo que revela una realidad tan cruda como previsible: los mayores son percibidos como presa fácil. Y en un país donde la brecha digital sigue siendo amplia entre las personas de más edad, las estafas telefónicas y por SMS no dejan de multiplicarse.

Para un español mayor de 50 años, el espejo portugués resulta inquietante porque no refleja un país lejano, sino un futuro probable. España comparte con Portugal la baja natalidad, el envejecimiento acelerado, la concentración urbana y el vaciamiento rural. Comparte también la fragilidad de unas pensiones que dependen de una base contributiva cada vez más estrecha —el Observador publicaba este mismo 14 de julio un análisis titulado «Demografía: ¿estamos ignorando el mayor riesgo económico del siglo?»— y la ausencia de políticas integrales de cuidados de larga duración. Lo que Portugal nos enseña esta semana es que tener más habitantes no garantiza tener una sociedad más cohesionada. Se puede crecer en número y menguar en vínculo.

Hay, además, una dimensión que suele quedar fuera del debate público: la relación entre envejecimiento y esperanza de vida a efectos del sistema de pensiones. El Instituto Nacional de Estadística portugués (INE) ha revelado que, tras revisar al alza la población residente —hay un millón más de personas de lo estimado previamente, en buena parte inmigrantes—, deberá recalcular las tablas de mortalidad que sirven de base para fijar la edad legal de jubilación y el factor de sostenibilidad. Nadie sabe aún si la edad de jubilación subirá, bajará o permanecerá igual. Pero el mero hecho de que una corrección estadística pueda alterar la fecha en que millones de personas dejan de trabajar ilustra hasta qué punto nuestros sistemas de protección social están construidos sobre arenas movedizas.

Portugal alcanza su récord demográfico en un momento paradójico: nunca tuvo tantos habitantes, pero nunca fue tan viejo, tan solo ni tan vulnerable ante el delito. El crecimiento que exhiben las cifras oficiales es, en gran medida, un espejismo alimentado por la inmigración. El tejido social profundo —el de las familias que envejecen, los barrios que se despueblan, los mayores que no tienen con quién hablar— se deteriora en silencio. Y ese deterioro, como bien saben quienes han cumplido ya más de medio siglo de vida, no se arregla con titulares triunfalistas sobre récords de población. Se arregla, si acaso, con políticas que miren a los ojos de quienes llevan más tiempo aquí.