Portugal, país de soledades: cuando envejecer significa, cada vez más, vivir solo
Los hogares unipersonales han crecido un 53% en tres décadas
Hay cifras que no necesitan adjetivos. Entre 1991 y 2022, los hogares unipersonales en Portugal aumentaron un 53%. En el mismo período, las familias de cinco o más personas se redujeron un 70%. El tamaño medio del hogar pasó de 3,1 a 2,5 personas, y el número medio de años que un portugués vive solo a lo largo de su existencia creció de 4,2 a 5,8. Son datos del estudio «Agregados familiares en transformación en España y Portugal», elaborado por el Centre d’Estudis Demogràfics para el Observatorio Social de la Fundación “la Caixa”, y dibujan un retrato demoledor: Portugal se está convirtiendo en un país de soledades, y quienes más las padecen son sus ciudadanos de mayor edad.
El investigador Albert Esteve, uno de los autores del estudio, lo resume con precisión clínica: «Portugal se está convirtiendo en un país de hogares más pequeños y más individualizados. Esta transformación resulta del envejecimiento de la población, de los cambios en los modelos familiares y de las dificultades de emancipación de los más jóvenes». La frase encierra tres fenómenos que se retroalimentan. La caída de la natalidad —Portugal mantiene una de las tasas de fecundidad más bajas de Europa— reduce el tamaño de las familias futuras. El aumento de separaciones y divorcios multiplica los hogares. Y la dificultad de los jóvenes para independizarse, atrapados por un mercado inmobiliario desbocado, paradójicamente no impide que sus padres y abuelos acaben viviendo solos cuando los hijos finalmente se van o cuando la viudez llega.
Las diferencias de género son especialmente reveladoras. Las mujeres portuguesas viven más años solas en la vejez que los hombres, un fenómeno directamente vinculado a su mayor esperanza de vida y a la viudez. En la franja de edad superior a los 75 años, la proporción de mujeres en hogares unipersonales supera con creces a la de hombres. Esta feminización de la soledad senil no es solo una estadística: tiene consecuencias sanitarias, emocionales y económicas devastadoras. Una mujer mayor que vive sola es, con frecuencia, una mujer con una pensión más baja —porque su carrera laboral fue más discontinua o peor remunerada—, con menos recursos para contratar ayuda doméstica y con mayor riesgo de caídas, malnutrición y depresión.

España comparte estas tendencias con matices propios. El mismo estudio de la Fundación “la Caixa” analiza ambos países y encuentra patrones convergentes: hogares más pequeños, más personas viviendo solas, menos convivencia intergeneracional. Pero Portugal presenta una particularidad preocupante: su tejido de protección social para la dependencia es significativamente más débil que el español. Mientras España cuenta, con todas sus imperfecciones, con una Ley de Dependencia que reconoce derechos subjetivos de atención, Portugal sigue dependiendo en gran medida de las Misericórdias —instituciones de caridad centenarias— y de una red de centros de día y residencias insuficiente para la demanda. El resultado es que el mayor portugués que vive solo está, en muchos casos, genuinamente solo: sin asistencia pública garantizada, sin familia en el hogar y con unos servicios sociales que llegan tarde o no llegan.
En este contexto, una noticia de esta semana ofrece un destello de esperanza tecnológica no exenta de ambigüedad. El Servicio Nacional de Salud (SNS) portugués ha comenzado a prescribir fisioterapia con inteligencia artificial a domicilio, a través de tabletas electrónicas desarrolladas por la empresa portuguesa Sword Health. El programa, que ya redujo las listas de espera de fisioterapia de dos años a diez días en la región piloto de Beira Baixa, permite que pacientes —muchos de ellos mayores con problemas musculoesqueléticos— realicen sesiones de rehabilitación guiadas por IA en su propia casa, sin coste alguno. La solución es ingeniosa y resuelve un problema real: las listas de espera para fisioterapia en el SNS eran escandalosas. Pero la Orden de Fisioterapeutas ha advertido, con razón, de que «las soluciones digitales no deben verse como sustitutos de la fisioterapia presencial». Para un mayor que vive solo, una tableta que le indica ejercicios es mejor que nada, pero no reemplaza el contacto humano de un profesional que detecta señales de alarma, observa el entorno doméstico y ofrece esa interacción social que, para muchos ancianos aislados, es tan terapéutica como el propio ejercicio.
La Guardia Nacional Republicana (GNR) portuguesa lo sabe bien. La semana pasada, con motivo del Día Mundial de la Concienciación sobre la Violencia contra las Personas Mayores, sus agentes realizaron cientos de visitas domiciliarias a ancianos en situación de aislamiento y organizaron jornadas de sensibilización que reunieron a más de 400 personas mayores solo en la comarca de Arcos de Valdevez. El Papa León XIV, en su mensaje para la jornada, denunció «una cultura que tiende a relegar a los mayores al margen de la sociedad» y alertó de que «sobre la existencia de muchos ancianos parece extenderse un velo que desdibuja los rasgos de los rostros y relega al olvido». Las palabras son elocuentes, pero hacen falta políticas. Ni la GNR ni la Iglesia pueden sustituir un sistema público de cuidados de larga duración que Portugal necesita con urgencia y que no acaba de construir.
El reto demográfico portugués es, en el fondo, un reto civilizatorio que España comparte y que ninguno de los dos países está afrontando con la ambición necesaria. Portugal ha compensado su declive natural con inmigración masiva —1,6 millones de extranjeros según las últimas cifras revisadas—, lo cual rejuvenece las estadísticas laborales pero no resuelve la soledad de los mayores autóctonos en los pueblos del interior vaciado, donde la media de edad supera los 55 años y donde el médico más cercano está a una hora de coche. España conoce esa realidad en Soria, Teruel o Zamora. La pregunta que ambos países deben responder no es solo cuántos habitantes tendrán en 2050, sino cómo vivirán quienes ya están aquí, envejeciendo en hogares cada vez más vacíos, en un continente que presume de Estado de bienestar pero que no ha encontrado la fórmula para que sus mayores envejezcan con dignidad, compañía y atención. Mientras las cifras de hogares unipersonales sigan creciendo al ritmo actual, la respuesta seguirá siendo insuficiente.